Se nos pide aplaudir héroes inmaculados y símbolos inalterables mientras el país se desangra en realidades que la historia oficial no contempla: fosas clandestinas, feminicidios, territorios bajo control criminal. La pirotecnia ilumina un cielo que no borra la violencia de la tierra.
Por Miguel A. Ramírez-López
México se enciende de verde, blanco y rojo cada septiembre. Calles, plazas y edificios se cubren de símbolos que remiten a una historia oficial fijada en bronce y mármol. El 15 y 16 de septiembre constituyen, según la narrativa del Estado, la cumbre del imaginario nacional: la Independencia. Sin embargo, ¿qué celebramos realmente? ¿Qué significado tiene hoy este ritual cívico en un país atravesado por desigualdades, violencia estructural y fracturas sociales?
La antropología nos recuerda que las fiestas nacionales son mecanismos de cohesión simbólica. Clifford Geertz planteaba que los rituales no sólo expresan valores colectivos, sino que los producen y legitiman. El Grito de Dolores —reproducido cada año por un funcionario en turno— es un simulacro de unidad: una dramatización que convierte a ciudadanos dispersos en “pueblo”. Pero es también, como diría Victor Turner, un momento de “communitas” domesticada: no una verdadera comunión social, sino una experiencia liminal orquestada por el poder.
El patriotismo oficial descansa sobre lo que Enrique Florescano y Luis González y González identificaron como la historia de bronce,una versión monumentalizada y simplificada del pasado, que convierte a los héroes en estatuas sin fisuras y borra los conflictos internos. Hidalgo reducido a un grito, Morelos a un decreto, Juárez a una frase. Esa narrativa heroica —señala Federico Navarrete— cumple la función de homogeneizar y excluir a los pueblos indígenas, las mujeres, los campesinos insurgentes aparecen borrados o subordinados. Es una historia que ofrece certezas, pero al costo de negar la pluralidad y la contradicción.
La sociología también advierte los riesgos. Pierre Bourdieu señaló que los rituales estatales reproducen habitus y jerarquías, y Michael Billig mostró cómo el nacionalismo banal se reproduce en gestos cotidianos —la bandera en cada escuela, el himno en cada acto cívico, el desfile del 16 como pedagogía del orden—. Los cuerpos disciplinados que marchan transmiten la idea de obediencia, mientras las familias expectantes en las banquetas asimilan pasivamente el guion del Estado-nación. El patriotismo funciona así como dispositivo de cohesión vertical, donde se celebra a la patria no desde la crítica, sino desde la obediencia.
La filosofía política añade otra capa. Benedict Anderson habló de las naciones como “comunidades imaginadas”: colectividades sostenidas por narrativas y símbolos compartidos. Ernest Gellner subrayó que el nacionalismo no es un despertar de identidades antiguas, sino una construcción moderna vinculada a la necesidad de homogeneizar poblaciones para los Estados industriales. Y Eric Hobsbawm mostró cómo muchos rituales patrios son tradiciones inventadas: prácticas recientes que se presentan como ancestrales para dotar de legitimidad a un poder político. En este sentido, los festejos del 15 y 16 de septiembre no son tanto una continuidad histórica, sino un montaje ritual que repite, cada año, la ilusión de unidad.
El patriotismo de bronce, convertido en espectáculo, se transforma en anestesia. Se nos pide aplaudir héroes inmaculados y símbolos inalterables mientras el país se desangra en realidades que la historia oficial no contempla: fosas clandestinas, feminicidios, territorios bajo control criminal. La pirotecnia ilumina un cielo que no borra la violencia de la tierra.
Quizás deberíamos resignificar estas fechas no como rituales de obediencia al Estado ni como devoción a héroes congelados, sino como espacios de reflexión crítica sobre el proyecto de nación. No un grito vacío repetido en eco, sino un silencio denso que nos obligue a repensar la independencia no alcanzada: la justicia social, la igualdad, la soberanía real de los pueblos.
El 15 y 16 de septiembre podrían ser ocasión para la autocrítica, no para el simulacro. Pero eso implicaría transformar el patriotismo de bronce en memoria viva, y la fiesta patria en un acto de pensamiento. Y pensar, como advirtió Michel Foucault, siempre es un ejercicio peligroso frente a los poderes que prefieren la docilidad de las masas entusiastas.
F∴F∴ Finem Facimus
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Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando Los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).





