Creo que no es malo que se recuperen espacios, sino todo lo contrario. No obstante, debe hacerse privilegiando la inclusión, en lugar de la exclusión y la equidad. Dar a cada quien lo que le corresponde, llevando a que en dichas zonas pueda rentar quien desee, quizás contemplando tarifas o regulaciones de estado, pues, en efecto, la vivienda es un derecho y la clase trabajadora no puede quedar excluida de la misma
Por Hernán Ochoa Tovar
El viernes de la semana hubo en la Ciudad de México una protesta singular: diversos lugareños se manifestaron para inconformarse contra la gentrificación, fenómeno reciente que ha hecho exclusivas zonas que eran de clase obrera o media; así como las rentas inasequibles para el ciudadano común. Decían, con mucha razón, que los alquileres inalcanzables han desplazado a las poblaciones originarias hacia las periferias de la ciudad, motivo por el cual exhortaban a las autoridades, locales y federales, a que pusieran cartas en el asunto.
A este respecto, han surgido voces a favor del mencionado fenómeno. Analistas como Leo Zuckermann hablaron en pro, señalando -subrepticiamente- que la gentrificación le daba status y valor de uso a la consabida colonia Condesa, un antiguo barrio clasemediero de la Ciudad de México que ha padecido los embates de la gentrificación a partir de la segunda década del siglo XXI. Otros, como Simón Levy, no demonizaron al fenómeno, pero dejaron entrever que en la Ciudad de México existían diversas zonas subutilizadas que se podrían aprovechar como vivienda popular. Mientras que Raymundo Rivapalacio esgrimió que la desigual política habitacional actual (que tiene asidero en la Ciudad de México) no sólo ha impactado en la capital del país, sino que es un fenómeno mundial, destacando que barrios como el Soho, de Nueva York, pasaron de ser bodegas a lugares chic donde el consumo es caro, y la procuración de vivienda se vuelve imposible para los sectores más desfavorecidos.
En el mismo tenor, Rivapalacio culpabilizó indirectamente al expresidente López Obrador de la situación que prevalece en la otrora región más transparente del aire, pues, a decir del periodista, fue durante la gestión del tabasqueño como Jefe de Gobierno (2000-2005) cuando se implementó el bando 2, que buscaba recuperar espacios para construir vivienda, consiguiéndose un boom en las alcaldías (antiguas delegaciones) que actualmente enfrentan dicha problemática. En tanto, la académica y analista Viri Ríos festinó en Twitter la protesta, subrayando que es una visualización de la desigualdad que se ha exacerbado en las ciudades durante los tiempos recientes, y deslizando sutilmente que las personas buscan visibilizarse y ser sujetos de derechos; y no sólo vistas como clientela de los tiburones inmobiliarios.
A mi juicio, quienes tienen razón son Viri Ríos y Raymundo Rivapalacio, no obstante sus perspectivas contrapuestas. En tanto, considero que Leo Zuckermann está equivocado. Digo esto porque, efectivamente, la gentrificación es un fenómeno mundial. Así como determinados fenómenos atravesaron el tamiz global y fueron impactando las estructuras de las sociedades locales, algo similar pasó con la gentrificación. Si, desde la emergencia del modelo neoliberal, en la década de 1980, se vendieron recetas para salir del subdesarrollo, como puntualmente planteó el finado Eduardo Galeano en aquella época, la gentrificación pudo ser una estrategia para vender exclusividad a determinadas capas sociales, al tiempo que se excluían a las mayorías que no alcanzaran a entrar a dicho círculo, impactando a un sector que había sido beneficiario del modelo capitalista anterior: las clases medias; mismas que encontraron la espada de Damocles, dilucidando si podrían o no encajar en el nuevo molde (pues era más complejo que antaño poder acceder a los patrones dispuestos).
Aunque pocos analistas y académicos lo han referido, quizás la gentrificación podría tener origen en la política thatcheriana de desregular la vivienda popular para entregársela al mercado. Si hasta la década de 1970, el tener casa era visto como un derecho; a partir de la de 1980 comenzó a ser visto como una especie de mercancía en muchos sitios del orbe. De la edificación y venta de espacios habitables ya se encargarían los bancos y las constructoras; el gobierno sólo sería un réferi que regularía el correcto funcionamiento del proceso, y, como buenos pupilos de Milton Friedman, dejarían que la mano invisible del mercado hiciera de las suyas.
Aunque fue un proceso paulatino y no tajante, creo que en este contexto que la gentrificación se enseñoreó, pues muchas de las inmobiliarias preferían especular y planificar grandes desarrollos, que apostarle a la vivienda social. Y si el mercado se encargaba de regular las tarifas y los alquileres, el resultado fue que se empezó a generar una bomba de bomba de tiempo que en algún momento tendría que estallar. Esto porque, a diferencia del pasado -donde, incluso capitalistas como Henry Ford, propugnaban que el obrero norteamericano tuviera acceso a automóvil y vivienda digna- los beneficiarios eran pocos y muchísimos los excluidos. Algo así como un apartheid de nueva generación, pero con barreras más sutiles, anclado en la burbuja inmobiliaria. Entonces, al haber tantos excluidos del “paraíso” era natural que los lugareños tomaran las calles, exigiéndole al estado que actuase como fiel de la balanza y ya no sólo como árbitro de los intereses comerciales, pues ante el consabido apogeo, parecía que los lobistas eran cercanos a los arquitectos de la economía neoliberal.
Por otra parte, una cuestión que vino más a complicar la situación de la vivienda fue la de los hospedajes por plataforma. Si, hasta la primera década del 2000, quedarse en un hotel cinco estrellas o gran turismo era la gran pretensión por parte de viajeros con gran poder adquisitivo, en los albores de la pospandemia Airbnb comenzó a domeñar el mercado y a desplazar a la vieja hotelería. Me explico: si antes, quien tuviera los recursos podía alquilar una suite presidencial, ahora, con las nuevas tendencias podría rentar una mansión. Cabe destacar, esta forma de pernoctar fue vista en un inicio como un empoderamiento local, pues, supuestamente, quienes ganarían ya no serían las grandes cadenas, sino los lugareños que ofertaban su morada a los visitantes. Empero, estudios recientes han demostrado que detrás de Airbnb están fondos de inversión, así como grandes capitales, motivo por el cual el consabido empoderamiento local fue tan solo una llamarada de petate, pues el grueso de estos recursos llega a los capitales de riesgo y a los grandes mercaderes en lugar de a los pequeños emprendedores. Es como si los Hilton hubieran emprendido el gatopardismo para explotar su negocio en los albores del tecnologizado siglo XXI. Así, la especulación inmobiliaria también ha terminado afectando a aquellas personas que buscan un lugar en espacios céntricos, pues acceder a los mismos es cada vez una misión imposible ante los inaccesibles costes de los mismo.
Con base en lo anterior, debo plantear lo siguiente. Creo que no es malo que se recuperen espacios, sino todo lo contrario. No obstante, debe hacerse privilegiando la inclusión, en lugar de la exclusión y la equidad. Dar a cada quien lo que le corresponde, llevando a que en dichas zonas pueda rentar quien desee, quizás contemplando tarifas o regulaciones de estado, pues, en efecto, la vivienda es un derecho y la clase trabajadora no puede quedar excluida de la misma. Creo que, si el estado hace una buena labor de armonización, se podría incentivar una política incluyente de vivienda. No se trata de que el gobierno excluya, sino que ponga las condiciones para que la casa mayor, que es el país y la ciudad, puedan ser habitables para todos y todas. Es cuánto.