“Considero que deberíamos prescindir de la figura de la revocación de mandato. Si en un principio parecía un ejercicio ciudadano interesante, terminó convertido en retórica cupular alejada de su principal misión. Creo que si un mandatario desea terminar anticipadamente su mandato debería legislarse en torno a ello. Sin embargo, una mejor manera de ratificar funcionarios sería la reelección o la creación de la figura de la moción de confianza”
Por Hernán Ochoa Tovar
Luego de haber sido aprobada durante el sexenio del expresidente López Obrador, hace algunos días comenzó a volverse a abordar un tema toral para el curso del sexenio -no obstante que aún no llegamos a la primera mitad del mismo- el de la revocación de mandato. Se vuelve a discutir acerca de si es necesario llevar a cabo tal figura estrictamente cuando se cumplan 3 años de la doctora Claudia Sheinbaum en el poder (es decir, en el año 2027), o sí, por el contrario, debe ejecutarse de acuerdo a la normativa (es decir, hasta el año 2028). A este respecto, llevaré a cabo una reflexión.
Siendo sinceros, en un inicio la figura de la revocación de mandato me pareció buena. Frente a diversos mandatarios y exgobernadores que hicieron pésimas gestiones, y para el fin de las mismas ya eran francamente impopulares, un ejercicio de este tipo hubiera sido una poderosa maniobra ciudadana para sacar del poder a los ineficaces. Sin embargo, por otro lado habría encarnado una especie de caja de Pandora. Así como en el Perú, la destitución de Pedro Pablo Kucynski implicó la caída de una serie de presidentes, como castillos de naipes, aduciendo incapacidad mental -al grado de que ninguno de sus sucesores ha terminado su gestión y todos han terminado cayendo por el mismo causal-, la revocación de mandato pudiera haber incidido de manera parecida. De hecho, en este mismo tenor, algunos años atrás hubo una intención de llevar a cabo un ejercicio semejante al realizo por el Congreso del Perú: en 2009, el entonces diputado Porfirio Muñoz Ledo propuso la destitución del entonces presidente Felipe Calderón. Empero, por diversas cuestiones, la proposición en mención no tuvo eco ni siquiera en las filas de las izquierda, las cuales habían sido las acérrimas adversarias a la gestión del ex mandatario. Quizás infirieron que, de realizar esa acción, podría devolvérseles a ellos, como bumerán, si algún día en el futuro llegaban a ser gobierno.
Con base en lo anterior, y vislumbrando que el gobierno de Enrique Peña Nieto tuvo un acelerado desgaste a partir de 2015, llegué a pensar que la inminente revocación era una buena ahí. Quizás ahí, debido a las encuestas, los emisarios de la izquierda se vistieron de pragmatismo. Viendo que Peña Nieto era uno de los mandatarios más impopulares de América, pensaron que dicha medida podría resultarles favorables. Sin embargo, la legislación en la materia no se llegó a hacer hasta la llegada de las izquierdas al poder, durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024).
Seguidamente, debo decir que, luego de aprobada, la enmienda no me pareció buena idea. Siendo un mandatario con una gran aceptación -contrario a Enrique Peña Nieto- encontré curioso que Andrés Manuel López Obrador pusiera tras de sí la espada de Damocles. Empero, como buen político que solía ser, AMLO sólo llevó a cabo tal acción viendo que podría remontar el resultado con facilidad; y no vislumbrando lo que podría ser una especie de moción de confianza popular al régimen en turno.
Empero, las circunstancias han cambiado a día de hoy. La comentocracia y la intelectualidad orgánica comentan hasta la saciedad que la Dra. Sheinbaum es de las mandatarias más populares del mundo. Esto, ante un Donald Trump que se hunde en el fango y una serie de jefes de estado del subcontinente que apenas arañan el 50 por ciento de aprobación. No obstante, parece haber una disonancia entre lo expresado por los medios de comunicación y el sentir popular. Mientras Andrés Manuel López Obrador efectivamente fue (¿es?) muy popular, no tengo la certeza de que la Dra. Sheinbaum lo sea. AMLO tenía un discurso campechano y de cercanía, que le hizo ganarse la confianza y la simpatía del pueblo raso. La doctora Sheinbaum, en cambio, posee la palabra precisa y la planificación estratégica, pero no el carisma del tabasqueño. Y como lo han comentado varios estudiosos de la comunicación y del quehacer político, son muchos factores lo que pueden heredarse, pero el carisma es privativo de quien lo porta. Bajo esta tesitura, quizá el propulsor que está apoyando a la Dra. Sheinbaum es que posee prácticamente el mismo aparato comunicacional empleado por AMLO. Jesús Ramírez Cuevas, quien fuese el vocero presidencial durante la presidencia de López Obrador, hoy ocupa el cargo sucedáneo de Coordinador de Asesores. Aun así, la estrategia empleada por su mentor, hoy empieza a cobrar desgaste. A AMLO, como político colmilludo que es, las aguas de la grilla le hicieron lo que el viento a Juárez y él supo capotearlas bien. Pero parece que la Dra. Sheinbaum no se encuentra en la misma tónica, estando más habituada al clima de la académica que a la compleja veleidad política.
Por ello, si una revocación de mandato era una mera operación de trámite para López Obrador, considero que para la doctora Pudiese haber situaciones interesantes. Aunque es muy improbable que llegara a perder el poder (el oficialismo posee un músculo electoral impresionante), quizás los números finales del referendo no lleguen a ser tan espectaculares como los del tabasqueño. De manera semejante, los ideólogos de la 4T han sabido darle vuelta de tuerca a la narrativa, señalando que la aparición de la presidenta podría coadyuvar al proceso electoral y ahorrar el costo que poseen simultáneos procesos electorales. Aunque, desde el punto de vista económico podría funcionar, no tengo la certeza de que evaluar directamente a un presidente a la mitad de su mandato sea buena idea. Esto porque, si llegara a ser impopular -en política hay sorpresas, en ocasiones-, su nominación llegará a ser un valladar en lugar de un aliciente. Por ende, creo que hacerlo de esta manera no es el mejor planteamiento a estas alturas del partido.
Así, considero que deberíamos prescindir de la figura de la revocación de mandato. Si en un principio parecía un ejercicio ciudadano interesante, terminó convertido en retórica cupular alejada de su principal misión. Creo que si un mandatario desea terminar anticipadamente su mandato,
debería legislarse en torno a ello. Sin embargo, una mejor manera de ratificar funcionarios sería la reelección o la creación de la figura de la moción de confianza -como existe en diversos regímenes parlamentarios-. Sin embargo, no creo que el país esté listo para esta conversación, pues, cuando la oposición propuso un tránsito al parlamentarismo en 2018; el oficialismo respondió con una especie de resurrección del centralismo de la antigua Presidencia Imperial. Por ello, lo más conveniente es dejar las cosas como están. Y si se realiza la consabida revocación de mandato, recomiendo se realice en 2028 en lugar de en las elecciones intermedias de 2027, cuando el pueblo de México pueda decidir objetivamente, sin distractores electorales. Lo dejo a su libre albedrío, estimados lectores. Al tiempo.
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Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.





