David Bowie entendió lo que Nietzsche y los poetas ya sabían, que para hablar del mundo había que inventarse mil nombres, y que la verdad nunca se encuentra en un sólo rostro, sino en la sucesión de todos ellos
Por Miguel A. Ramírez-López
Cada artista carga con un nombre verdadero que rara vez coincide con el que la historia recuerda. En el caso de David Robert Jones, fue necesario inventarse un mueble entero para guardar sus vidas sucesivas: un casillero donde cada gaveta contenía un rostro, un gesto, un sonido. David Bowie, como lo conoció el mundo, fue un archivo en movimiento, un gabinete de identidades que se abrían y cerraban con la misma naturalidad con la que otros cambian de camisa.
El primer cajón se abre con Major Tom, astronauta perdido en la órbita, metáfora de la soledad moderna en plena carrera espacial. Era 1969 y la luna servía tanto para la propaganda como para la poesía. Bowie lanzó su cápsula hacia el vacío y nunca volvió a recogerla. Major Tom quedó suspendido, como un espectro que más tarde regresaría en otras canciones, testigo de una caída infinita.
El segundo compartimento pertenece a Ziggy Stardust, el alienígena andrógino que vino a salvar —y a destruir— a la Tierra a través del rock. Ziggy no era sólo un personaje, era la encarnación de una época que buscaba liberarse de la norma sexual, estética y política. Con él, Bowie no interpretaba un papel: se convertía en el papel mismo, hasta el extremo de borrarse tras la máscara. Ziggy fue el primer gran incendio de su casillero.
Luego vino Aladdin Sane, a lad insane, el muchacho al borde de la locura. El rayo pintado en el rostro no era maquillaje, sino cicatriz simbólica: la marca de un desdoblamiento interior, de un artista que empezaba a convivir con sus propios excesos y con la presión de la fama. Ese cajón huele a pólvora y a cocaína, a Estados Unidos en los años setenta.
En otra gaveta reposa el Thin White Duke, personaje frío, elegante y peligroso, vestido con chaleco y pantalones negros. Era Bowie convertido en un aristócrata cínico que cantaba sobre el amor y la muerte con la distancia de quien juega a ser inmortal. El Duque Blanco sintetiza la etapa más oscura de su vida: dependencia, alienación, flirteos con símbolos que él mismo luego rechazó. El casillero cruje con ese peso.
Más adelante se abre un compartimento luminoso: el de la trilogía de Berlín. Aquí Bowie ya no necesitaba un disfraz estridente, sino una experimentación sonora que le devolviera la sobriedad. Era un Bowie en busca de desintoxicación, colaborando con Brian Eno, componiendo en alemán, explorando el minimalismo electrónico. Si los cajones anteriores eran máscaras, este parecía más un espejo empañado.
El casillero siguió sumando personajes: el Bowie de Let’s Dance, con traje pastel y peinado rubio, dispuesto a conquistar las listas de popularidad sin renunciar al filo experimental. El Bowie de Earthling, vestido con chaquetas digitales, sumergido en el drum and bass de los noventa. El Bowie camaleónico que cada década encontraba un nuevo modo de abrir sus cajones sin repetirse.
Y al final, como en todo mueble secreto, hubo un compartimento oculto: Blackstar, el testamento final. Allí Bowie se presentó como profeta de su propia muerte, un alquimista que convertía el cáncer en obra de arte, la despedida en celebración ritual. Ese cajón se abre sólo cuando comprendemos que cada identidad anterior no fue más que un ensayo de eternidad.
El Casillero de David Jones no es, entonces, un simple archivo de alter egos. Es un sistema filosófico en movimiento: la certeza de que el «yo» es una ficción, un disfraz que se multiplica para decir lo indecible. Bowie entendió lo que Nietzsche y los poetas ya sabían, que para hablar del mundo había que inventarse mil nombres, y que la verdad nunca se encuentra en un sólo rostro, sino en la sucesión de todos ellos.
F∴F∴ Finem Facimus
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Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).





