Opinión

El recuento de los daños




junio 6, 2025

Los resultados de la elección del pasado domingo favorecen al exmandatario López Obrador, pues, de los próximos ministros, varios de ellos son personas de su entorno cercano: destacadamente las ministras ratificadas Yasmín Esquivel, Loretta Ortiz y Lenia Batres, así como el próximo presidente de la Corte, Hugo Aguilar. La paradoja es que la Claudia Sheinbaum no pudo colocar a ninguno de sus alfiles, con lo que se rompe una vieja tradición

Por Hernán Ochoa Tova

El pasado domingo 1 de junio tuvo lugar la consabida elección judicial. Para ciertos sectores del oficialismo, los comicios en mención fue un éxito; mientras, para determinados personeros de la oposición, implicó un fracaso, un día fúnebre e incluso la muerte de la democracia. ¿Cuál es mi opinión al respecto? A continuación la brindaré con amplitud.

Tal y como lo expresé en una colaboración anterior, de inicio no estuve de acuerdo en esta reforma. Brindando una hipótesis, considero que el expresidente López Obrador, quizás harto de las veleidades que tuvo con el viejo Poder Judicial, quizás se asesoró con el ex mandatario boliviano, Evo Morales, y quiso replicar el proceso electoral judicial -acaecido en Bolivia a raíz de la promulgación de la Constitución del 2008- en tierra azteca. De manera discursiva, López Obrador lo vendió como una forma de oxigenar al corroído tercer poder, a través de la voluntad ciudadana.

Sin embargo, pasó lo que suele suceder con algunas cuestiones: retóricamente se escuchaba precioso, pero para llevarlo a cabo entrañaba un desafío colosal, incluso para instituciones versadas en la materia, como el señero Instituto Nacional Electoral (INE), el cual recibió la compleja encomienda de organizar dichos inéditos comicios, mismos que, salvo el caso boliviano, no habían tenido lugar en ninguna otra latitud del planeta.

Aun así, creo que los comicios del pasado domingo tuvieron particularidades que no se han visto en otro sitio. Ejemplo de esto es que, si Andrés Manuel López Obrador quiso emular la experiencia boliviana en suelo nacional, no lo hizo de manera intacta, sino que lo complejizó más aún. Me explico: si bien, a partir del año 2008, cuando fue promulgada la Constitución vigente del Estado Plurinacional de Bolivia, se eligen las autoridades judiciales, éstas sólo se restringen a las altas esferas de las mismas, destacando a los equivalentes de la Suprema Corte de Justicia de la Nacional, el Tribunal Constitucional (una institución jerárquicamente más arriba de la propia corte, cuya existencia se presenta en un cúmulo de naciones), así como el Tribunal Agroambiental. Aunque aquí, en México, efectivamente se replicó dicho fenómeno, se extendió aun más, pues no sólo elegimos a los ministros de la Suprema Corte, sino a diversos integrantes del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, magistrados locales y al nóvel Tribunal de Disciplina Judicial (un ente que sustituirá al añejo y desprestigiado Consejo de la Judicatura Federal), sino que seleccionamos a un cúmulo de jueces locales versados en distintas áreas, particularmente la civil, penal y laboral.

Como llegué a escribir con antelación, los comicios fueron un verdadero galimatías. Si una elección ordinaria implica un esfuerzo sencillo, la del pasado domingo fue mayúsculo. Ello, porque no implicaba tachar la boleta por el candidato(a) predilecto(a) sino que había que redactar una quinteta de elegidos, de nuestro puño y letra, en pequeños recuadros establecidos en la parte superior de la boleta. Esto implicó un desafío, incluso para los propios capacitadores, pues llevó a que el conteo preliminar no se realizara en la casilla, a la vista de todos los representantes de los partidos, y se pusiera la sábana con los resultantes; sino que, una vez recolectado aquel berenjenal, fuese enviado a las oficinas centrales del INE para que expertos realizasen el conteo. Dicho fenómeno llevó a que, subrepticiamente, algunas personas comenzaran a ver el proceso con sospechosismo, evocando a los célebres alquimistas electorales de antaño, que el finado José Agustín solía mencionar en su ya clásico Tragicomedia Mexicana.

No obstante, los resultados retratan claroscuros notables. Si bien, hubo cierta concurrencia en la votación, no alcanzó las cifras de comicios precedentes. Ejemplo de esto es que no sufragó ni siquiera el 20% del padrón electoral, arañando apenas el 12%, lo cual podría reflejar una derrota intrínseca. Sin embargo, de acuerdo a ciertos analistas, la votación compilada es superior a la obtenida por algunos partidos políticos nacionales, con lo cual podríamos esgrimir, no sin ambages, que la pérdida no resultó tan pronunciada.

Ora que, en lo tocante a la Muerte de la Democracia, debo decir que no comparto dicho pronunciamento. Y, si bien, podría haber una oxigenación del viejo Poder Judicial, considero que es menester mantenernos en vigilia. Esto porque, lo que ha ocurrido, si bien ha derribado paradigmas, ha sido un poco la política del gatopardo, pues se han replicado viejos esquemas, pero ahora con nuevas dinámicas. Ello debido a que, durante la época del viejo presidencialismo (1929-2000) la Suprema Corte fue literalmente una extensión del ejecutivo. Dicha faena comenzó a modificarse en la transición, cuando el Dr. Ernesto Zedillo dio un manotazo a la vieja corte y la modernizó. Aquí sucedió algo interesante, pues, aunque, efectivamente, hubo un cierto actuar como contrapeso de los poderes, siempre hubo ministros nominados por algún mandatario: desde los ungidos por Zedillo, hasta los nombrados por Andrés Manuel López Obrador; algunos, descaradamente, habían sido funcionarios en algunas de las administraciones donde servían. A este respecto, es importante recalcar que los presidentes de la transición aceptaron este rol de contrapeso, no exento de roces o controversias. Empero, AMLO no lo entendió del todo así, pues, aunque tuvo la oportunidad de llevar a varios de los ministros salientes a sus encargos -de Juan Luis González Alcántara a Lenia Batres, pasando por Margarita Ríos Farjat, quien incluso fue la Jefa del SAT a inicios de su gobierno-, pronto acabó confrontado con varios de ellos, pues deseaba tener alfiles de la 4T en el máximo tribunal del país, en lugar de enviar personajes con una connotada hoja de servicios en el ámbito jurídico. Y, aunque todos los presidentes han querido tener emisarios propios en la SCJN, los antecesores de AMLO cuidaron las formas con encomio, mientras que López Obrador lo esgrimió sin cortapisas.

Pero, en un giro de 180 grados, los resultados del pasado domingo favorecen al exmandatario, pues, de los próximos ministros, varios de ellos son personas de su entorno cercano: destacadamente las ministras ratificadas (Yasmín Esquivel, Loretta Ortiz y Lenia Batres), así como el próximo presidente de la Corte, Hugo Aguilar, son personas cercanas al expresidente López Obrador. La paradoja es que la doctora Claudia Sheinbaum no pudo colocar a ninguno de sus alfiles, con lo que se rompe una vieja tradición. Al tiempo.

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