Opinión

Entre el espectáculo y el simulacro: la política nice como forma de gobierno



sábado, febrero 7, 2026

Mientras la política siga funcionando como coreografía nice —como espectáculo que ha devenido simulacro—, el golpeteo (de los actores políticos) continuará produciendo ruido sin producir sentido, sin producir proyecto… ¿merecemos este nivel de dispersión política o la hemos asimilado y normalizarlo como si fuera lo único posible?

Por Salvador Salazar Gutiérrez

El golpeteo político de hace unos días que se escenifica entre el presidente municipal de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, y los distintos aspirantes a gobernar el estado rumbo a 2027 puede leerse, en una primera aproximación crítica, como una forma de política nice. Una política que simula confrontación sin asumir un argumento sólido, que intercambia acusaciones sin tocar estructuras y que se presenta como ejercicio de responsabilidad institucional mientras evade cualquier transformación sustantiva de lo público. No es una política brutal ni abiertamente autoritaria; es, por el contrario, una política amable, irónica, cuidadosamente administrada y profundamente carente de sustento político real.

La política nice no grita ni irrumpe, modula, matiza, ironiza. Produce titulares sin producir mundo. El desacuerdo aparece como gesto, no como disputa de proyectos. Se acusa, pero sin debate real; se critica, pero sin asumir posiciones sólidas de proyecto. Todo ocurre dentro de un marco de corrección discursiva que vuelve el conflicto digerible y el debate prescindible. El resultado su neutralización simbólica, una forma de desactivar el antagonismo bajo la apariencia de pluralidad democrática. Este golpeteo, presentado como signo de “vitalidad política”, es en realidad una coreografía repetida. Cada actor ocupa un rol previsible: el reclamo por recursos, la denuncia de omisiones, la promesa de orden. Sin embargo, lo que no aparece es una discusión sostenida sobre las condiciones materiales de vida en Ciudad Juárez y problemáticas que cotidianamente se reproducen: la persistencia de la violencia, la crisis forense, la precarización laboral, la normalización de la desaparición y la muerte. El conflicto se desplaza del terreno de lo común al de la imagen. La política deja de ser una práctica situada y se convierte en un intercambio de ironizaciones y burlas sin sentido.

Hace unos días estaba leyendo a Rebeca Baceiredo. Su libro La política como simulacro resulta especialmente iluminador. Para la autora, la política contemporánea no ha desaparecido, sino que se ha transformado en un simulacro: una forma que conserva los signos de lo político —discursos, rituales, confrontaciones— pero ha perdido su orientación hacia la acción colectiva y el gobierno de lo común. No se trata de una política falsa, sino de una política vaciada de eficacia histórica. Desde esta lectura, el golpeteo no es una desviación del sistema político, sino una de sus expresiones más acabadas. La confrontación no busca abrir un campo de disputa real, sino sostener la maquinaria de publicidad, legitimación y permanencia en escena. En esa línea la política nice es una estética cotidiana del simulacro: amable en la forma, estéril en el fondo.

Baceiredo advierte que este tipo de política se sostiene sobre una división profunda. Por un lado, una población expuesta de manera sistemática a la precariedad, la violencia y la exclusión; por otro, una clase política que administra simbólicamente esos daños sin asumir su responsabilidad estructural. En Ciudad Juárez, esta distancia resulta particularmente evidente. Mientras se intercambian acusaciones en conferencias y redes sociales, los colectivos de familias continúan buscando a sus desaparecidos sin apoyo suficiente, y los barrios periféricos siguen viviendo bajo lógicas de abandono normalizado. El dolor social es mencionado, pero no se asume como proyecto político la restauración de justicia. Además, el simulacro político se organiza en una temporalidad suspendida. Todo se proyecta hacia el futuro: la elección de 2027, los nuevos “liderazgos”, la próxima alternancia. El presente queda reducido a un espacio de administración de la espera. Esta lógica permite posponer decisiones, diluir responsabilidades y convertir la promesa en forma de gobierno. La política nice se alimenta de esta suspensión, promete sin comprometer, señala sin intervenir, gesticula sin actuar.

La pregunta no es cómo mejorar el intercambio discursivo entre actores políticos, sino cómo interrumpir la lógica del simulacro cuando la política-simulacro —y su versión nice— funciona en la erosión de intervención colectiva al reducirla a representación y gestión. En Ciudad Juárez, esta lógica se expresa de manera cotidiana cuando la política institucional se limita a “administrar” la violencia sin cuestionar sus condiciones de producción. Por ejemplo, cuando se anuncian operativos de seguridad o mesas de coordinación que no impactan positivamente en la vida diaria en colonias, o la carencia de un transporte público que sigue siendo inseguro o donde la desaparición es un riesgo latente. La política aparece, habla, se muestra, pero no modifica el uso real del espacio ni las condiciones de existencia. La política no produce un nuevo discurso, sino la desactivación de una maquinaria que convierte la acción en mera gestión.

Frente a ello, existe alternativa. Una de las grandes filósofas del siglo XX, que a veces perdemos o se disipa en los tiempos recientes, es Hannah Arendt. Sus planteamientos nos permiten pensar una salida desde otra dirección: la recuperación de la política como acción y palabra compartidas. Para Arendt, la política ocurre cuando los sujetos aparecen juntos en el espacio público para decir y hacer algo que no estaba previamente determinado. Desde esta perspectiva, el golpeteo entre élites es profundamente antipolítico, porque reduce lo público a una disputa cerrada entre actores que no necesitan de la ciudadanía más que como audiencia. En Juárez, pensar con Arendt implica mirar prácticas que desbordan la política nice: asambleas vecinales que se organizan para exigir servicios básicos, colectivos que toman la palabra en el espacio público para nombrar a sus ausentes, acciones comunitarias que reconfiguran el uso del territorio sin esperar autorización institucional. Estas prácticas no son “amables” ni fácilmente administrables; incomodan, interpelan y exigen respuesta. Precisamente por eso, suelen quedar fuera del encuadre político oficial.

Recuperar lo político, siguiendo a Arendt, no supone eliminar el conflicto, sino asumirlo como condición de la vida común. Supone aceptar el riesgo del desacuerdo y abandonar la fantasía de una política sin fricciones. En un contexto como Ciudad Juárez y el estado de Chihuahua, esto implica desplazar el centro de gravedad del espectáculo electoral hacia la vida concreta, subordinando la disputa institucional a las condiciones materiales de existencia. Mientras la política siga funcionando como coreografía nice —como espectáculo que ha devenido simulacro—, el golpeteo continuará produciendo ruido sin producir sentido, sin producir proyecto. Y la pregunta que queda abierta, no es solo qué tipo de política se nos ofrece, sino qué tipo de política estamos dispuestos a aceptar: ¿merecemos este nivel de dispersión política o la hemos asimilado y normalizarlo como si fuera lo único posible?

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Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.

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