Opinión

Brasil y las cadenas invisibles del neocolonialismo verde




agosto 6, 2025

El verdadero desafío está en romper la ecuación que equipara abundancia con dependencia… Brasil aparece como territorio disputado, como actor periférico invitado a un juego en la transición energética mundial cuyo tablero se diseñó lejos

Por Miguel A. Ramírez-López

Brasil posee el segundo mayor depósito de tierras raras del planeta y, sin embargo, está ausente del debate geopolítico dominante. Mientras China controla la producción global y Estados Unidos busca desesperadamente reducir su dependencia, Brasil se convierte en un punto ciego estratégico: clave en la transición energética mundial, pero aún tratado como periferia extractiva. El corazón del debate no es sólo la riqueza mineral, sino el lugar que ocupará América Latina en la arquitectura del poder del siglo XXI.

No es la primera vez que América Latina guarda en su vientre lo que otros codician. En los siglos XVI y XVII, lo fueron el oro y la plata que alimentaron el ascenso del capitalismo europeo. Luego vinieron el caucho, el café y el petróleo. Hoy son el litio, el cobalto y estas tierras extrañas, que no son raras por escasas, sino por estratégicas.

Brasil, con más de 21 millones de toneladas métricas, se convierte en un nodo silencioso de la reconfiguración geopolítica global. China controla cerca del 70 por ciento de la producción mundial de tierras raras; Estados Unidos, atrapado entre su declive industrial y su necesidad militar, busca socios que le permitan reducir esa dependencia. Brasil aparece entonces no como aliado, sino como territorio disputado, como actor periférico invitado a un juego cuyo tablero se diseñó lejos.

El sociólogo Boaventura de Sousa Santos lo ha dicho con claridad: el Sur global no es sólo una posición geográfica, sino epistémica. Se nos concede voz en tanto confirmamos el guion. Este nuevo ciclo extractivo —más pulcro en su envoltorio ecológico— repite la matriz colonial, a saber, recursos que se extraen en el sur para sostener un modo de vida en el norte. Lo verde, en esta narrativa, no es un horizonte de justicia planetaria, sino una máscara de continuidad civilizatoria.

Autoras como Nancy Fraser han alertado sobre cómo el “capitalismo progresista” disfraza de inclusión lo que no es sino reacomodo. El discurso de la transición energética global necesita legitimarse en valores éticos: descarbonización, sostenibilidad e innovación. Pero al mismo tiempo, requiere territorios de sacrificio, zonas de extracción donde se condense el costo ecológico y humano del supuesto cambio. América Latina —y en especial Brasil— se ofrece, una vez más, como escenario de esa paradoja.

Desde una lectura dependencista, ya anticipada por Raúl Prebisch y Theotonio dos Santos, la estructura del comercio internacional perpetúa la lógica centro-periferia. Aun en su versión “verde”, el sistema reproduce una asimetría donde unos producen conocimiento y tecnología, y otros aportan cuerpos, tierras y minerales. La diferencia es que ahora se exige hacerlo sin contaminar… demasiado.

China, con su modelo de capitalismo autoritario, ha sabido posicionarse no sólo como productor, sino como procesador y exportador de valor agregado. Su estrategia no se limita a extraer, construye cadenas de suministro completas, invierte en tecnología y regula mercados. Estados Unidos, en cambio, busca abrir nuevos canales sin desmontar el viejo orden. Brasil, por su parte, parece debatirse entre la diplomacia de los aranceles y la tentación de repetir el camino del extractivismo, ahora bendecido por el aura de la neutralidad climática.

Hay, sin embargo, una posibilidad distinta. Que Brasil no se limite a negociar como yacimiento, sino como nación. Que invierta en capacidades tecnológicas propias, que regule la explotación en función de sus intereses sociales y ambientales, que escuche a los pueblos indígenas —guardianes del territorio y del tiempo—, que asuma que tener minerales no es lo mismo que tener poder. El verdadero desafío está en romper la ecuación que equipara abundancia con dependencia.

Como advirtió el filósofo Dussel, el colonialismo no termina cuando se van los imperios, sino cuando se desarticula la forma de mirar el mundo que esos imperios dejaron. Brasil está ante una encrucijada: puede convertirse en un laboratorio de emancipación o en una mina adornada con discursos verdes.

Las cadenas del siglo XXI no tintinean. No son de hierro, ni de cobre. Son de litio, de cobalto, de neodimio. No se ven, pero atan. Y como escribió Eduardo Galeano, los condenados de la tierra siguen mirando el banquete desde el otro lado del vidrio.

F∴F∴ Finem Facimus

***

Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando Los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).

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