Opinión

Alaska, el nuevo Yalta: Europa en la sombra de una cumbre decisiva




agosto 27, 2025

La pregunta no es qué acordaron Trump y Putin, sino qué está dispuesto a ceder Occidente en nombre de una paz precaria. Y si esa paz —impuesta desde Anchorage— será algo más que un alto al fuego disfrazado de dignidad

Por Miguel A. Ramírez-López

Mientras Vladímir Putin y Donald Trump se estrechaban la mano en Anchorage, Europa contenía la respiración. No era una reunión rutinaria de mandatarios, sino una escenificación del poder, un teatro diplomático que dejaba claro quién define las reglas y quién solo puede observar. Los discursos oficiales hablaron de “productividad” y de “diálogo abierto”, pero lo que se respiraba en ese hangar de la Base Elmendorf-Richardson era otra cosa: la sensación de que el futuro de Ucrania y, por extensión, de todo el continente europeo, se decidía sin que Europa tuviera asiento en la mesa.

Alaska, vendida por el Imperio zarista a Estados Unidos en 1867, vuelve a ser símbolo de transferencia de hegemonías. Aquel territorio comprado por siete millones de dólares, bautizado con sorna como Seward’s Icebox, marcó en su momento el ocaso de un zarismo exhausto y el ascenso de Washington como potencia global. Hoy, el mismo suelo helado sirve de escenario para otro tránsito…, el paso de la arquitectura multilateral a los acuerdos bilaterales, de las instituciones al músculo, de la diplomacia al regateo entre gigantes. La comparación con Yalta es inevitable, aunque imperfecta: allí se diseñó un nuevo orden mundial; aquí se representa la sombra de ese orden que se resquebraja.

Putin llegó fortalecido por los avances militares y el control narrativo que ejerce dentro de Rusia. Trump decidido a demostrar que su estilo transaccional es la verdadera esencia de la política internacional. Ambos comparten una visión del mundo que recuerda a Carl Schmitt, una política como distinción entre amigos y enemigos, como cálculo de poder sin mediaciones jurídicas. La ONU, la OTAN, incluso la propia Unión Europea, aparecen en segundo plano, meros telones que decoran una obra donde sólo actúan los protagonistas.

Europa, por su parte, se muestra como un personaje ausente. Alemania y Francia, otrora guardianes de la iniciativa continental, parecen atrapados en crisis internas y falta de liderazgo. Los países del Este reviven la vieja pesadilla de ser moneda de cambio entre Moscú y Washington. Timothy Snyder lo ha escrito con crudeza: las tierras fronterizas de Europa del Este siempre han sido campos de disputa donde las potencias deciden la suerte de millones sin preguntarles. La cumbre de Alaska no hizo más que reforzar ese temor ancestral, que su seguridad pueda negociarse como una ficha en la mesa de otros.

Chantal Mouffe, al reflexionar sobre la política agonística, advierte que excluir a los actores de las decisiones que los afectan los condena a la impotencia. Eso es lo que hoy siente Europa, impotencia al ver que, en la negociación central de su tiempo, no se le permite más papel que el de espectador. Y la impotencia, sabemos por Spinoza, es el sentimiento que más rápidamente se transforma en resentimiento. Anchorage puede haber encendido, sin proponérselo, una chispa de resentimiento europeo que tarde o temprano buscará canalizarse en nuevas formas de acción política.

El simbolismo de Alaska añade una capa inquietante. Tierra de glaciares que se derriten, escenario del deshielo literal, es también metáfora del deshielo de viejas certezas. Mientras los hielos se resquebrajan bajo el peso del cambio climático, dos líderes que han minimizado la crisis ecológica negocian el futuro de Europa como si el planeta no estuviera en llamas. Aquí resuena el concepto de “hiperobjetos” de Timothy Morton: fenómenos tan vastos que resultan imposibles de abarcar por la conciencia humana, como la guerra y el colapso climático. La reunión en Anchorage fue precisamente eso, una negociación en la superficie de un iceberg mientras el océano entero se calienta.

No hubo acuerdos formales en la cumbre, apenas declaraciones calculadas para mantener abiertas las expectativas. Trump habló de conversaciones “muy productivas”, Putin de “ver una luz al final del túnel”. Pero la verdadera lectura no está en lo que se dijo, sino en lo que se omitió. Europa no fue sujeto de esas frases, Europa fue el objeto de la conversación, la geografía sobre la que se negocia, no la voz que negocia.

El filósofo Étienne Balibar ha sostenido que la tragedia recurrente de Europa es llegar tarde a su propia historia. En Anchorage, esa tragedia se repitió con nitidez: un continente que se pensó garante del orden liberal aparece borroso, sin iniciativa, incapaz de hacer valer sus intereses en la mesa donde se decide su seguridad.

La cumbre de Alaska, entonces, no fue un Yalta reeditado, sino su espectro. Un espejo que refleja el estado actual del mundo, la diplomacia multilateral debilitada, la fuerza imponiéndose sobre el derecho, Europa desdibujada. La pregunta no es qué acordaron Trump y Putin, sino qué está dispuesto a ceder Occidente en nombre de una paz precaria. Y si esa paz —impuesta desde Anchorage— será algo más que un alto al fuego disfrazado de dignidad.

F∴F∴ Finem Facimus

Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando 

los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).

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