Opinión

¿El Bronco chihuahuense en 2027?




febrero 6, 2026

Hace unos días el activista Julián Le Barón dejó entrever que buscaría la gubernatura de Chihuahua a través de la vía independiente. Aunque no dudo que algún partido pudiese apoyarlo, debido al capital social y político que posee, quizás pudiera hacer una versión tropicalizada del Movimiento del Sombrero.

Por Hernán Ochoa Tovar

Recientemente hubo una dinámica donde se recordó lo acontecido hace una década, es decir, en el 2016. Para efectos de la siguiente colaboración, rememoraremos un fenómeno acontecido en ese entonces, y que parece querer volver por sus fueros en las elecciones del año venidero (2027). Me refiero a la emergencia de las candidaturas independientes, mismas que tuvieron en la candidatura del exgobernador neoleonés, Jaime Rodríguez, El Bronco, su pináculo y posterior declive. A continuación explicaré el símil realizado al respecto.

Hace una década, el sistema político existente empezaba a mostrar signos de desgaste. La transición a la democracia, que había funcionado medianamente bien en papel, parecía haber dejado deudos entre la ciudadanía, misma que sentía que no todas sus demandas eran cumplidas, particularmente en lo tocante al combate a la corrupción y al cumplimiento de expectativas. El grueso de los partidos imperantes en la época habían sido cortados con la misma tijera, y, literalmente, ninguno se salvaba. Fue ahí cuando comenzó a surgir la corriente de los independientes. Sujetos quienes se decían ajenos al establishment, al cual culpaban de la dilación, de la burocracia y de los males sociales, erigiéndose como especies de Mesías que podrían resolver los problemas a través de la buena voluntad o la retórica. Aunque una segunda ola de estos sujetos acabó discurriendo en los populismos, los independientes de la primera ola (pues los de una segunda ya coparon los partidos o, incluso, fundaron los propios) tenían buenas intenciones; pero no poco de ellos vieron terminar su liderazgo cual llamarada de petate, pues llegaron con una agenda simplista, pero, a la hora de estar en el poder, demostraron que era difícil romper cartabones y vicios arraigados para mostrar un nuevo estilo personal de gobernar (Cosío Villegas, dixit), mismo que, paradójicamente nunca existió.

Tal y como lo señalo en el primer párrafo de esta colaboración, un personaje se tornó emblemático para la causa independiente, fue Jaime Rodríguez Calderón, el Bronco. Este sujeto, aunque quiso hacerse una imagen de luchador social y ranchero atrabancado, no era ningún outsider, pues había sido diputado local y federal, pero luego, al ver el descrédito del PRI, decidió defeccionar de su instituto político y venderse como un justiciero que podría proteger al pueblo de los malos (sic). Su campaña mercadológica le funcionó. Se impuso con una cómoda mayoría y destrozó al bipartidismo que había gobernado Nuevo León desde los albores del siglo XX. Sin embargo, su gobierno no tuvo ninguna diferencia notable; y si su antecesor, Rodrigo Medina, había demostrado que era un corrupto, El Bronco hizo lo propio con la salvedad de que cargaba el sambenito de la ineficacia, pues jamás pudo construir un equipo y su gabinete fue una danza de nombres sexenal. Dio la impresión de que concibió al gobierno como un juego vacío de declaraciones, mas no un complejo entramado de gestiones y jugadas de ajedrez. Al final, terminó siendo imputado, y aquella gente que la apoyó, lo lanzó al descrédito y cargó una amarga decepción en el regazo. Sin embargo, El Bronco, perdido en su realidad alterna, llegó a pensar que podía ser presidente de la República, cobijado por la figura de los independientes. Sin embargo, si, con su candidatura estatal se convirtió en el rockstar del año 2015; con su pretensión nacional lo único que se ganó fue un reverendo fiasco. A pesar de que la estructura la tenía -es un tipo con colmillo, a contrapelo de Pedro Ferriz de Con, quien pensó que su fama periodística le daría para conseguir un cúmulo de rúbricas, pero se quedó con las ganas-, no concitó el apoyo popular, y su pretensión republicana terminó en último lugar en aquel lejano 2018. A contrapelo de sus vecinos norteamericanos, el Bronco no pudo pasar de lo regional a lo nacional; quizás quiso ser el Bill Clinton mexicano, pero no pasó de ser un Jesse Ventura, pero más rupestre y afilado.

Seguidamente, el efecto Bronco se diluyó poco a poco. Luego de Rodríguez Calderón, no hubo ningún otro gobernador independiente (de ahí la comparación pertinente con Jesse Ventura) y la llama del movimiento se apagó poco a poco. Quizás, nombres que resaltaron fueron los de Alfonso Martínez (ex alcalde de Morelia) y el de Pedro Kumamoto, siendo este último el más relevante, pues parecía un joven idealista que se resistía a ser copado por las mieles de la partidocracia estatal y nacional. Empero, ambos terminaron enlistando las listas de los partidos, incluyendo a Kumamoto, quien, de ser acérrimo crítico de los institutos, pasó a crear el propio, para después enarbolar una alianza estratégica con el oficialismo en el estado de Jalisco. Se convirtió en lo que juró destruir, pues, a día de hoy, es un notable burócrata del Seguro Social, asentado en alguna oficina estratégica federal, en la CDMX (ya lejos de provincia).

Luego de aquella agridulce experiencia de la década pasada, el movimiento independentista mexicano parecía declinar. A pesar de que la figura está contemplada en la Constitución, ya es poco usual que personajes que no son endosados por alguna bandera partidaria se avienten a hacer campaña por la libre. Ello, por diversas razones: posee un costo oneroso; es necesario tener estructura; y, además, las condiciones coyunturales para promoverse en el país y en las comarcas, no son las más idóneas en estos tiempos. Sin embargo, hubo un personaje que sí lo logró: el finado exalcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo. Resulta menester recordar, que, de manera semejante al Bronco o a Alfonso Martínez, Manzo inició su breve trayectoria del lado del oficialismo, pues fue diputado federal por MORENA. Sin embargo, al buscar ser edil de su ciudad y no obtener el aval cupular, decidió intentarlo por la libre, hecho que resultó satisfactorio, pues de ser un diputado más en el Congreso de la Unión, pasó a tornarse una especie de ídolo en ciernes con su célebre Movimiento del Sombrero.

Hago esta retrospectiva porque, hace unos días, el activista Julián LeBarón dejó entrever que buscaría la gubernatura de Chihuahua a través de la vía independiente. Aunque no dudo que algún partido pudiese apoyarlo, debido al capital social y político que posee -el Caballo Lozoya inició como alcalde independiente y terminó siendo cobijado por Movimiento Ciudadano-, quizás pudiera hacer una versión tropicalizada del Movimiento del Sombrero. Y un tiempo en el cual la clase política suele continuar con sus dinámicas; la candidatura de LeBarón podría implicar una especie de renovación factual. Sinceramente, veo complejo que triunfe. No posee la estructura del oficialismo, ni de la oposición. Sin embargo, sí podría darle un giro lingüístico a una precampaña que ha caído en los clichés y en los insultos perennes, así como en la no abundancia de propuestas. Ojalá que la eventual candidatura de Julián LeBarón se cristalice. Dejo abierto el debate. Ya es tiempo.

***

Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.

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