Opinión

El pedestal vacío: la ilusión de la grandeza




octubre 20, 2025

En tiempos donde la autoridad se reinventa como espectáculo, vale recordar que ningún pedestal puede sustituir la fuerza de un suelo común y compartido. La apuesta no está en ser visto desde arriba, sino en saberse parte de lo común que sostiene la vida y el encuentro

Por Salvador Salazar Gutiérrez

El cuento El árbol del púlpito, escrito por un colega y amigo argentino, es una alegoría sobre la forma en que el poder institucional tiende a construirse a sí mismo desde la apariencia, la distancia y la exaltación simbólica. Coloca en el centro la preocupación por qué sucede cuando la autoridad se confunde con la figura que la representa y no con la comunidad que la sostiene. A partir de una escritura sencilla y una atmósfera de fábula, da cuenta cómo la jerarquía puede transformarse en espectáculo, cómo los discursos grandilocuentes y los gestos ceremoniales pueden vaciar de sentido la responsabilidad colectiva. El venado que sube al púlpito encarna esa ilusión de grandeza: la creencia de que ocupar un lugar alto equivale a ser vitoreado y elogiado. Es una crítica a las estructuras que confunden liderazgo con soberbia y representación con suma de voluntades. Y coloca una alternativa, repensar el poder desde la horizontalidad y el apoyo mutuo para recordar que ninguna comunidad florece si quienes la dirigen olvidan que su legitimidad nace —y se sostiene— en el suelo común.

El árbol del púlpito

En un bosque muy antiguo vivían muchas criaturas: pájaros, conejos, ardillas, ranas, abejas y mariposas. Todas trabajaban cada día para cuidar el gran árbol del centro, un árbol tan alto que sus ramas tocaban las nubes. Ese árbol era el corazón del bosque: daba sombra, alimento y refugio a todos.

Un día, los animales decidieron elegir a alguien que ayudara a cuidar el árbol. Querían que ese cuidador fuera alguien sencillo, que escuchara a todos y que organizara los trabajos en común. Pero entonces apareció Mirador, un venado elegante, de cuernos enormes y palabras dulces.

—“Yo conozco mejor que nadie este árbol”, dijo. “Déjenme ser su guardián. Haré que el mundo entero admire lo grande y hermoso que es.”

Los animales, impresionados por su voz y su porte, aceptaron. Mirador subió al árbol y construyó un púlpito muy alto, hecho de ramas y flores. Desde ahí daba discursos y organizaba ceremonias para “honrar al árbol”. Invitaba a visitantes de otros bosques, hacía banquetes, y todos los días hablaba de su trabajo como si él solo mantuviera vivo al bosque.

Pero mientras Mirador hablaba desde lo alto, abajo las raíces se secaban, las hojas caían antes de tiempo, y los animales más pequeños tenían cada vez menos comida.
Los conejos y las ranas intentaban decirle lo que pasaba, pero él respondía:

—“Yo sé lo que hago. Ustedes no entienden el trabajo importante que realizo. Déjenme en paz.”

El tiempo pasó, y el púlpito de Mirador se hizo más grande y más pesado.
Guardaba bellotas en escondites secretos, se adornaba con flores, y cada año hacía una gran fiesta para celebrarse a sí mismo. Los demás seguían trabajando duro, sin que nadie escuchara sus problemas.

Hasta que una noche, una tormenta azotó el bosque. El viento fue tan fuerte que el púlpito se tambaleó. La rama donde estaba Mirador se rompió, y él cayó junto con todas sus decoraciones. El estruendo despertó a todos los animales.

Cuando lo vieron en el suelo, los animales no se burlaron. Solo se miraron entre ellos y entendieron algo importante: habían entregado demasiado poder a uno solo, y se habían olvidado de decidir juntos.

Desde ese día, el bosque cambió.
Ya no hubo un guardián único ni púlpitos elevados.
Cada grupo cuidaba una parte del árbol, y cada semana se reunían en círculo para hablar y decidir las tareas. Nadie tenía más voz que otro.
Y poco a poco, el árbol volvió a florecer.

Mirador, avergonzado, se fue del bosque. Dicen que buscó otro lugar donde pudiera volver a sentirse importante, pero nunca encontró un púlpito tan alto.

El relato nos recuerda que toda forma de poder que se separa del suelo que la sostiene, termina convirtiéndose en simulacro. La autoridad, cuando se encierra en la escenificación de su propia grandeza, deja de ser vínculo y se vuelve representación vacía. En lugar de servir al bien común, empieza a servirse a sí misma, produciendo gestos, palabras y ceremonias que sustituyen al trabajo cotidiano y silencioso de la comunidad, por una adulación banal. Así, el poder deja de ser una práctica democrática y se transforma en espectáculo. Un tránsito donde la legitimidad se disuelve, pero la figura se exalta. A la par, el simulacro de autoridad prospera cuando la comunidad deja de mirar a sus pares, cuando la mirada se acostumbra a lo alto y olvida que la vida se construye en lo horizontal. La fábula del venado Mirador ilustra ese momento en que la admiración se confunde con complicidad y la obediencia con obligación y deuda.

En nombre del orden y la armonía, se erigen pedestales, se multiplican los discursos, se inauguran símbolos. Pero cada nuevo gesto de autocelebración es también un paso más hacia la desconexión. Y cuando el poder se aísla, pesa, se endurece y termina por caer sobre aquello que dice cuidar. Por eso, el bosque que renace al final del cuento no representa solo un cambio de organización, sino un acto de restitución simbólica y política. Es la recuperación del sentido de comunidad, de un encuentro solidario en el que se reafirma que la vida no necesita de pedestales para sostenerse. La comunidad florece cuando el poder vuelve a circular entre todos, al colocar el vínculo horizontal, cuando la voz se reparte, cuando las decisiones se toman sin púlpitos ni altares.

En tiempos donde la autoridad se reinventa como espectáculo, vale recordar que ningún pedestal puede sustituir la fuerza de un suelo común y compartido. La apuesta no está en ser visto desde arriba, sino en saberse parte de lo común que sostiene la vida y el encuentro. Y estoy convencido que ello va en varios ámbitos de nuestra vida como comunidad y sociedad.

***

Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.


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