Debería plantear la posibilidad incluir a la segunda vuelta en la más reciente reforma electoral. Es importante construir consensos y mayorías claras, más allá de hegemonías coyunturales
Por Hernán Ochoa Tovar
En días pasados, el diputado local, coordinador de la fracción de MC, Francisco Sánchez, sugirió que en la reforma electoral que actualmente está en preparación –de la que hablamos la semana pasada– se incluyera la segunda vuelta electoral en las elecciones presidenciales, propuesta que, valga aclarar, me parece pertinente. A continuación explicaré porqué.
Hasta 2012, las elecciones presidenciales fueron sumamente competidas. Si bien, hasta 1982, las victorias del tricolor eran arrolladoras, cosechando hasta el 70 por ciento de la votación efectiva –en un régimen de partido hegemónico–, en 1988 se rompió ese paradigma y los candidatos comenzaron a vencer con un margen cada vez más exiguo. Esto se vio con mayor énfasis a partir de la década de 1990 y 2000, cuando los porcentajes de elección comenzaron a ser cada vez más exiguos y declinantes respecto al pasado, cuando el tricolor tenía una preponderancia suma en todos los ámbitos, desde el ejecutivo hasta el legislativo, pasando por las gubernaturas y las alcaldías.
Resulta importante destacar que este problema no se presentó sólo en México, sino que se vio en otras latitudes de América Latina. Sin embargo, la mayoría de las naciones aplicaron esa figura a partir de la década de 1990, en aras de dirimir mejor los conflictos y tener mandatarios que gozaran de una amplia aceptación popular. Aun así, hubo excepciones. Hasta el día de hoy, países como Venezuela, México, Honduras y Panamá no la han aprobado en pleno siglo XXI; mientras otros, como Nicaragua y El Salvador, dejaron de llevarla a cabo en tiempos recientes. Nicaragua en los comicios del 2006, en tanto que El Salvador aprobó una enmienda destinada a su desaparición, apenas en el curso del presente año.
Resulta paradójico que, siendo una herramienta necesaria para la coexistencia democrática, México nunca la haya aceptado o contemplado. Esto porque, para los inicios del milenio, cuando se produjo la primera alternancia democrática en México, el candidato vencedor (Vicente Fox) lo hizo sin mayoría absoluta. En otras naciones, el establecimiento de la segunda vuelta se colocó como una especie de antiséptico para prevenir malestares a futuro. No obstante, México siempre se negó. A pesar de que, en la República Dominicana se comenzó a utilizar en los comicios de 1996, luego de una enésima -y cuestionada- reelección de Joaquín Balaguer; México no hizo lo propio en 2008. Esto porque, luego de los comicios del 2006, la oposición asumió las demandas de la izquierda y aceptó descabezar al INE, complejizando, además, sus funciones de organización y auditoría. El resultado fue que, lo sucedido en 2006, se replicó en 2012, aunque con menor magnitud. Si, en 2006, se produjo un conflicto postelectoral de grandes dimensiones; en 2012 no estuvo así, pero Enrique Peña Nieto estuvo lejos de haber sido votado por una clara mayoría del padrón electoral mexicano. Lo que antaño parecía una perenne supremacía tricolor, vino desdibujándose con el paso del tiempo cual bola de nieve; y, para el segundo sexenio del siglo XXI, era tan declinante como un niño en una resbaladilla.
Empero, las coordenadas cambiaron. Si, en la Venezuela de 1990, Rafael Caldera logró ser reelecto -pues ya había gobernado en la década de 1970- con apenas el ¡30 por ciento de los votos¡ México no llegó a ese escenario. El motivo, intuyo, fue que el declive tricolor no contribuyó a un crecimiento del panismo –como sí sucedió en la alternancia del 2000–, sino al de las izquierdas. Desde 2016, cuando Enrique Peña Nieto ya era un mandatario sumamente impopular, Andrés Manuel López Obrador logró cosechar una aceptación imparable. El resultado, fue que AMLO pudo vencer en la elección con un 53 por ciento de los votos, porcentaje no visto desde la década de 1980, y no conseguido ni siquiera por Carlos Salinas de Gortari. Luego, a contrapelo del régimen anterior, AMLO logró mantener su popularidad imbatible –aunque con algunos pequeños picos– prácticamente del inicio al final del sexenio. El resultado fue que le endosó su respaldo popular a la doctora Sheinbaum, quien fue vista por la intelectualidad orgánica como la heredera de su legado político. El resultado es que la doctora pudo tener un porcentaje de votación mucho mayor que el de Andrés Manuel, lo que parecía un respaldo a la administración saliente, confirmando al partido gobernante para que se mantuviera en el poder por lo menos durante una gestión más.
Aun así, esta coartada pudiese ser engañosa si la seguimos al hilo. Aunque en el sexenio del expresidente López Obrador, Morena tuvo un gran crecimiento, dio el sorpasso y pasos de costado para tornarse en el nuevo partido hegemónico, la tendencia pudiese no ser eterna. A pesar de que el tricolor duró casi 50 años con una racha imbatible, todavía está por verse si el partido guinda pudiese seguir así, o bien mostrar los estragos de dos sexenios de gobierno. Y si esto sucede, podríamos volver a ver, a mediano plazo, que las victorias se tornan cada vez más pírricas, mientras la oposición tiende a crecer. Si bien es cierto que Morena no ha tenido pérdidas de consideración, los últimos comicios municipales sí muestran cierto estancamiento; mientras la nueva oposición parece demostrar un crecimiento relevante.
Por lo anterior, considero que se debería plantear la posibilidad incluir a la segunda vuelta en la más reciente reforma electoral. Es importante construir consensos y mayorías claras, más allá de hegemonías coyunturales. Es tan sólo una propuesta. La dejo a la discusión.




