El problema es que ya una vez hubo diálogo, y el madurismo sólo dio “atole con el dedo” sin aterrizar propuestas concretas. Y ahora no habría la certeza de si se está dando un paso de costado o una aspirina para remediar una honda crisis social
Por Hernán Ochoa Tovar
“Yo regresaré a la Caracas bella donde las estrellas brillan en la noche. Yo regresaré a la ciudad que fue la maravilla, reino de los hombres”
Amaury Gutiérrez (cantada por José Luis Rodríguez “el Puma”), Venezuela (fragmento).
En estos días, parecen batir a las puertas de Sudamérica tambores de guerra. El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, ha dicho que planea bloquear los accesos a Venezuela, en una declaración no pedida de debilitación del régimen bolivariano. En contraparte, Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, ha dejado ver una intentona colonialista por parte del gobierno norteamericano en la denominada Patria de Bolívar. El asunto, más complejo de lo que parece, nos lleva a la teoría de los dilemas morales de Stuart Mill: ¿quién tiene razón en este caso: un gobernante populista que pretende reeditar la política del garrote y la diplomacia del dólar de Teddy Roosevelt un siglo después; o un dictador en potencia, que, con el garlito de la revolución boliviariana ha destruido, con precisión de cirujano, los guardarraíles de una de las otrora democracias más añejas del continente? A continuación lo veremos.
El caso de Venezuela es algo particular. Mientras casi todo América Latina se veía inmersa en asonadas y en gobiernos autoritarios, de Guatemala a Argentina, Venezuela, junto con Colombia, parecía ser una especie de ínsula de paz. Luego de una dictadura ilustrada, como fue la del general Pérez Jiménez –personaje que, paradójicamente, fue redimido por el propio Hugo Chávez– vinieron cuarenta años de democracia liberal imperfecta. Rómulo Betancourt fue el ideólogo de la misma y a lo largo de treinta años el modelo funcionó muy bien. Sin embargo, en la década de 1980 el modelo comenzó a descomponerse. Si, Carlos Andrés Pérez en su primer gestión (1974-1979) dejó ver a su nación como la Venezuela Saudita –en una especie de sucursal temprana de Dubai–, unos años después el modelo, anclado en la renta petrolera, presentó signos de agotamiento. Tanto, que para los ochentas hubo crisis terribles, y, al retornar a la Presidencia, en 1989, CAP tuvo que hacer reformas neoliberales que le pasaron factura a su trayectoria: del personaje que casi hizo potencia su país en la década de 1970, pasó a ser visto como un desalmado y un corrupto una década después. Paradójicamente, tanto Fujimori como Menem y el propio Carlos Salinas de Gortari hicieron reformas semejantes en dicha temporalidad histórica y sólo a CAP le estalló en su cara algo cercano a lo que pudo ser una guerra civil; el germen de una rebelión popular que no supo administrar.
La IV República tenía límites y eso lo sabía Hugo Chávez, teniente coronel venezolano quien se atrevió a intentar dar un golpe de estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1992. A pesar de su asonada contra el gobierno legalmente constituido, Chávez se convirtió en un personaje popular: era el tipo que desafiaba la élite distante y corrupta (sic). Tras ser indultado a mediados de la década de 1990, Chávez conformó su partido y, a pesar de no pertenecer a la izquierda tradicional, pudo vencer en los comicios de 1998. Tras arribar, empezó a conformar un estado nuevo, destrozando los cimientos de la IV República y creando unos nuevos. Con gran legitimidad, destruyó los viejos límites quinquenales, la división de poderes, y erigió una especie de ejecutivo de larga duración en términos braudelinanos.
Fue un sujeto paradójico pues, a pesar de su autoritarismo, nunca dejó de tener apoyo popular, sobre todo en la clase trabajadora y en parte de la media ilustrada. A pesar de su controversial forma de gobernar, que le granjeó seguidores y adversarios, la legitimidad de su gestión nunca estuvo en duda. Empero, las cosas comenzaron a cambiar con el arribo de su sucesor al poder: Nicolás Maduro, quien había sido el canciller durante gran parte del chavismo tardío (2006-2012). A contrapelo de otros personajes, Chávez lo designó como su vicepresidente y eventual sucesor, de modo que Maduro pudo hacerse con el apparatchik para ir controlando la dinámica interna del PSUV y así erigirse en el nuevo hombre fuerte del poder venezolano.
En el mismo tenor, habría que apuntalar algo: si Chávez era controversial, Maduro logró tirar su capital político al bote de la basura. Si Chávez era reconocido como el presidente de Venezuela (sin discusión alguna), Maduro no pudo presumir de lo mismo, sobre todo desde su segunda gestión. Ciertamente, Chávez no era un demócrata occidental, pero había una coexistencia relativamente buena con la oposición en ciertas regiones, aunque el dominio del parlamento casi siempre lo tuvieron las fuerzas vivas del chavismo. Maduro, en cambio, casi borró a la oposición de la faz de la tierra (metafórica y literalmente) y se apoltronó con el oficialismo en todos los espacios, no dejando el más ínfimo resquicio para la disidencia interna y externa; tanto, que llegó a ir contra viejos aliados del chavismo que se opusieron a sus polémicas y verticales decisiones. Y aunque ciertamente tuvo momentos de reflexión (llegó a haber un diálogo en México y Noruega, con la oposición; y uno de los rectores del Consejo Nacional Electoral fue efímeramente un representante moderado de las oposiciones) fueron sólo atisbos entre un mar de autoritarismo. Lo que Chávez logró por el carisma, Maduro lo logró por las armas y, ante todo, por la coacción de las Fuerzas Armadas. Hasta ahora ha evitado un levantamiento armado porque tiene a las fuerzas del orden de su lado.
Y ante todo, Nicolás Maduro es un mandatario tremendamente impopular. Quizás más de lo que lo fue Enrique Peña Nieto en su momento, lo cual ya es mucho decir. Quizás su defecto fue que dejó que las cosas se descompusieran y llegaran demasiado lejos. Si Venezuela estuviese en un régimen parlamentario ideal –y no a las puertas de la tiranía continental– Maduro hubiera presentado su dimisión en cuanto hubiera visto que su legitimidad popular disminuía. Pero dejó pasar el tiempo y ahora está cercado y con un escenario espantoso a la vera. Quizás lo ideal sería que se convocara a un diálogo convocado por las Naciones Unidas para salir del atolladero de manera institucional, parafraseando un poco la propuesta de la doctora Sheinbaum. El problema es que ya una vez hubo diálogo, y el madurismo sólo dio “atole con el dedo” sin aterrizar propuestas concretas. Y ahora no habría la certeza de si se está dando un paso de costado o una aspirina para remediar una honda crisis social. Ojalá que, ante todo, quepa la sensatez de ambas partes (aunque con Trump y Maduro sea difícil pensar en ello). Sería una desgracia que los fantasmas de la Invasión de Panamá regresaran en la Navidad del 2025. Para la reflexión. Al tiempo.
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Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.




