Opinión

El peso de la indiferencia: cuerpos deshumanizados como síntoma del colapso




junio 30, 2025

Ocultar vilmente el cuerpo y su posterior destrucción constituyen una forma extrema de violencia que no se limita a lo físico o material, sino que alcanza el corazón de los vínculos sociales y de las formas colectivas de memoria… La comunidad queda suspendida en un limbo donde no hay ni cierre simbólico ni reparación emocional

Por Salvador Salazar Gutiérrez

Sigue presente en la preocupación de las autoridades, lo que significó el hallazgo del centro de “reclutamiento forzado” en el Rancho Izaguirre, en Jalisco, al parecer utilizado por integrantes del CJNG. Esclarecer lo que allí sucedió, fue el llamado de exigencia por parte de colectivos de familiares de personas desaparecidas. Frente a ello, rápidamente con su habilidad para encubrir y direccionar en un sentido de eventualidad, el Estado mexicano puso en marcha toda su maquinaria de ocultamiento y encubrimiento de lo que allí era evidencia contundente de una práctica sistemática de reclutamiento, pero sobre todo exterminio.

Hace un par de días, aparece en las noticias en Ciudad Juárez el hallazgo de un lugar que al parecer ha funcionado, según la primera versión de las autoridades, como crematorio clandestino que es utilizado por algunas funerarias de la ciudad.

En el primer momento del hallazgo, se habló de una cantidad aproximada de veinte cadáveres embalsamados, pero con el paso de las horas, se ha llegado a contabilizar más de 380 cuerpos en estado de descomposición apilados en habitaciones del lugar. Este crematorio se ubica en una de las colonias periféricas al sur de la ciudad, donde se cruzan las salidas que dirigen al sur hacia la capital de Chihuahua, y al poniente hacia Ascensión y Nuevo Casas Grandes.

Al momento de dar las primeras versiones del hallazgo, rápidamente y sin chistar, integrantes de la Fiscalía Estatal enfatizaron que nada tenía que ver con algún delito, y mucho menos con alguna situación de “campo de exterminio” como si viniera nuevamente a surgir la preocupación que motivó la reacción cuestionada del gobierno en el caso del rancho Izaguirre.

Han pasado unos días del hallazgo, las versiones periodísticas apuntan a un mayor número de dudas o preguntas, que de certezas sobre lo que allí ha sucedido. Sin embargo, partiendo de que en este momento se esperaría un trabajo profundo, imparcial y de obligación en el esclarecimiento de la situación por parte de los actores públicos encargados de las indagatorias, me gustaría plantear dos líneas de lectura frente a lo que podríamos denominar como el continuo paisaje de lo atroz.

En primer lugar el sentido de humanización en torno al cuerpo más allá de la muerte. En la filosofía de Maurice Merleau-Ponty, fenomenólogo francés, el cuerpo no es un objeto del mundo, sino el lugar desde el cual el mundo se nos abre: es cuerpo vivido, cuerpo propio, vehículo de la percepción. Desde esta perspectiva, el cuerpo no se reduce a una anatomía funcional, sino que es presencia encarnada, entretejida con el mundo y los otros. Ahora bien, ¿qué sucede cuando el cuerpo ya no vive, cuando se vuelve inerte, en su condición de cadáver, y parece mostrar una ausencia?. Lejos de anular su potencia fenomenológica, el cuerpo sin vida sigue siendo significativo. Ya no percibe ni actúa, pero permanece como huella de una subjetividad que habitó el mundo. Su presencia, aunque silente, resuena: interpela a quienes lo miran, a quienes lo buscan, a quienes lo lloran. El cadáver es la marca visible de una existencia que fue mundo y que aún, de algún modo, se aferra al tejido del sentido.

Para Merleau-Ponty, la humanización no concluye con la muerte. El cuerpo conserva una forma de presencia que trasciende su función biológica. Es una carne que, aun silenciada, conserva memoria, vínculo, testimonio. Allí donde el cuerpo no está —el desaparecido, el enterrado sin nombre, el cuerpo negado por la violencia— la ausencia misma deviene forma de presencia inquietante, que exige ser reconocida, inscrita, narrada. En ese sentido, las imágenes divulgadas en medios impresos o digitales, de cuerpos apilados como si se tratasen de bultos amontonados en una habitación, claramente muestra de una ruptura o un quiebre. Son cuerpos que pertenecieron a alguien, que formaron parte de una trayectoria de vida articulada a otras vidas, y en ese sentido, claramente lo que observamos en este lugar, es una muestra de la fractura y la erosión de cualquier principio básico de humanidad.

Una segunda línea que se abre como lectura ante el acontecimiento. Como si se tratase de un “curarse en salud”, expresión mexicana que significa tomar precaución antes de que ocurra algo, la primera reacción por parte de las autoridades fue la de negar cualquier vínculo con algún delito o algo que se conectara con la posibilidad de un “centro de exterminio”. Si bien comparto que efectivamente se debe primero indagar de manera seria lo que allí sucede, no podemos dejar de lado que existe una evidencia amplia de la forma como grupos delictivos, en complicidad o aquiescencia con autoridades de los tres niveles de gobierno, han operado desapareciendo, secuestrando, asesinando a miles de personas en Juárez y la región en las dos últimas décadas.

Resultado de la revisión de algunos casos de personas desaparecidas, en las que existe una clara acción por parte de grupos ligados a la delincuencia organizada -principalmente por narcomenudeo o trata de personas con fines de explotación-, encontramos evidencia que relaciona a esta zona de la ciudad con el hallazgo de pequeñas fosas con restos humanos calcinados. Por algunos reportes de prensa se puede ubicar lugares, como fundidoras de metales, en cuyo alrededor se han encontrado evidencia de restos que claramente indican una acción deliberada de eliminar un cuerpo por medio de un proceso de fundición.  Una acción que claramente busca evitar la identificación de las víctimas, obstaculizar las investigaciones y enviar mensajes intimidatorios hacia las familias o los entornos comunitarios que controlan ciertos grupos. Si para Merleau-Ponty el cuerpo es un modo de estar en el mundo, una forma de ser. Calcinar un cuerpo es negar ese ser, reducirlo a pura materia, romper el lazo entre carne y sentido. En términos ético-políticos, se trata de una aniquilación del otro como sujeto, borrándolo de toda inscripción social o simbólica.

Ocultar vilmente el cuerpo y su posterior destrucción constituyen una forma extrema de violencia que no se limita a lo físico o material, sino que alcanza el corazón de los vínculos sociales y de las formas colectivas de memoria. Un cuerpo ausente, calcinado, no solo impide el acto forense de identificación: niega el duelo, bloquea la posibilidad de ritual, de palabra, de relato. La comunidad queda suspendida en un limbo donde no hay ni cierre simbólico ni reparación emocional. Lo que no puede ser velado, llorado ni sepultado, queda fuera de la historia: se convierte en un resto sin inscripción, y con ello, se profundiza el proceso de deshumanización que Merleau-Ponty identifica como ruptura del lazo entre carne y sentido. O peor aún, cuando velar las cenizas de un familiar, simplemente no corresponden con el cuerpo de él o de ella.

En ese vacío no solo se pierde una vida, sino también una trama: los lazos que articulaban a ese cuerpo con otros cuerpos, con otras memorias, con un territorio afectivo y político. El ocultamiento, como tecnología del olvido, busca romper precisamente esa red de significados, dejando tras de sí no solo dolor, sino desarraigo. En este sentido, el cuerpo apilado, deshumanizado, no es solo el signo de una atrocidad individual, sino el punto de fractura de una comunidad entera. Resistir a esa fractura —a través de la búsqueda, la memoria, la exigencia de justicia— es un modo de reconstituir lo humano allí donde el horror quiso erradicarlo por completo.

Quisiera cerrar mi reflexión con lo siguiente. ¿De qué manera nos interpela la existencia de cuerpos tratados como desecho, cuerpos negados en su humanidad, cuerpos devueltos a la tierra no como recuerdo, sino como residuo? ¿Qué dice de nuestra sociedad el hecho de que los cadáveres puedan ser ocultados, calcinados, fundidos o apilados sin que ello provoque un quiebre colectivo inmediato, una detención moral en el curso de las instituciones? ¿Cuántas veces más aceptaremos que la muerte no se nombra y el dolor se administra burocráticamente?

En este contexto, la pregunta ya no es sólo sobre qué ocurrió en ese predio periférico de Ciudad Juárez, sino qué nos ha ocurrido como comunidad para que lo inimaginable se vuelva cotidiano. ¿Cómo pensar la justicia cuando el cuerpo ya no está, cuando lo que resta es humo, fragmento, ceniza o silencio? Tal vez el desafío más profundo no sea únicamente denunciar lo atroz, sino encontrar formas sensibles, políticas y encarnadas de resistir a la indiferencia, de nombrar lo innombrable y de rehacer el vínculo humano incluso donde la violencia buscó quebrarlo por completo.

***

Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

lo más leído

To Top
Translate »