“En un mundo saturado de información no afianzada en evidencia sólida, en mensajes que nos dicen que todo está fuera de nuestro alcance, pensar lo cotidiano como estrategia de resistencia es recuperar una verdad fundamental: el poder nunca es absoluto”
Por Salvador Salazar Gutiérrez
Vivimos bajo la sospecha permanente de que el mundo está a punto de colapsar, y no porque falten razones, sino porque así se reproduce, minuto a minuto, en pantallas, noticieros y redes sociales. La llamada “inestabilidad geopolítica” se nos presenta como una transmisión en vivo interminable: intervenciones militares bajo el argumento de la amenaza apocalíptica, guerras explicadas en gráficos apresurados, crisis económicas convertidas en titulares alarmistas y amenazas globales reducidas a consignas que caben en un tuit. La información se acumula, pero la comprensión escasea. El exceso de datos no aclara, más bien abruma. Una especie de clima de urgencia fabricada, un efecto colateral de un sistema mediático que necesita sujetos permanentemente inquietos, atentos y, sobre todo, en la angustia que paraliza ante la idea de que todo ocurre demasiado lejos como para ser pensado o transformado.
Frente a este clima de ansiedad global, la pregunta no es menor: ¿cómo actuar cuando todo parece decidido en escalas que nos exceden? ¿Qué margen de acción le queda a una sociedad que se percibe constantemente como espectadora de crisis ajenas a su control? Es aquí donde el pensamiento del teólogo jesuita Michel de Certeau, particularmente en fascinante obra La invención de lo cotidiano (1980), adquiere una relevancia inesperada pero urgente. Volver la mirada a lo cotidiano no es un gesto de desvalorización ante la tensión que se viven en diversas zonas del planeta; es, por el contrario, una forma de resistencia y acción frente a la colonización total del sentido. De Certeau parte de una idea radical, la vida cotidiana no es un espacio pasivo sometido por completo a los dispositivos de poder. Aunque las instituciones, los Estados, los medios y los mercados despliegan estrategias para ordenar, controlar o cooptar el mundo —definir qué es importante, qué debe verse, qué debe temerse—, los sujetos comunes no se limitan única y exclusivamente a obedecer. En el uso que hacen de los discursos, de la información, de los espacios y de los objetos, inventan lo que De Certau define como tácticas, es decir formas discretas, móviles y muchas veces invisibles de apropiación y acción que inciden y transforman lo concreto.
Pensar esto en el contexto actual de sobreinformación es clave. Las grandes narrativas mediáticas operan como estrategias –lo opuesto a la táctica–: establecen agendas, jerarquizan conflictos, producen enemigos, normalizan violencias y administran la atención colectiva. Nos dicen qué mirar, cómo interpretarlo y, en muchos casos, cómo sentirnos al respecto. Sin embargo, como advierte De Certeau, la producción de este consumo de angustia no es nunca completamente pasivo. Leer una noticia, compartir o no un contenido, desconectarse deliberadamente, conversar cara a cara, reinterpretar un mensaje o simplemente ignorarlo son prácticas cotidianas que producen sentido y, con ello, fisuras en el orden impuesto.
Voltear la mirada y la atención a lo cotidiano, entonces, implica reconocer que no toda acción política ocurre en las cumbres internacionales, los parlamentos o los trending topics. También sucede en los gestos mínimos, en cómo usamos el lenguaje, en cómo habitamos los espacios, en cómo cuidamos los vínculos, en cómo administramos nuestra atención y hacia dónde la dirigimos. En una economía del miedo que necesita sujetos permanentemente alarmados, prestar atención al cuerpo, al barrio, a la conversación con el otro, al tiempo propio, se vuelve un acto profundamente político. Incluso De Certeau habla del caminar como una forma de “escritura” del espacio. El peatón, al desviarse, al elegir rutas no previstas, al desplazarse en un tiempo más tranquilo y relajado, reinterpreta e incide en su mundo cotidiano. Algo similar ocurre hoy con la información. Frente a una producción mediática y una atmosfera de redes sociodigitales que nos presentan el mundo como un escenario inabarcable de catástrofes, las prácticas cotidianas permiten trazar recorridos alternativos. No para negar la gravedad de los conflictos, sino para evitar que la angustia se convierta en inmovilidad.
Esta reapropiación de lo cotidiano también desafía una idea muy extendida: que la resistencia debe ser siempre visible, masiva y espectacular para ser efectiva. De Certeau nos recuerda que existen resistencias silenciosas, que no buscan tomar el poder sino sobrevivir dentro de él sin ser completamente absorbidas. En tiempos de polarización extrema y discursos de odio amplificados, sostener prácticas cotidianas de cuidado, escucha, afecto, y reflexión crítica es una forma de contradecir la lógica de la urgencia permanente. Además, lo cotidiano es un espacio donde aún es posible recomponer la experiencia. La sobreexposición a información fragmentada rompe la continuidad del sentido y produce una temporalidad acelerada que impide centrarnos en lo que nos acontece. Las prácticas cotidianas —cocinar, leer sin prisa, caminar, conversar, reír, jugar— restituyen una relación más encarnada con el tiempo y el espacio. No resuelven los conflictos globales, pero nos devuelven la capacidad de situarnos frente a ellos sin quedar anulados.
En definitiva, en un mundo saturado de información no afianzada en evidencia sólida, en mensajes que nos dicen que todo está fuera de nuestro alcance, pensar lo cotidiano como estrategia de resistencia es recuperar una verdad fundamental: el poder nunca es absoluto. Como enseñó Michel de Certeau, siempre hay márgenes, intersticios y desvíos. En ellos, lejos del ruido global, se inventan diariamente formas de habitar el mundo que no se rinden al miedo ni a la parálisis. Volver a lo cotidiano no es retirarse del mundo, es insistir en transformarlo desde donde todavía es posible.
***
Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.





