Opinión

El límite que arde: Tailandia-Camboya




julio 30, 2025

Tailandia acusa a Camboya de nuevas incursiones; Camboya denuncia provocaciones deliberadas. Las comunidades desplazadas viven entre la incertidumbre y el abandono. La ayuda humanitaria no es suficiente, y las minas terrestres siguen activas en muchas de las zonas evacuadas… Y la paz, como en otros puntos del planeta, sigue siendo una promesa pendiente

Por Miguel A. Ramírez-López

En el límite entre Tailandia y Camboya, las ruinas no son testigos del pasado: son escenarios del presente. Desde finales de julio, la región fronteriza entre ambos países vive un nuevo episodio de violencia, con decenas de muertos, cientos de heridos y más de 200 mil desplazados. El foco del conflicto se encuentra, otra vez, en los alrededores del templo de Preah Vihear, un santuario dedicado a Shiva del siglo XI enclavado en la cima de una montaña escarpada. Un lugar que alguna vez fue símbolo de devoción, hoy se ha vuelto territorio en disputa, línea de fuego, justificación geopolítica.

La situación no es nueva. Las tensiones entre ambos países en torno a estos templos —Preah Vihear, Ta Moan Thom, Ta Krabey— se remontan a principios del siglo XX, cuando la colonización francesa delimitó arbitrariamente las fronteras en la región de Indochina. A pesar de que la Corte Internacional de Justicia otorgó en 1962 la soberanía del templo a Camboya, la interpretación sobre los terrenos adyacentes sigue generando fricciones. Las disputas, activadas por intereses políticos internos, se repiten con frecuencia: choques militares en 2008, escaramuzas en 2011, retórica nacionalista en 2013. Lo que se disputa no es sólo tierra, sino la capacidad de controlar el relato histórico.

Frantz Fanon, en Los condenados de la tierra, advirtió que el poscolonialismo suele perpetuar las estructuras de violencia del régimen que lo precedió. Lo que vemos en este conflicto es precisamente eso…, la frontera como herencia del dominio imperial, convertida hoy en arma simbólica por parte de gobiernos que necesitan consolidar poder interno. Camboya enfrenta tensiones entre la figura de Hun Sen —aún influyente tras su retiro formal— y su hijo Hun Manet. Tailandia atraviesa un proceso complejo de polarización y manipulación institucional, con la familia Shinawatra nuevamente en el centro del poder. En ambos casos, el nacionalismo funciona como dispositivo de cohesión política en contextos de fragilidad.

La frontera, como lo define Étienne Balibar, no es simplemente una línea, sino un régimen. Una máquina que regula el paso, la pertenencia, la exclusión. La actual militarización de la zona no sólo impide el tránsito, sino que refuerza un relato binario: aquí y allá, nosotros y ellos. Sin embargo, la historia desmiente esa pureza identitaria. Los templos fueron construidos por imperios previos a la existencia de los Estados modernos, y las comunidades que habitan hoy la región (jémeres, tailandeses, grupos indígenas y migrantes) comparten prácticas, lenguas y formas de vida. La frontera, lejos de separar con claridad, produce ambigüedad.

En esta ambigüedad se juega también el control de la memoria. Las imágenes que circulan (niños huyendo, mujeres pariendo en campamentos, soldados custodiando ruinas) no son únicamente documentos del presente, también son insumos para construir sentido. Ariella Azoulay ha planteado que la violencia moderna no destruye nada más cuerpos, también desarticula la capacidad de verlos como sujetos. En este caso, la espectacularización mediática de la guerra convierte a las víctimas en elementos de escenografía, mientras los Estados negocian sus versiones de la historia.

La respuesta internacional ha sido tibia. Se declaró una tregua el 28 de julio bajo presión de ASEAN y de Estados Unidos, pero el alto al fuego es frágil. Tailandia acusa a Camboya de nuevas incursiones; Camboya denuncia provocaciones deliberadas. Las comunidades desplazadas viven entre la incertidumbre y el abandono. La ayuda humanitaria no es suficiente, y las minas terrestres siguen activas en muchas de las zonas evacuadas.

Pensar el futuro exige una revisión profunda del pasado. Dipesh Chakrabarty propone “provincializar” los esquemas de pensamiento heredados del centro europeo, y mirar la historia desde los márgenes, desde las experiencias locales. Aplicado al Sudeste Asiático, esto implica asumir que la modernidad colonial no sólo impuso fronteras físicas, sino también marcos conceptuales que impiden imaginar salidas sostenibles a los conflictos.

Ngũgĩ wa Thiong’o ha insistido en la necesidad de descolonizar no solo las instituciones, sino el lenguaje. Tal vez, para salir del ciclo de violencia, se requiere un nuevo vocabulario: uno que no piense la soberanía como exclusión, ni la identidad como frontera. Los templos, al fin y al cabo, no pertenecen a Tailandia ni a Camboya. Pertenecen a una historia más larga, más plural, más humana.

Por ahora, los templos siguen bajo vigilancia. Las comunidades, en desplazamiento. Y la paz, como en otros puntos del planeta, sigue siendo una promesa pendiente, atrapada entre discursos que compiten por el derecho de narrar.

F∴F∴ Finem Facimus

***

Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando Los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).

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