Tribuna académica

Entre el control digital y la contención física, la política migratoria estadounidense ha convertido la espera en un nuevo tipo de frontera

“El asilo continúa siendo un privilegio reservado para unos cuantos. Los demás enfrentan una realidad que contradice toda promesa de acogida. Pasamos del muro físico a la frontera digital, y de ahí regresamos al cemento y al acero. El ciclo se repite: la contención se moderniza, pero nunca desaparece

La frontera norte de México vive su propia realidad. Por su condición geográfica, económica y política, ha mantenido históricamente una dinámica distinta al resto del país. La política migratoria de Donald Trump durante su primer mandato marcó una época de tensión profunda en ambos lados del límite binacional. Con la llegada del presidente demócrata Joe Biden, el gobierno estadounidense intentó romper esa inercia mediante un discurso más empático hacia las personas en movilidad.

Ese mensaje de apertura al asilo se propagó con rapidez por Centro y Sudamérica, encendiendo una chispa de esperanza. El nuevo lenguaje prometía no levantar muros, sino administrar la migración de manera “segura, ordenada y humana.”

Pero la realidad se impuso pronto. La presión derivada del crecimiento desbordado de los flujos migratorios y la ausencia de una estrategia integral llevaron a Biden a improvisar acciones. Su equipo encontró una salida en la reconfiguración de una aplicación móvil creada en 2018 por la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP). Aquel desarrollo, concebido originalmente para centralizar trámites como la obtención del formulario I-94 y simplificar gestiones de viajeros o transportistas, fue transformado en el eje de una nueva política de control digital.

Así nació CBP One, presentada como emblema de modernización y eficiencia. Digitalizar el proceso de asilo parecía una solución contemporánea: ágil, racional, ordenada. Sin embargo, hacia 2023 —cuando la aplicación se utilizaba para tramitar excepciones al Título 42— quedaron al descubierto sus limitaciones: horarios restringidos, fallos de conectividad, errores biométricos y disponibilidad exclusiva en inglés y español.

Cada mañana, a las nueve en punto, CBP One liberaba un número reducido de citas que se agotaban en minutos. Familias enteras esperaban frente al celular, temiendo el mensaje de “error de conexión.” La posibilidad de pedir asilo dependía de la velocidad de los dedos, la calidad del teléfono y la estabilidad del internet. La protección humanitaria se trasladó a una competencia digital.

Nuestra ciudad se transformó en espacio de contención. La frontera de Estados Unidos se extendió kilómetros al sur. Juárez dejó de ser un punto de cruce para convertirse en un punto de espera. Los albergues, sostenidos por redes locales y religiosas, viven en saturación permanente. Los gobiernos subnacionales —sin atribuciones migratorias— han tenido que improvisar: alojamiento, atención médica, seguridad y, sobre todo, coordinación con agencias internacionales.

El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) insistía en que los fallos de CBP One eran consecuencia de la alta demanda. No obstante, organizaciones como HIAS México, ACNUR y Amnistía Internacional demostraron que el problema no era la saturación, sino el diseño: una plataforma incapaz de atender la magnitud del fenómeno. Se documentaron citas desaparecidas, correos de confirmación que nunca llegaban y errores de geolocalización que bloqueaban a quienes se encontraban fuera de los puntos habilitados. La supuesta eficiencia digital terminó siendo una nueva forma de exclusión estructural.

Entre enero y mayo de 2023, la frustración se volvió rutina. La aplicación acumuló más de medio millón de descargas, pero apenas alcanzó 2.4 estrellas en Google Play, la calificación más baja entre todas las apps de CBP. Las reseñas lo resumían con precisión: “No funciona”, “Se congela”, “Desaparecen mis datos.”

En enero de 2025, con el regreso de Donald Trump a la presidencia, la aplicación fue reconfigurada nuevamente. Bajo el nombre de CBP Home, pasó de gestionar citas a operar como un mecanismo de auto deportación digital. La tecnología, lejos de humanizar la política migratoria, terminó por convertirla en un algoritmo de exclusión.

El discurso humanitario se ha desmoronado. Menos del 3 % de las personas mexicanas que solicitaron asilo ha logrado avanzar en su trámite. Los operativos del ICE han generado una alta tensión dentro y fuera de Estados Unidos. Hoy los miles de extranjeros que ingresaron mediante CBP One enfrentan la obligación de auto deportarse vía CBP Home, bajo la amenaza de incurrir en cargos criminales en caso de no hacerlo.

Para quienes huyen de la violencia —ya sea del crimen organizado, de género o política—, para quienes escapan de la pobreza extrema o de desastres naturales, nuestra ciudad, antes considerada ruta de paso, se ha transformado en un silencioso destino forzado: un espacio de espera indefinida, donde la esperanza se desgasta lentamente, pero permanece latente. Ya no llegan en caravanas ni se conglomeran en puntos determinados; ahora se dispersan, se camuflan entre la comunidad.

Las fronteras están cerradas. Joe Biden contuvo la migración mediante una barrera algorítmica llamada CBP One y externalizó la espera más allá de su territorio; Donald Trump, nuevamente en el poder, refuerza la barrera física y la sobre vigilancia.

Más allá del discurso demócrata o republicano, el resultado es el mismo: el asilo continúa siendo un privilegio reservado para unos cuantos. Los demás enfrentan una realidad que contradice toda promesa de acogida. Pasamos del muro físico a la frontera digital, y de ahí regresamos al cemento y al acero. El ciclo se repite: la contención se moderniza, pero nunca desaparece.

Entre el control digital y la contención física, la política migratoria estadounidense ha convertido la espera en un nuevo tipo de frontera
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