¿Tiene sentido celebrar a Mann en pleno 2025? Sí, pero no como quien alza una estatua. Más bien como quien se asoma a un espejo y ve algo que preferiría olvidar. La fragilidad de la inteligencia. El precio del deseo. La elegancia del fracaso
Por Miguel A. Ramírez-López
Este año se cumplen 150 desde el nacimiento de Thomas Mann, y no deja de asombrarme cómo, siglo y medio después, sus fantasmas siguen paseándose por los corredores de Europa como si el tiempo no hubiera pasado. Hay escritores que mueren con su época; otros, como Mann, sobreviven a ella con una mezcla de arrogancia, lucidez y desgracia.
Para algunos, Mann es una estatua fría, el burgués prusiano con levita y pipa, enemigo del instinto y de la carne. Pero quien se asome a La montaña mágica o a La muerte en Venecia, descubre otra cosa: un abismo. La razón tambaleante, el deseo contenido, la enfermedad como metáfora de una civilización que se resquebraja. El erotismo que huele a formol, pero que sigue latiendo.
Leí por primera vez Tonio Kröger en la universidad. Recuerdo que alguien me dijo algo que entonces no entendí: “Mann escribió toda su vida para justificar su propia cobardía”. Hoy le doy la razón, pero agregaría otra cosa: lo hizo con tal inteligencia, con tal sentido del estilo, que terminó transformando su cobardía en arte. Porque Thomas Mann no escribió para salvarse, sino para vigilarse. Para no hundirse del todo en aquello que temía…, la pasión, la desobediencia, la sombra.
Mann escribió como quien diseca a su propia familia. En Los Buddenbrook narró el ocaso de su casa natal, en Lübeck, con una melancolía helada. En Doktor Faustus, la gran novela de la catástrofe alemana, compuso un pacto fáustico con el nazismo: la música, el genio, el sacrificio del alma. No hay redención posible, pero sí una belleza oscura en la caída. En La montaña mágica, el sanatorio se vuelve una metáfora de la cultura europea, estéril, ensimismada y frágil. El enfermo, Hans Castorp, es a la vez el testigo y la víctima de una civilización que ha perdido el rumbo.
Y, sin embargo, no se trata de una figura aislada. Thomas Mann convivía con un doble, su hermano Heinrich, más radical, más libre, menos atormentado. Mientras Heinrich celebraba la disidencia y el desorden, Thomas se aferraba a las formas. Pero esas formas eran máscaras. Las cartas, los diarios, los ensayos publicados tras su muerte revelan algo que ya intuíamos: Mann temía el caos porque lo llevaba dentro.
La homosexualidad reprimida fue uno de sus grandes temas soterrados. La muerte en Venecia, con su joven Tadzio convertido en símbolo y tentación, no es sólo una narración sobre el deseo; es una elegía por la imposibilidad de vivirlo. En sus diarios hay pasajes inquietantes donde describe a jóvenes que lo deslumbran con una mezcla de adoración estética y sufrimiento moral. Para Mann, el deseo era un dios pagano al que no podía dejar de rezar, aunque supiera que le exigiría sangre.
En tiempos de purgas y persecuciones, Thomas Mann eligió el exilio. Abandonó Alemania en 1933, cuando Hitler tomó el poder, y no regresó hasta después de la guerra. En Estados Unidos se convirtió en una voz moral contra el totalitarismo, pero también en un extranjero perpetuo. Vivió en Princeton, en California, en Suiza. Siempre con el maletín preparado, con el rostro del buen alemán que no se ensució las manos, pero sí la conciencia.
En 1947 publicó Doktor Faustus, y para muchos fue su testamento político: una novela que no sólo habla del alma vendida de un músico, sino del alma vendida de todo un pueblo. Alemania, convertida en artista maldito, había pactado con el Diablo. El precio fue la destrucción. Mann, en su oráculo lúgubre, ya lo había intuido desde los años veinte.
El legado de Thomas Mann no está sólo en sus novelas. Está en su manera de escribir lenta, pensada y obsesiva. En un mundo que premia la velocidad, leerlo es casi un acto de resistencia. Mann exige lentitud, exige contradicción, exige duda. Nadie puede leerlo sin detenerse. Nadie puede leerlo sin enfrentarse a sí mismo.
Bebió de Schopenhauer y Nietzsche, pero también de Goethe, a quien consideraba su padre espiritual. Como Goethe, creía en el equilibrio, en la mesura, en el artista como ser superior. Pero al contrario que Goethe, sabía que ese equilibrio era una máscara. Que tras la serenidad clásica había fiebre, culpa y locura. Que el artista es también un impostor.
Es cierto que Thomas Mann envejeció mal. Sus últimos textos parecen discursos más que literatura. Se volvió académico, casi pontificio. Quiso ser la conciencia de Europa y, en parte, lo logró. Pero lo mejor de su obra no está en ese moralismo. Está en los resquicios: en las grietas del alma, en las tensiones no resueltas, en las frases que parecen pedir perdón por existir.
Hay una escena en Tonio Kröger que siempre me persigue. El protagonista, un artista hijo de burgueses, se siente extranjero en todos lados. Ni entre los suyos ni entre los bohemios. Ni en el norte protestante ni en el sur mediterráneo. Es esa sensación de exilio interno lo que define a Mann. Y quizá por eso sigue hablándonos. Porque todos, alguna vez, hemos sentido lo mismo: que no pertenecemos, que no encajamos, que no hay casa a la que volver.
Hoy, que Europa se debate entre viejos odios y nuevos maquillajes, Thomas Mann vuelve a ser necesario. No como un moralista —aunque siempre quiso serlo—, sino como el testigo incómodo de una cultura que se fingía eterna y terminó devorándose a sí misma. Sus personajes no gritan, se pudren en silencio. Y ese silencio nos resulta familiar.
¿Tiene sentido celebrar a Mann en pleno 2025? Sí, pero no como quien alza una estatua. Más bien como quien se asoma a un espejo y ve algo que preferiría olvidar. La fragilidad de la inteligencia. El precio del deseo. La elegancia del fracaso.
F∴F∴ Finem Facimus
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Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando Los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).





