No conozco personalmente a Noam Chomsky ni afirmo lo que no me corresponde. Pero formulo una inquietud ética: cuando una obra ha denunciado con tanta fuerza la violencia estatal y mediática, ¿qué ocurre con las violencias incubadas en jerarquías próximas? No se trata de imputar actos, sino de interrogar silencios. Preguntar por aquello que el prestigio vuelve invisible
Por Hilda Yaneth Sotelo Aguirre*
Hay un instante en que el aura deja de iluminar y comienza a gravitar.
Durante décadas, el mundo intelectual de la frontera respiró: encuentros austeros pero intensos, mesas donde la teoría crítica circulaba con fervor, apellidos pronunciados con reverencia ritual, masculinidades frágiles (cuerpos que no saben llorar). No era Harvard ni París, pero desde el borde del mapa se pensaba con una energía propia. En ese clima, ciertos nombres adquirieron densidad mítica. El prestigio operaba como contraseña y capital simbólico: otorgaba legitimidad, organizaba jerarquías y, a veces, funcionaba como blindaje.
Entre ironía fronteriza y lucidez temprana, a algunos intelectuales de izquierda los llamábamos machistroles. El término era humorístico, pero también diagnóstico: hombres capaces de desmontar el imperialismo con brillanteza y denunciar la violencia estructural del Estado y los medios, mientras conservaban una posición de tutela frente a las escritoras, rara vez permitían que la tristeza atravesara sus cuerpos. Lo que entonces nombrábamos con risa hoy puedo precisarlo: misoginia de tutela. No es exclusión abierta ni insulto explícito; es administración del reconocimiento. Se permite la entrada, pero se retiene la llave. Se celebra la voz femenina mientras se regula su alcance. Y ahí, en esa regulación, no todas cabíamos, las “muy mujeres” a según de sus miradas.
Allí opera la violencia aurática: el prestigio como escudo, el capital simbólico como inmunidad. Y cuando la escritora cruza el umbral sin pedir permiso, emerge la violencia de umbral: reacción disciplinaria, elevación de la voz, inversión de la acusación. No es anomalía; es estructura. Nombrarla no destruye el pensamiento: lo obliga a mirarse.
En ese tiempo comprendí que ser mujer y escritora en Ciudad Juárez no era circunstancia sino interrogante. Varias maestras repetían, tras asistir a pláticas literarias: algo tiene que morir. Ignorábamos que esa muerte no era metáfora sino rito de paso; que iniciábamos una travesía hacia un exilio tejido de violencias simbólicas, institucionales y afectivas.
Las mujeres mexicanas hemos aprendido a rearticular la memoria: recoger lo que intentó borrarse, decir lo que fue silenciado, rehacer el lenguaje con los restos.
Cuando vi la fotografía de Noam Chomsky junto a Jeffrey Epstein, mi primera reacción fue negación. “Debe ser inteligencia artificial”, pensé. En una época donde la imagen ya no garantiza verdad, la sospecha es reflejo defensivo. Verifiqué: no era fabricación. Luego leí el testimonio de Valeria Chomsky. No fue la imagen lo que me estremeció, sino la proximidad. Cuando la causa atraviesa lo doméstico, el aura pierde consistencia.
La fotografía dejó de ser registro para convertirse en umbral: punto de inflexión de mi conciencia. Me observé todavía sosteniendo una forma residual de admiración que creía superada desde que decidí dejar de leer a los hombres como gesto de desintoxicación simbólica. Comprendí entonces que las imágenes no solo documentan; desestabilizan. Revelan que ningún exilio del patriarcado es absoluto y que sus huellas persisten incluso en los gestos de ruptura.
La decepción no fue escándalo, sino duelo. ¿Qué parte de mí se sentía herida? ¿La estudiante que buscaba faros intelectuales? ¿La académica que aprendió a desconfiar de las vacas sagradas? ¿O la mujer que reconoce la coreografía del depredador: rodear, halagar, financiar, ¿acercarse a la causa no para destruirla frontalmente sino para infiltrarla desde el perímetro?
He escrito durante años para desprender velos. Desde Mujeres Cósmicas hasta mis textos académicos y ficciones, el gesto ha sido constante: desmontar la transferencia de vergüenza. La teoría del trauma explica cómo la víctima internaliza la culpa que pertenece al agresor; cómo la conciencia se desplaza para sobrevivir. El feminismo latinoamericano lo ha denunciado como pedagogía patriarcal. Pero comprender no basta: el cuerpo archiva lo que la teoría apenas traduce.
Cuando decidí hablar y nombrar mi condición de mujer, la respuesta no fue diálogo sino inversión. En el mundo intelectual de Ciudad Juárez —tan acostumbrado a performar criticidad— alguien me gritó “sinvergüenza” con una teatralidad que buscaba restaurar un orden alterado. No era desacuerdo académico; era disciplina. Señalé un mecanismo y el mecanismo me señaló a mí.
Acusé una estructura; fui acusada de encarnarla. Nombré la transferencia; me devolvieron la culpa. Comprendí entonces, no desde la lectura sino desde la carne, el funcionamiento del chivo expiatorio. Mi cuerpo experimentaba la asimetría. Absorbí una vergüenza ajena. La revictimización fue el efecto preciso de aquello que denunciaba.
Atravesar el miedo implicó desalojar una vergüenza que nunca fue mía y, sin embargo, había aprendido a hospedar. Reconocer que la admiración no examinada se convierte en altar y que todo altar produce vulnerabilidad. Incluso quienes denuncian el poder pueden quedar inscritos en sus tramas por proximidad, silencio u omisión.
Desde mi padre biológico hasta mis padres intelectuales —figuras que separé para discernir modulaciones de masculinidad— he observado una sombra común: la del “Altísimo”. No divina, sino jerárquica. Una sombra que distribuye legitimidad y se reviste de autoridad moral. Se desliza con sigilo y, cuando se la nombra, reacciona.
A veces esa reacción es sutil: el prestigio desplaza la incomodidad hacia quien pregunta. La crítica no rebota en el argumento, sino en la sacralización de la figura. Otras veces es más íntima: violencia de umbral, aquella que no irrumpe porque ya habita el espacio; que se presenta como cercanía legítima mientras sostiene asimetrías naturalizadas.
No conozco personalmente a Noam Chomsky ni afirmo lo que no me corresponde. Pero formulo una inquietud ética: cuando una obra ha denunciado con tanta fuerza la violencia estatal y mediática, ¿qué ocurre con las violencias incubadas en jerarquías próximas? No se trata de imputar actos, sino de interrogar silencios. Preguntar por aquello que el prestigio vuelve invisible.
Esta reflexión no busca condena, sino coherencia. Si examinamos jerarquías globales, debemos revisar también las arquitecturas íntimas del poder. Si desmontamos la propaganda imperial, conviene observar los dispositivos de cercanía que pueden producir daño sin declararse como tales. El poder no solo gobierna territorios; también organiza umbrales.
Recorrer el miedo acumulado no implicó cancelar figuras ni destruir obras. Implicó retirar el altar. Comprender que el prestigio puede sustituir a la ética cuando no se lo interroga. Devolver la vergüenza a su origen y quedarme con la conciencia despierta.
La sobreviviente, cuando habla, interrumpe la transferencia. Restituye la culpa a quien corresponde. No es venganza; es reordenamiento psíquico. Es afirmar: la culpa no habita aquí.
El campo intelectual, como señalaría Pierre Bourdieu, acumula capital simbólico; el patriarcado lo administra con eficacia histórica. El prestigio puede operar como inmunidad estructural. La pregunta no es si un intelectual puede errar por proximidad, sino qué dispositivos permiten que el aura sustituya a la ética. Cómo distinguir entre alianza estratégica y captura simbólica. Cómo sostener una causa sin convertirla en santuario de aquello que criticamos.
La frontera sigue siendo laboratorio de tensiones: entre desapariciones y congresos, duelo y teoría, archivo y memoria. Escribo desde ese cruce. No para cancelar, sino para discernir. No para destruir el pensamiento, sino para sacudirlo cuando el aura pesa más que la verdad.
La escritura no me salvó por completo. Pero me dio una herramienta: restaurar proporciones. Comprender que la conciencia no es solo identidad, sino movimiento crítico. Que el cuerpo puede sentir el intento de sacrificio simbólico sin aceptar el altar.
Y permanecer, finalmente, con la conciencia intacta y la libertad asomándose a mi nariz cada vez que la busco.
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*Hilda Sotelo Aguirre es doctora en pedagogía y cultura. Académica y escritora especializada en pedagogía critica y fundamentos socioculturales (teoría feminista y estudios de género), con un enfoque en el análisis de la violencia en prácticas pedagógicas y el feminicidio en la frontera entre Estados Unidos y México. Es autor/a del libro Mujeres Cósmicas, donde articula su teoría de Kosmic Feminism, una praxis decolonial que integra la escritura crítica orgánica como herramienta para denunciar sistemas opresivos y transformar realidades. Su trabajo ha sido presentado en diversas plataformas académicas y culturales, con un enfoque en la justicia social y la resistencia creativa.