“¿Será efectiva entonces la interdicción total de los vapeadores, o le saldrá el tiro por la culata al gobierno federal?… es un tema amplísimo, lleno de claroscuros, que dará mucho de qué hablar”
Por Hernán Ochoa Tovar
Hace unos días, el Congreso de la Unión avaló la prohibición de los cigarros electrónicos –los denominados vapeadores, por sus siglas en inglés– en territorio nacional. Esto me deja en una encrucijada, pues, por un lado, creo que, al limitarlos por decreto, le hacen un bien a las juventudes nacionales -algunas de ellas fan del vape, como lo fuese James Dean del cigarrillo en su momento- al quitarles un producto tóxico de encima.
Sin embargo, por otro lado me deja una preocupación, pues la experiencia reciente nos ha dejado la experiencia de que prohibir sustancias ilegales, en ocasiones resulta más costoso que la enfermedad, pues acaba generando núcleos clandestinos del vicio, así como mercados negros (en la web y en las callejuelas recónditas). Para muestra un botón, la guerra contra las drogas (war on drugs) decretada durante la administración Nixon en los Estados Unidos. Oficialmente, se trató de atajar el problema de adicciones que ya atrapaba a parte de la sociedad norteamericana a inicios de la década de 1970. Empero, lo que acabó generando –hasta la actualidad– fue una sociedad hipócrita y un mercado negro, pues mientras en la Unión Americana se siguen consumiendo las sustancias adictivas, las mafias y los grupos delictivos encargados de distribuirlas se han fortalecido hasta la saciedad en diversas naciones latinoamericanas, destacadamente Colombia, Venezuela y México. Por ello, y con base en el preámbulo anterior ¿sirve de algo prohibir los cigarros electrónicos, mientras la mariguana se descriminaliza? ¿o es un arranque de mojigatería de un gobierno que tiende a enunciar su talante progresista? Pongamos los puntos sobre las íes.
Para comenzar, el problema que a día de hoy se tiene con los vapes es semejante al que alguna vez se generó con el uso consuetudinario del tabaco. Hace algunas décadas, el uso del cigarro estaba tan normalizado, que era común ver en las películas de Hollywood o las de la época de oro del cine nacional, a los protagonistas fumando gustosos un cigarrillo. De hecho, la publicidad del Marlboro, los Boots, entre otras marcas afamadas, fueron más la regla que la excepción hasta la década de 1990, cuando ya habían comenzado a descubrirse los efectos lesivos del tabaquismo en la salud.
En este mismo tenor, desde la década de 1980, algunos científicos norteamericanos habían descubierto los perjuicios que la nicotina causaba en el cuerpo humano. Sin embargo, las grandes tabacaleras, conformados en poderosos grupos de interés -como a día de hoy son las refresqueras o las farmacéuticas-, sobre todo en el vecino país del norte, intentaron hacer lo que Monsanto ideó con el glisofato: costear estudios propios que desmintieran lo indefendible. Negaban todo, incluso la verdad, como acertadamente esgrimió, en alguna de sus canciones, el maestro Joaquín Sabina. Y sin embargo, la ola de conciencia rebotó sobre los think tanks y los gestores gubernamentales, y el prohibicionismo tabacalero comenzó a acelerarse, a pasos agigantados, de cara al siglo XXI. De tal suerte que pasaríamos de comerciales con el vaquero de Marlboro, y películas como Coffee and Cigarrettes, de Jim Jarmusch, que retrataban el lado intelectual y hasta lúdico del tabaco; pasamos a una era donde fetos enfermos eran exhibidos en cajetillas, lo mismo que pulmones desechos por el cáncer, y sujetos internados en el sanatorio a causa de una EPOC terminal. Se llegó al extremo de prohibir los exhibidores y toda publicidad, pasando a ser el marketing del tabaco una cosa del pasado remoto.
Aun así, la medida surtió cierto efecto. De tener popularidad entre personas de todas las edades y sectores, el cigarro pasó a ser mal visto en las primeras décadas del siglo XXI. De las zonas de fumar y no fumar que existían hasta hace algunos años, se ha pasado a los espacios libre de humo en planteles, centros comerciales, gubernamentales y consultorios. El prohibicionismo terminó ganando la batalla cultural en este caso, pues las campañas antialcohólicas que se hicieron alguna vez no llegaron a tener el efecto esperado ¿será efectiva entonces la interdicción total de los vapeadores, o le saldrá el tiro por la culata al gobierno federal?
Con base en lo anterior, podemos decir que cualquier opción es posible. Recordemos que los consabidos cigarros electrónicos surgieron para sustituir al tabaco original. Al principio, algunos propagandistas decían que eran inocuos. Sin embargo, al hacerse mayores estudios, se comprobó que los daños que podían eventualmente producir, eran mayores a los del cigarrillo tradicional, y, lo que es peor, en un plazo más breve. Ahí fue cuando, en un arranque subrepticio de conciencia, el gobierno decidió tomar el toro por los cuernos y recomendar su prohibición. De hecho, la mencionada enmienda venía contemplada en la batería de reformas propuestas por el ex Presidente López el 5 de febrero de 2024; meses antes de abandonar el cargo y a la puerta del proceso electoral venidero. De tal suerte que lo logrado ayer, es el resultado de un proceso de análisis transexenal, mismo que se cristalizó al momento de su aprobación.
Ante una espada de Damocles tan compleja, creo que lo importante sería educar a las y los jóvenes para que eviten el consumo de los cigarros electrónicos, y, ante todo, quitarles popularidad. Sin embargo, creo que prohibirlos totalmente sumergirá al gobierno en un nuevo círculo vicioso, pues, aunque los cigarrillos tradicionales fueron fuertemente atajados, su venta ha sido fuertemente contenida y regulada, pero no prohibida. Creo que es importante tener alejadas a las juventudes de estas cuestiones, pero creo que es mejor la pedagogía que la punitividad. Si el general Calles, siendo gobernador de Sonora, tuvo resultados adversos con su campaña antialcohólica, creo que algo parecido le podría pasar a Omar García Harfuch con su campaña antivape (las cursivas son mías). Sin embargo, habiendo un problema de delincuencia organizada tan severo en este país, creo que sería injusto quemar pólvora en infiernillos. Y, quizá, el prohibicionismo del cigarro electrónico -que no su regulación- será una manera de generarlo. Sin embargo, si el gobierno ya se embarcó en esa decisión, recomiendo que aplique todo el peso de la ley a los mercaderes; pero mire con más amplitud a los eventuales consumidores, pues considero que atacar al consumo es algo digno de dictaduras, no de países democráticos como el nuestro. En fin, en un tema amplísimo, lleno de claroscuros, que dará mucho de qué hablar; mismo que trasciende a los annales de la polarización. Al tiempo.
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Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.





