“Tristemente, a Kirk le tocó padecer una paradoja: siempre defendió el sacrosanto derecho de los norteamericanos a portar armas, y, sin embargo, una bala de un gringo fanático, de un estrato semejante al propio, le cegó la vida. Quizás nunca pensó, que, como un bumerán, el argumento se iba a volver en su contra de una manera tan descarnada y triste”
Por Hernán Ochoa Tovar
Trascendió, hace unos días, el asesinato de Charlie Kirk, un joven norteamericano que era activista político filotrumpista, del ala más radical del Partido Republicano. Debo decir, me parece lamentable su repentina muerte, perpetrada por un cobarde mientras se encontraba en un auditorio. En un país que ha normalizado la venta y el comercio de armas, sucesos como el de Kirk no dejan de ser una tragedia. Indudablemente de las diferencias ideológicas que el escribiente pueda tener con el finado orador, creo que este tipo de hechos no deben permitirse, pero me generan un reflexión historiográfica y filosófica que plasmaré, a continuación, a lo largo de la presente colaboración.
Diversos filósofos han hablado de lo que se denomina la paradoja de la tolerancia; es decir, si se debe tolerar a los intolerantes (sic), o, en términos contemporáneos, a los irrespetuosos que rezongan del pluralismo y no permiten más opiniones que la suya propia o la de su legión. De manera semejante a diversas encrucijadas milenarias, esta actitud ha generado discrepancias entre los propios pensadores. Para algunos, debe ser tolerada -en aras del pluralismo-, mientras para otros, el límite del respeto estriba en cuando se niega la realidad del otro.
Justamente, Karl Popper esgrimía este último punto. Deslizaba que la sociedad no debería tolerar a aquellas personas que abjuraran de los valores civiles y democráticos. Sin embargo, el analista político contemporáneo, Leo Zuckermann planteaba un diferencial: decía que era preferible que todos estos grupúsculos de gente intolerante dieran a conocer sus posturas abiertamente para que la sociedad los conociera, en lugar de confinarlos a las catacumbas.
Debo decir, personalmente me inclino a una combinación de las ideas de Zuckermann y Popper. Me explicaré. Creo que, en todo momento debe primar la libertad de opinión y manifestación, pues ese es el combustible de las sociedades más avanzadas (el pensamiento único es un resabio de dictaduras y autoritarismos). Empero, cuando un pensamiento pueda ser lesivo para la sociedad, creo que este sí debiera ser proscrito y regulado, pues ser de mala influencia para el desarrollo de la conciencia social y colectiva.
Justamente el caso de Michael Kirk pone todas estas naciones a debate. Y es que, en una sociedad que defiende masivamente el comercio armamentístico, y expende metralletas como dulces en el supermercado, probablemente para algunos personeros de la American Legion este sujeto se tornó en un adalid. No obstante, les hizo el caldo gordo a los intereses más oscuros de los Estados Unidos, pues la Asociación Nacional del Rifle de la Unión Americana, es, junto con las farmacéuticas y otros grandes lobistas, de los fuertes grupos de interés que están detrás de parte de la clase política e intelectual norteamericana, interesada en mantener el actual status quo, pues ellos son los beneficiarios directos del mismo. Visto así, Kirk, fue una especie de vocero que se presentaba en auditorios no tan cómodos, buscando expandir el pensamiento trumpiano y la Nueva Derecha, en sitios que, por lo regular, son lesivos al mismo.
Así, lo único que le reconocería a Kirk sería su capacidad de análisis, retórica y debate. Sin embargo, pienso que sus ideas estaban equivocadas y era una desgracia que quisiera embaucar a las juventudes para que siguieran su talante disuasivo y reaccionario. Esto porque era un sujeto que despreciaba a las minorías (tanto sociales como sexuales), despreciaba la equidad de género y parecía traer la Doctrina Monroe tatuada a flor de piel, al tiempo que defendía el uso de armas, como el patriota que carga una pistola en su regazo.
Su figura me remite a varios personajes, tanto contemporáneos como del pasado. Me remite a un George Wallace en su etapa más terrible –ya de mayor, terminó arrepentido de haber sido un racista consumado–, a Agustín Laje o a Santiago Abascal. Al primero, por su desprecio por las minorías (lo que lo igualaba con el confederado ex gobernador de Georgia); al segundo, por su intelectualidad (se nota que el sujeto tenía bagaje intelectual y cultural, así fuera para defender un pensamiento errático; la diferencia es que supera a Laje en fanatismo -creo que era aún más intolerante que el argentino-); mientras al tercero, por su visión retrógrada de una sociedad avanzada, con la diferencia de que el norteamericano parecía ser un sujeto educado; mientras el español es un sujeto agresivo, carente de los más elementales modales y polarizador al extremo.
Tristemente, a Kirk le tocó padecer una paradoja: siempre defendió el sacrosanto derecho de los norteamericanos a portar armas, y, sin embargo, una bala de un gringo fanático, de un estrato semejante al propio, le cegó la vida. Quizás nunca pensó, que, como un bumerán, el argumento se iba a volver en su contra de una manera tan descarnada y triste.
Al final, la cuestión deja dos debates para la posteridad: cuando se trata de regular las armas, los norteamericanos siempre se desentienden y le recetan aspirinas a un problema ancestral, pero no toman el toro por los cuernos para atender a una sociedad enferma y polarizada. El segundo, sería precisamente ese: si los Estados Unidos nunca ha sido una sociedad unida –quizás, tan solo, en un forzado imaginario jeffersoniano–, ahora lo es menos que nunca.
Trump se ha encargado de dividir a los Estados Unidos, otrora sociedad modélica de la democracia moderna, en tirios y troyanos; en aliados y adversarios sin permitir una escala de grises como en el pasado. Ello ha llevado a que se engorden rencores –en lugar de apaciguarlos– y que el conflicto pueda estar latente en cualquier momento. Para muestra, un botón.
Ojalá puedan encontrar cauce donde el hombre del tupé ha contribuido a derribar el viejo edificio conceptual norteamericano. Sin embargo, el problema ya está ahí, cual dinosaurio de Monterroso. El debate de la polarización y la tolerancia, cobra cabal relevancia en estos tiempos tan delicados para la sociedad contemporánea. Para la reflexión. Al tiempo.
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Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.




