Las prácticas sexuales entre personas heterosexuales y aquellas que se identifican con otro género o tienen una orientación distinta son más similares de lo que marcan los estereotipos: los resultados de la encuesta cuestionan ideas arraigadas y ayudan a replantear políticas públicas
Por Marcela Nochebuena / Animal Político
Ni el inicio de la vida sexual, ni el número de parejas, ni el tipo o frecuencia de diversas prácticas son estadísticamente diferentes entre personas heterosexuales y aquellas que se identifican con otro género o tienen una orientación sexual distinta, lo que contradice prejuicios sociales que con frecuencia se reflejan incluso en las políticas de educación y atención a la salud de nuestro país.
De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional sobre Conducta Sexual en México realizada por la Asociación Mexicana para la Salud Sexual (AMSSAC) con base en un diseño de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las prácticas sexuales de las personas son tan diversas como su identidad y orientación sexual, y no están determinadas por ellas. Sin embargo, estos datos siguen siendo poco conocidos, en particular por personas prestadoras de servicios públicos.
Por ejemplo, a la pregunta de si ha tenido relaciones sexuales en las últimas cuatro semanas, tanto en la población homosexual como heterosexual, hombres y mujeres, entre el 63 y 66 % respondieron que sí, mientras que del 32 al 37 % contestaron que no, con diferencias de apenas un punto porcentual entre cada uno de los grupos. Algo similar ocurrió con el número de parejas sexuales.
“Ese es un aspecto bastante mítico. Los números de muchas parejas sexuales no son tan altos; algunas personas sí, por ejemplo cuando se trata de sexoservidores, pero la mayoría no anda ahí. Lo que se muestra es que las diferencias entre la población heterosexual y la no heterosexual tampoco son tan grandes”, explica en entrevista Eusebio Rubio-Aurioles, fundador de la AMSSAC y doctor en Sexualidad Humana por la Universidad de Nueva York.

Según los datos generados por el instrumento, para mujeres heterosexuales y no heterosexuales, la mediana –valor que representa la tendencia que se ubica en el centro– de parejas sexuales a lo largo de su vida fue de dos, mientras que para los hombres fue de entre 5 y 10, en ese caso sí con una diferencia significativa, pero no extrema, según la orientación sexual.
En cuanto al número de relaciones sexuales en las últimas semanas, un 53 % de las personas participantes reportaron que la media fue de 5 y la mediana de 3. Aunque se registraron, en algunos casos, números altos, la mayoría se situó entre 3 y 5 interacciones en el mes previo al levantamiento de la encuesta.
Respecto al tipo de prácticas, las noticias son lo generalizadas que están muchas actividades sexuales no coitales que hace un par de décadas seguían rodeadas de tabúes, como el sexo oral, que reporta haber tenido más del 98 % de las personas con independencia de su género y orientación sexual, subraya Rubio-Aurioles.
“Se puede observar que la actividad orogenital se ha convertido en práctica común, tanto en participantes identificados como heterosexuales, como no heterosexuales. La práctica de coito vaginal se reporta tanto en participantes identificados como heterosexuales como no heterosexuales. Aunque es menos frecuente en no heterosexuales, es reportada por el 82.7 % de este grupo”, señala el documento de resultados.
Eso quiere decir, explica el especialista, que la actividad sexual de un porcentaje muy importante de personas no corresponde al estereotipo de su orientación. Detalla que puede ser un dato difícil de entender, porque, en síntesis, en las distintas categorías se evidenció actividad sexual no con el género que, por su orientación sexual, primero vendría a la mente, sino con el opuesto.
“Esas simplificaciones y rigideces en la conceptualización de quién es la persona o cómo se identifica, o qué orientación dice tener, tampoco nos garantizan nada respecto a la conducta sexual… Esto tiene trascendencia en muchos niveles; uno de los niveles donde tiene más trascendencia es en la atención de la salud, porque este dato no es muy conocido para las personas, menos para los médicos que no tienen clases de sexología”, apunta.
Lo anterior redunda con frecuencia en la provisión de servicios, atenciones y diagnósticos a partir de supuestos o prejuicios vinculados directamente con la orientación sexual. En cambio, la tendencia que habla de la no definitividad de las etiquetas evidencia que en realidad las personas somos diversas tanto en identificación como en conducta, lo cual es muy relevante para el tratamiento, por ejemplo, de infecciones de transmisión sexual.
Al mismo tiempo, los datos de la encuesta echan por tierra los prejuicios en torno de la supuesta promiscuidad de las personas que tienen una orientación sexual diversa, pues la edad de inicio de la vida sexual es similar entre poblaciones, además del resto de prácticas sexuales. Por ejemplo, el coito anal es reportado por el 81.9 % de participantes, con mayor frecuencia, pero no universalidad, entre personas no heterosexuales, mientras que en mujeres asciende a 97.1 %. En tanto, la masturbación se reportó en todos los grupos en más de 98%.

La evaluación de prácticas y experiencias en salud sexual (SHAPE por sus siglas en inglés) desarrollada por la OMS es un cuestionario que incluye una batería de preguntas relacionadas con prácticas sexuales, conductas y resultados en la salud sexual relevantes y comprensibles para la población general. En México, fue aplicada por la AMSSAC en 3 mil 416 participantes con un promedio de edad de 37.7 años, en un rango de los 18 a los 84.
Relevancia de los datos sobre conducta sexual en México
Encuestar a las personas sobre sus prácticas y experiencias sexuales puede tener muchos efectos, explica Rubio-Aurioles. Algunos se relacionan con las políticas educativas, en las que hay que poner atención, y otros tienen que ver con las de salud, que muestran un rezago importante, pues aunque existen muchas problemáticas vinculadas con la sexualidad, las políticas públicas no siempre se ajustan a esa realidad, aunque ha habido algunos avances.
“Toda la acción pública contra la violencia sexual y la violencia de género es producto de darnos cuenta de cómo estaba el asunto, y eso se hace a través de estas encuestas. Lo que hacen es darnos una idea para ajustar, y a veces, la presencia de información tiene en sí misma efectos positivos”, explica.
Uno de los ejemplos es la edad de inicio de la actividad sexual en las juventudes, que en múltiples ocasiones fija una expectativa poco realista con la que otras personas creen que deben cumplir. La encuesta reporta 18 años como la mediana, sin diferencias significativas entre géneros y orientaciones. Aunque cálculos del Instituto Nacional de Salud Pública de 2021 indican que a nivel nacional un 19.6 % de adolescentes entre 12 y 19 años ya había iniciado su vida sexual, sí se ha registrado un aplazamiento de la edad de inicio.
Además, es importante que los datos ayuden a reconocer que todas las actividades reportadas son prácticas sexuales, y se abandone la tendencia médica a preguntar por el inicio de la vida sexual, de manera preconcebida, como si fuera equivalente al primer coito.
La vida sexual, aclara el especialista, no comienza necesariamente con esa práctica, sino de muchas otras formas que también tienen consecuencias en la salud sexual física y emocional.
“Es tremendamente importante tener la claridad de qué reporta la gente y qué hace, porque este proceso puede tener incidencia en qué tan saludable vive su vida sexual”, enfatiza.
El nivel de participación de la encuesta permite sacar conclusiones; una de las que queda más clara y debería tener repercusión en todos los niveles –salud, política y legislación– es “lo diverso de la diversidad”, en el sentido de que las personas no heterosexuales no conforman un grupo unitario ni homogéneo.

Por eso, la expectativa de la AMSSAC –que en octubre celebrará su 13 Congreso de la Salud Sexual– es que los resultados incidan en los tomadores de decisiones educativas, del personal de salud y de quienes diseñan los programas de educación sexual. El especialista recuerda que paquetes de datos de este tipo fueron fundamentales en discusiones pasadas en torno a, por ejemplo, el matrimonio igualitario y la adopción homoparental.
“De repente parece que la idea es más potente que los datos. Desde la óptica de la producción de conocimientos, la estrategia es seguir produciendo con más y más calidad, y no engañar”, apunta. “Eso nos acerca a la posibilidad de que se hagan ajustes, y la otra implicación muy inmediata es en nuestra propia labor: nosotros estamos dando clases, formando educadores, terapeutas, y todo esto nos alimenta para tener más información de lo que sí pasa, y no de lo que quisiéramos o lo que nos imaginamos”.
A eso se suma, explica, el fenómeno que ocurre cuando entre más se difunden datos certeros, más pena da expresar ideas que hoy están rebasadas, como todas las suposiciones y prejuicios en torno a la diversidad sexual. Ahí, se ha ganado terreno de forma gradual principalmente gracias a los activismos, pero entre más se conoce –pues al parecer sigue siendo una apertura gradual–, sé es más sensible a la temática, concluye.
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Este contenido es publicado por La Verdad con autorización de Animal Político. Ver su publicación aquí.




