Opinión

Terremoto y simulacro




septiembre 23, 2022

Urge trabajar en un modelo integral y campañas de difusión para prevenir y mitigar los riesgos en casos de desastre. Y atender salud emocional que afecta seriamente a las víctimas y tiene efectos en los procesos de reconstrucción

Por María Teresa Juárez
Twitter: @tuyteresa

El 17 de enero de 1995 a las 5:46 de la mañana, un sismo de magnitud 7.3 sacudió la ciudad de Kobe, en Japón. Bastaron 20 segundos para destruir puentes, autopistas, vías férreas, casas y hospitales. En poco tiempo la ciudad estaba incomunicada.

La ayuda se demoró más de lo esperado, varios puentes estaban destruidos y los sistemas de emergencia colapsaron.

Bomberos, patrullas y equipos de rescate demoraron en brindar ayuda a la población -de un millón y medio de habitantes-, con un saldo de 6 mil 434 muertos.

Incomunicados, sin luz y sin servicios básicos, prácticamente todas las personas se encontraban en estado de shock: no estaban preparados para una crisis de esta magnitud.

Kokoronokea: cuidado del corazón

Luego de esta amarga experiencia, gobierno y sociedad decidieron fomentar una cultura de la prevención para que nunca se repitieran los efectos de esta catástrofe.

Es así como crearon estrategias de prevención y destinaron recursos para saber cómo actuar ante sismos y tsunamis.

Estar preparados para recibir estos impactos con el menor daño posible. Fue así como crearon: Kokoronokea, traducido al castellano como: “Cuidado del Corazón”.

Este concepto no solo se basa en la atención al estrés postraumático, también integra la prevención ante desastres naturales.

Síntomas como trastornos del sueño, pesadillas, dificultad para concentrarse al realizar tareas cotidianas, sentimientos de culpa, ansiedad y depresión son algunos de los efectos ante situaciones traumáticas como la de un terremoto.

En muchos países, luego de un desastre natural, las políticas públicas no toman en cuenta la salud emocional de la población como un tema de vital importancia. Lo más grave es que, de no atenderse, afecta seriamente a las víctimas y también tiene efectos en los procesos de reconstrucción.

Luego del terremoto de 1995 en la ciudad de Kobe; gobierno, expertos y población pusieron en marcha este programa. Kokoronokea se basó en la contención y el cuidado de las personas.

El miedo después de un sismo

En ese momento los sobrevivientes requerían una respuesta inmediata ante los altos niveles de ansiedad e incertidumbre. Esto no se lograría solamente con los suministros básicos de sobrevivencia, o iniciar rápidamente los procesos de reconstrucción: también habría que restaurar internamente a las personas.

Kokoronokea incluye temas como consejería escolar, terapias postrauma, y tratamiento médico en contextos de catástrofe.

Este modelo toma en cuenta tres grandes áreas:

  1. El estrés del trauma
  2. El estrés ante la pérdida
  3. El estrés de la vida cotidiana

Se trata de un modelo integral, que trabaja en todos niveles: escolar, comunitario, laboral y familiar.

Modelo a la realidad de cada contexto

Dieciocho años después, Chile y Japón hicieron un acuerdo para adaptar Kokoronokea a la realidad chilena mediante la Agencia de Cooperación Internacional de Japón.

Luego de 5 años de trabajo conjunto, en el año 2018 el modelo se presentó con gran éxito.

Simulacros periódicos adaptados a distintos contextos

Además de proporcionar atención psicológica, se trabaja en protocolos específicos ante la emergencia, lo que transforma este programa en una cultura de la prevención, que incluye la realización de simulacros de manera sistemática adaptados a las necesidades de cada contexto: escuelas, hospitales, centros de trabajo, etcétera.

También incorpora planes familiares, comunitarios y sociales ante desastres naturales. 

Hoy sabemos que temas como la edad, el género, la ubicación geográfica, la lengua, la condición étnico-racial, movilidad reducida o alguna otra discapacidad física o psicosocial ponen en el centro la siguiente premisa: la población no es homogénea. Por este motivo resulta imprescindible contar con una política pública inclusiva que tome en cuenta todas estas variables.

¿Qué pasa con las personas con movilidad reducida ante un desastre natural? ¿Qué sucede cuando las indicaciones solo se diseñan para personas alfabetizadas y en la lengua dominante de la región o el país? ¿Hay planes y protocolos en lenguaje de señas o braille?

¿Qué pasa en sitios como hospitales psiquiátricos, centros penitenciarios o asilos?

Por otro lado, la realidad nos ha demostrado que ante un desastre natural, son las mujeres quienes viven una triple carga de trabajo de cuidados no solo en su entorno familiar, también en su comunidad y centros de trabajo.

Hoy sabemos que las afectaciones provocadas por fenómenos naturales pueden disminuir si se favorece una cultura de la prevención y se diseñan políticas públicas con perspectiva de género, derechos humanos e inclusión.

Por ejemplo, para grupos con movilidad reducida, personas de la tercera edad, etcétera. 

México como zona de riesgo

Hemos tenido notables avances en la cultura de la prevención: contamos con la alerta sísmica y se llevan a cabo simulacros anualmente, sin embargo, aún no tenemos una política pública integral ante desastres naturales en todo el país, lo que nos hace más vulnerables.

Desde marzo del año 2021 existe una Ley de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil de la Ciudad de México que considera temas como el Atlas de Riesgos Participativos y la creación de Brigadas Comunitarias, así como acciones de prevención: antes, durante y después de un desastre natural. Instituciones como la Universidad Iberoamericana y el Museo de Memoria y Tolerancia han impulsado procesos de formación para el Acompañamiento a víctimas de violencias y catástrofes

No existe, sin embargo, una estrategia que tome en cuenta los distintos contextos y favorezca una cultura de la prevención y la participación activa de la ciudadanía en la elaboración de políticas públicas en el tema.

Cuando escuchamos la alerta sísmica, nuevamente se avivan memorias de temor e incertidumbre, sobre todo al saber que todavía hay miles de personas damnificadas desde los sismos del 7 y el 19 de septiembre del año 2017.

Quienes vivimos en zonas de riesgo nos sentimos indefensos ante posibles daños a nuestra casa, nuestra vida misma o la de un ser querido.

Urge trabajar en un modelo integral y campañas de difusión para prevenir y mitigar los riesgos en casos de desastre. 

Es apremiante revisar el tema de los simulacros adaptados a contextos diversos como escuelas, asilos, psiquiátricos, centros penitenciarios, eventos masivos, etcétera, con acciones estratégicas antes, durante y después de desastres o emergencias.

***

María Teresa Juárez. Guionista, reportera, radialista. Cubre temas culturales, sexualidad, salud, género y memoria histórica. En sus ratos libres explora el mundo gastronómico y literario. Cofundadora de Periodistas de a Pie

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