Opinión

Claudia Sheinbaum: un año de claroscuros y desafíos




octubre 3, 2025

A un año de la toma de posesión de Claudia Sheinbaum como la primera presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, “creo que es hora de tener a sus propios operadores en Palacio Nacional, en lugar de seguir dependiendo de herencias del obradorismo”

Por Hernán Ochoa Tovar

Hace exactamente un año, el 1 de octubre del 2024, la doctora Claudia Sheinbaum, connotada científica mexicana y exjefa de gobierno de la Ciudad de México, durante el grueso de la gestión de Andrés Manuel López Obrador (2018-2023), tomaba posesión como la primera presidenta Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Por donde se le viera, era una ruptura paradigmática. Para empezar, era la primera vez que un mandatario de posesionaba el primer día del décimo mes del año, pues, a la vieja usanza –y hasta el gobierno de AMLO–, ello solía hacerse casi para cerrar la anualidad, desde tiempos inmemorables (por lo menos, desde la era Porfiriana).

Resulta importante decir, la llegada de la doctora Sheinbaum a la presidencia generó una implosión de reacciones y esperanzas diversas. Si el arribo de AMLO, seis años atrás, suscitó expectativas no vistas en muchos años, la llegada de la doctora gestó la multiplicación de las mismas. Me explico: era la primera vez, en muchos años, que el partido en el poder retenía el gobierno. Esto no ocurría desde el Foxismo, pues, tanto Felipe Calderón, como Enrique Peña Nieto, tuvieron que entregar al poder a sus adversarios. En segunda instancia, era la primera vez en la Historia de la República, que México sería gobernado por una mujer. Y en un país donde el machismo ha sido moneda corriente y fue naturalizado con el paso de los años, el arribo de una destacada fémina a Palacio Nacional entrañaba el resquebrajamiento del patriarcado y del añejo club de Toby. Aunado a ello, sería la primera ocasión, en el derrotero de la historiografía nacional, que las izquierdas ratificarían su paso por el gobierno. Ello no había acontecido nunca, pues, tanto Lázaro Cárdenas (1934-1940), como Luis Echeverría Álvarez –los dos mandatarios del Presidencialismo que pueden ser encuadrados dentro del racimo de gobernantes de talante izquierdista– habían pasado la estafeta a fuerzas más moderadas (aunque ni el Gral. Ávila Camacho, ni José López Portillo fueran precisamente mandatarios conservadores). Y, finalmente, y vislumbrando las coordenadas, sería la primera vez que nos rigiera una fémina izquierdista; hecho que no ha acontecido en todas las naciones, ni siquiera en aquellas en las cuales ha regido el poder femenino (para el caso de Latinoamérica, Mireya Moscoso y Violeta Chamorro fueron conservadoras; Laura Chinchilla puede ser encuadrada dentro del liberalismo; mientras que naciones como Brasil, Argentina y Chile, sí pueden jactarse de haber cumplido este enunciado, pues fueron gobernadas por Dilma Rousseff, Cristina Fernández y Michelle Bachelet; en tanto que, tanto Margaret Thatcher y Ángela Merkel fueron gobernantes de signo conservador, aunque no en los extremos de Giorgia Meloni). Por lo anterior, podemos desglosar que el triunfo de la Doctora generó mucha expectación. La pregunta es ¿ha estado a la altura de la circunstancia? ¿o las campanas fueron echadas al vuelo antes de tiempo? A continuación, trataré de responder a ambas interrogantes.

Desde que se consolidó como la favorita del oficialismo para obtener la candidatura presidencial, existía la duda acerca de si un eventual gobierno claudista sería una continuación del obradorismo, que mostró tanto su fortaleza narrativa como política. Ahora podemos ver, a un año del arranque, que, entre ambos, hay semejanzas y diferencias; claros y oscuros.

Como algo similar, podemos ver una narrativa semejante entre ambos mandatarios. Sin embargo, mientras la retórica de AMLO era divisoria y punzante, la claudista ha tendido al matiz. Cierto es que no ha abandonado su oratoria de izquierda, pero lo ha hecho con más templanza y cuidado que su antecesor. Mientras Andrés Manuel usaba las mañaneras como un acto político, más que como un acto informativo –lo cual contribuyó, con creces, a la consolidación de su popularidad, tal y como lo he planteado con antelación–; la doctora Claudia sí las utiliza para informar, y responde puntualmente las interrogantes que le hacen los asistentes de la fuente periodística. Aunque no se han ido algunos influencers y reporteros que son una suerte de intelectuales orgánicos de la 4T (Lord Molécula, dixit) la doctora da muestras de mayor pluralismo con respecto a su antecesor.

Otra cosa que se puede vislumbrar es el rol de ambos personajes. Siento que AMLO fue mejor candidato que presidente, mientras, en el caso de Sheinbaum, dicho papel tiende a invertirse. Creo que el expresidente López Obrador es un as al momento de hacer campaña, de comunicar el mensaje y de convencer al electorado; en eso ni sus hijos lo han podido emular. Sin embargo, a la hora de sentarse en un escritorio a planificar las estrategias a realizar, creo que sí quedó a deber y dejó huecos en algunas áreas, destacadamente la seguridad y la salubridad.

La doctora Sheinbaum, en cambio, se encuentra en el polo opuesto. Con el perdón de algunos adalides del oficialismo, pero creo que no fue la mejor candidata del mundo. Creo que gran parte de su punch y su despegue, se debió a la exponencial popularidad que tenía AMLO en el cenit de su sexenio, y pudo endosarle la misma a su pupila y candidata oficialista. Empero considero que, hasta el día de hoy, ha sido una buena mandataria. Mientras López Obrador se obnubilaba y tomaba algunas decisiones bajo la guía del ofuscamiento, en lugar de la reflexión y la razón; la doctora Sheinbaum hace lo opuesto.

Muy probablemente su disciplina académica la ha ayudado, pues, casi siempre tiene la cabeza fría al momento de dar contestaciones puntuales y acertadas, al tiempo que siempre tiene claros los programas y las estrategias que va a implementar, en lo cual también se puede diferenciar de su antecesor, quien, en ocasiones tenía la ocurrencia y hasta después hacía el respectivo planeamiento.

En el mismo tenor, debo decir que también observo otra discrepancia entre el expresidente López Obrador y la doctora Sheinbaum. Mientras el exmandatario llenó su gabinete de leales, aunque no fueran los mejores perfiles; la doctora Sheinbaum no tropezó con la misma piedra. Cierto es reconocer que AMLO tuvo a su derredor a algunos personajes talentosos, destacadamente Rogelio Ramírez de la O, Marcelo Ebrard, Tatiana Clouthier y Alicia Bárcena. Sin embargo, también se rodeó de ineptos –y hasta algunos personajes cuestionables, por no decir corruptos– que han contribuido a medrar su imagen de líder social genuino, austero e incorruptible.

Destacadamente refiero a Alfonso Romo y a Adán Augusto López, aunque no se quedarían atrás Ignacio Ovalle y el Almirante Ojeda. Y aunque el Gral. Sandoval fue un buen elemento –con todo y sus luces y sombras– tuvo que lidiar con que en seguridad tuvo políticos que administraban el discurso, en lugar de implementar la estrategia en la praxis y el terreno.

Quizás sabedora de los yerros de su mentor, la doctora Sheinbaum no cometió el mismo error. Y aunque sí se rodeó de algunos cercanos –el periodista Manuel López San Martín los denomina Los Claudios, por pertenecer al grupo compacto de la mandataria en turno–, creo que son de los mejores perfiles que tiene el gabinete en la actualidad, destacadamente Luz Elena González, José Merino y Jesús Esteva. Todos ellos muy profesionales, con una capacidad técnica, más que política, pero alfiles leales y competentes al proyecto claudista.

Sin embargo, creo que sí hay algo que se debe enmendar. No me parece que el expresidente López Obrador haya dejado una especie de documentos por cobrar a la mandataria en turno, y haya legado a alfiles incrustados en varios poderes, en aras de mantener vivo el proyecto obradorista. Veo que varios de estos personajes –destacadamente Adán Augusto López y Luisa María Alcalde, aunque el primero es el que más daño colateral genera– son un lastre para el gobierno actual, y lo mejor que podría hacer la presidenta –a mi juicio– es retirarlos de sus funciones de manera diplomática. En el mismo tenor, creo que es hora de tener a sus propios operadores en Palacio Nacional, en lugar de seguir dependiendo de herencias del obradorismo. Y aunque Marcelo Ebrard es de los pocos operadores buenos que tiene el oficialismo, creo que habría que pensar en hacer cambios en aquellos personajes que fueron ratificados, en lugar de ser nominados por la primera mandataria. Esto porque, un déficit que veo, es que no hay unicidad en el proyecto oficial y hay, en cambio, una plétora de proyectos. Mientras AMLO era capaz de conducir al movimiento como una especie de líder moral de la 4T, la doctora Sheinbaum no ha logrado tener el mismo empuje ni la misma respuesta. Ahí dejaría la cereza en el pastel con la cual contribuiría esta colaboración: mientras López Obrador se destacó por ser un líder carismático; creo que la doctora Sheinbaum posee la intención, pero no tiene la misma capacidad de comunicación.

Espero que en los años venideros estos enigmas puedan resolverse o corregirse. Aún queda un quinquenio para que el claudismo imprima el sello propio y, lo mejor, pueda patentar su marca. Al tiempo.

***

Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.


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