Opinión

Escuelas de cuadros: necesidad política apremiante




julio 25, 2025

Una cosa es ser un buen orador en el mitin, y otra muy distinta es ser un funcionario eficaz. Hay quienes creen que ser un gran político consiste en plantear sandeces frente a los medios de comunicación, cuando un elemento eficiente se define por los resultados que brinda

Por Hernán Ochoa Tovar

Hace algunos días, el partido Morena dejó entrever que mandaría a capacitación a sus funcionarios. Esto, en aras de tener mejores líderes gobernando en el campo. A este respecto, me gustaría hacer una serie de precisiones, mismas que desarrollaré a lo largo de la presente colaboración.

En primer lugar, creo que el planteamiento del oficialismo es noble, pero deberíamos explorar sus ramificaciones. Esto porque, considero, uno de los problemas que se suscitan en la era contemporánea son la volatilidad y el pragmatismo; de los cuales no está exenta la política mexicana, sino todo lo contrario. Dicho de manera más simple, no pocos personajes visualizan a los partidos políticos como meras agencias de colocación, y no tanto como ideologías a las cuales defender. Si, en el pasado reciente, el tricolor enarbolaba el nacionalismo revolucionario; el blanquiazul la democracia cristiana; y el extinto PPS el marxismo-leninismo; ahora muchas de las ideologías siguen existiendo en el membrete y en los idearios partidarios; pero lo que se visualiza en la realpolitik es una practicidad descarada.

A este respecto, debo decir que el pragmatismo per se no es condenable, sino, como todo, debemos apelar al justo medio aristotélico. Explicado con manzanitas, sería como establecer un equilibrio entre la teoría y la práctica. Digo esto porque algunas de las viejas izquierdas -así como remanentes de las mismas- siguen enclochadas en el metarrelato de llevar a cabo la revolución y de llegar al mundo de las alamedas donde se pueda desarrollar el ser humano libre (parafraseando a la emblemática frase del líder y ex mandatario chileno, Salvador Allende). Sin embargo, la realidad es terca y el grueso de la ciudadanía exige resultados inmediatos -más en esta modernidad líquida (Zygmunt Bauman, dixit)- y no tiene la paciencia para ver que una utopía transexenal funcione.

El problema es que muchos de los partidos políticos nacionales no han sabido llegar a ese equilibrio. Si una parte importante de la vieja izquierda mexicana no se quiso apartar del manual marxista, los representantes de la nueva clase política se mueven como veletas en un escenario de pragmatismo. Si en otros tiempos, un izquierdista defendía el capital de Carlos Marx con argumentos colosales, hoy quizá repitan el mantra de “no mentir, no robar y no traicionar el pueblo” aunque ejerzan poca reflexividad sobre el sustento izquierdista. Un fenómeno semejante se presenta en la oposición. El blanquiazul tuvo grandes líderes e ideólogos en el pasado, destacando a Manuel Gómez Morín, Carlos Castillo Peraza y Luis Felipe Bravo Mena; pero, en la actualidad, Jorge Romero y Marko Cortés (su antecesor) parecen más preocupados por ganar elecciones que por mantener un equilibrio entre la doctrina y el ejercicio del poder. Digo esto porque, aunque el ex Presidente Vicente Fox ya había insinuado en que había que mandar a la doctrina de vacaciones, tuvo en Luis Felipe Bravo Mena (gran intelectual) a un valladar y un custodio importante del instituto. Por algo insisto en que debe haber ese justo medio entre el ámbito ideológico y el ejercicio pragmático del poder. No lograrlo -como ha sucedido en múltiples ocasiones- es lo que lleva a que los gobiernos naufraguen y fracasen.

Lo anterior, debido a que la ciudadanía espera el cumplimiento de las promesas de campaña y no sólo discursos alegres lanzados al vacío. Empero, lograr este salto es complejo. Mario Cuomo ya había comentado que las campañas eran poesía y el ejercicio del poder era prosa -desglosando que en la contienda electoral se plasmaba el romanticismo, mientras en el ejercicio de poder, los funcionarios encaraban la cruda realidad-, mientras la máxima reaganiana esgrimía que los problemas no se solucionaban, y tan sólo se administraban.

Con base en lo anterior, considero que a Mario Cuomo le asiste la razón. En las campañas, los políticos se entregan a soñar, pero, al llevar a cabo la transición (la consabida entrega-recepción) se dan cuenta del verdadero estado de las cosas. De igual manera, los roles se modifican de acuerdo al valor posicional: si siendo oposición puedes echarle la culpa al gobierno de todos los males habidos y por haber; al detentar al gobierno no debes hacerlo de la misma manera, pues la diligencia de los asuntos depende de ti y los que los rodean. El hecho de llevarlo a cabo denota una incompetencia a la hora de asumir el cargo, pues sólo los inhábiles o los populistas utilizan coartadas semejantes para justificar sus yerros cotidianos.

Bajo esta tesitura, gobernar debe ser un ejercicio muy equilibrado entre teoría y práctica. Por supuesto, que cada administración tendrá un signo y un estilo de acuerdo a la ideología o al color partidario que asuma; es parte de su génesis. Sin embargo, privilegiar la política por sobre lo administrativo puede llevar a que el gobierno naufrague. Y aunque los gobernantes populistas suelen recurrir a la posverdad sacándola de la chistera, será una malísima aspirina para las masas, pues la cruda realidad saldrá a flote tarde o temprano. A pesar de su anacronismo, y el inefable paso del tiempo, considero que la creencia de “poca política y mucha administración” dispuesta por el finado ex Presidente Miguel Alemán, viene al caso; pues retrata el delicado equilibrio que se debe sostener al momento de abordar la cosa pública.

Retomando la idea inicial, creo que se debe retomar la mística de la defensa de la camiseta. Y creo que dicha labor la podrían cumplir muy bien las escuelas de cuadros, las cuales, hasta donde tengo conocimiento, existen tanto en el oficialismo como en la oposición. Es menester que los militantes -y simpatizantes- de sus partidos sientan orgullo del partido al cual pertenecen. Si bien, no se trata de hacer hinchas que visualicen al adversario como un rival futbolero, se trata de procurar esta identidad y orgullo partidario que alguna vez existieron, y, de alguna manera aún persisten; pero han sido marginados ante la ambición desbocada de tirios y troyanos.

Similarmente, considero que estas academias -pues algunas lo son, por lo menos en el membrete- instruyan a los políticos en el difícil arte de gobernar. Porque una cosa es ser un buen orador en el mitin, y otra muy distinta es ser un funcionario eficaz. Hay quienes creen que ser un gran político consiste en plantear sandeces frente a los medios de comunicación, cuando un elemento eficiente se define por los resultados que brinda, y no por el rosario de buenas intenciones que cargue en su regazo, a mi juicio.

Por lo anterior, considero que las escuelas de cuadros deben fortalecerse, y ser una catapulta que nutra las candidaturas y los espacios de la administración pública. El mal de diversos gobiernos estriba en que se le dan encomiendas a gente que no está preparada para asumirlas, y, además, tienen lealtades volátiles (en términos baumanianos). En fin, aplaudo esta iniciativa. Ojalá fructifique y la echen a andar todos los partidos; tanto los oficialistas como los opositores.  Es cuanto.

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