Cuando la diferencia es convertida en enemistad, y el otro en amenaza a exterminar, la política pierde su función mediadora y se transforma en fanatismo que somete y vulnera
Por Salvador Salazar Gutiérrez
Norbert Lechner, filósofo político de origen alemán y figura clave del pensamiento crítico latinoamericano de finales del siglo XX, elaboró una obra que hoy adquiere renovada vigencia ante el ascenso de fuerzas autoritarias y conservadoras de corte fascista en la región. En textos como La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado (1984) y Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política (2002), Lechner no solo reflexionó sobre el carácter inestable y simbólico del orden democrático, sino que advirtió sobre los peligros de una concepción instrumental y superficial de la política. Frente al vaciamiento de las formas institucionales que ya comenzaban a dar evidencia a finales del siglo XX, planteó la necesidad de recuperar la dimensión subjetiva y cultural de lo político como espacio de construcción de sentido, conflicto y mediación.
Lejos de reducir la política a una administración tecnocrática del poder o a un conjunto de dispositivos institucionales, Lechner la entiende como un campo simbólico en permanente disputa, donde se configuran identidades colectivas, imaginarios de futuro y formas de convivir en medio del conflicto. En su concepción, la democracia no es una fórmula acabada sino una apuesta abierta, frágil y plural: “La política no es solamente lucha por el poder, sino una disputa por el significado del orden social”, subrayando su dimensión simbólica y afectiva. La capacidad de una sociedad para tramitar sus diferencias sin eliminar, aniquilar o borrar al otro es, para Lechner, el criterio último de la vitalidad democrática.
En este marco analítico, lo sucedido recientemente en Córdoba, Argentina, con el evento “Derecha Fest”, organizado por sectores ultraconservadores alineados con el presidente Javier Milei, merece una lectura crítica. El festival, promocionado como “el evento más antizurdo del mundo”, no fue un acto político en sentido deliberativo, sino una ceremonia de exaltación de un mesianismo. Con una escenografía cargada de simbolismo agresivo, discursos virulentos, representaciones paródicas de la oposición y un público cuidadosamente controlado, el evento constituyó una puesta en escena de lo que Lechner habría considerado una banalización radical de la política. En lugar de convocar al pensamiento crítico y al debate, el Derecha Fest buscó movilizar afectos autoritarios, pulsiones de obediencia y adhesiones incondicionales. Milei no apareció como presidente electo de una nación plural, sino como figura mesiánica que encarna, supuestamente, la voluntad popular sin mediación institucional. La exclusión de medios críticos, los ataques a opositores y las promesas de “purificación” de la vida pública muestran una lógica que reemplaza la política como construcción democrática por una teatralización del poder como imposición y negación.
El peligro de esta retórica no radica solamente en su violencia simbólica, sino en su capacidad de erosionar el espacio democrático desde adentro. Como advertía Lechner, las democracias no mueren necesariamente por golpes externos, sino por un progresivo vaciamiento de su espíritu deliberativo. Cuando la diferencia es convertida en enemistad, y el otro en amenaza a exterminar, la política pierde su función mediadora y se transforma en fanatismo que somete y vulnera. El fanatismo cultivado en estos escenarios no es un efecto colateral: es el combustible de una estrategia de hegemonía basada en el miedo, la obediencia y la auto adulación. Lo más alarmante es que este tipo de eventos no son marginales ni excepcionales. Se inscriben en una tendencia transnacional de derechas autoritarias que, desde Brasil hasta Estados Unidos, pasando por Ecuador y ahora Argentina, han entendido que la política también se disputa en el plano afectivo y simbólico. La llamada “guerra cultural” que vienen promoviendo, no es un subproducto o una simple expresión discursiva, sino un frente prioritario de estas derechas que, como bien apuntó Lechner, han aprendido a ocupar el vacío simbólico dejado por democracias institucionalizadas, pero culturalmente desfondadas.
En este contexto, el pensamiento de Lechner no solo nos ofrece herramientas conceptuales para comprender el vaciamiento actual de la democracia, sino también una ética de la acción: resistir la banalización de la política implica reconfigurar el espacio público como lugar de encuentro entre diferentes, donde el conflicto no sea eliminado, sino procesado colectivamente. La política, para seguir siendo democracia, debe ser capaz de organizar la incertidumbre sin apelar a verdades absolutas ni enemigos únicos. Lejos de los espectáculos de masas con retórica de guerra, necesitamos volver a imaginar la política como práctica de construcción de sentido, como apuesta compartida por una vida común que no niegue la pluralidad, sino que la habite. El Derecha Fest no fue una excentricidad aislada. Es un síntoma. Y como tal, debe ser leído con la seriedad de quien entiende que la democracia no se pierde con un solo gesto autoritario, sino con muchos gestos celebratorios de mesianismo.
En el caso mexicano, las advertencias de Norbert Lechner encuentran resonancia en las múltiples formas en que lo político ha sido vaciado de su potencial deliberativo para convertirse en espectáculo de adhesión acrítica. Ejemplo de ello fueron en años pasados las conferencias matutinas del presidente Andrés Manuel López Obrador, que aun cuando se presentaban como si se tratase de ejercicios de transparencia democrática, funcionaron como dispositivos de control narrativo, donde la disidencia se deslegitima y la complejidad se reduce a dicotomías morales: pueblo versus élite, buenos contra los “otros” corruptos. Esta escenificación diaria del poder no solo erosionó el espacio para el disenso, sino que desplaza el conflicto legítimo hacia la caricaturización del adversario. La política, lejos de habilitar un espacio común, se convierte en una puesta en escena de la pureza ideológica y de la obediencia emocional, donde la crítica es equiparada a la traición.
Paralelamente, el ascenso de sectores de derecha radical amparados en discursos de odio y negación -como han sido los movimientos FRENA, la Unión Nacional de Padres de Familia, el Frente Nacional por la Familia, “Viva México” de Eduardo Verástegui, entre otros-, ha comenzado a ocupar los vacíos simbólicos dejados por una institucionalidad debilitada y una ciudadanía polarizada. Al igual que en el Derecha Fest argentino, en México se han multiplicado eventos, foros y redes sociales donde la política se representa como cruzada moral contra el otro ideológico, no como espacio de mediación. En ambos extremos del espectro, la disputa política se banaliza cuando pierde su anclaje en el reconocimiento del conflicto como constitutivo de lo social. La advertencia de Lechner permanece vigente cuando la democracia se vacía de sentido simbólico y afectivo, se vuelve terreno fértil para formas autoritarias que, más que gobernar, buscan encantar y someter. Es por ello que como advertía Lechner, hay que aprender a leer las sombras del mañana en los signos del presente. Y hacerlo con lucidez crítica, sensibilidad democrática y voluntad de imaginar otra política posible.
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Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.





