Se vuelve urgente cuestionar el uso complaciente de la resiliencia. No se trata de negar la fuerza de quienes sobreviven, sino de desenmascarar la ideología que convierte el sufrimiento en virtud
Por Salvador Salazar Gutiérrez
En los últimos años, el discurso de la “resiliencia” se ha expandido con una fuerza inusitada, convirtiéndose en una palabra de uso común en nuestro tiempo. Término que surge en el campo de la física, pero con desarrollo importante en la psicología para describir la capacidad de adaptación frente a la adversidad, la noción ha sido rápidamente apropiada por los entornos productivos, sociales y psicoeducativos, donde opera como un imperativo moral. Empresas, instituciones educativas y organismos públicos la promueven como virtud indispensable: hay que aprender a resistir, reinventarse, mantener la motivación y continuar produciendo incluso en condiciones adversas. En este desplazamiento, la resiliencia se transforma en un dispositivo de gestión emocional, que normaliza el sufrimiento y responsabiliza al individuo de su capacidad para soportar la precariedad estructural. Así, bajo su aparente neutralidad terapéutica, la resiliencia se ha convertido en el lenguaje afectivo del neoliberalismo, donde adaptarse sustituye a transformar.
Al respecto considero pertinente la lectura La racionalidad emocional del capitalismo de Miguel A. V. Ferreira (2025), ya que nos permite reflexionar cómo la resiliencia se ha convertido en uno de los clichés más eficaces del capitalismo emocional contemporáneo. Bajo su aparente neutralidad terapéutica, el término oculta un proceso de explotación afectiva y cosificación del sufrimiento. El discurso resiliente, repetido en los entornos laborales, educativos y sociales, funciona como una narrativa de adaptación y superación que legitima la desigualdad, invitando a los individuos a soportar la precariedad, a reinventarse frente a la adversidad y a traducir el dolor en productividad.
Ferreira plantea que la resiliencia es una forma de capitalización simbólica del sufrimiento, una tecnología emocional que transforma la herida en recurso económico. Y en la actualidad, bajo el dominio de una lógica neoliberal, el malestar ya no es signo de injusticia, sino un desafío personal que debe gestionarse emocionalmente. Así, el sufrimiento se convierte en materia prima para la autoexplotación, una energía que el individuo debe reconvertir en “motivación” y “fortaleza interior”. El capitalismo, que antes explotaba la fuerza física del trabajo, en su forma actual explota la capacidad emocional de resistir, adaptarse y no quebrarse.
Este giro afecta profundamente la concepción de la vida. El sufrimiento deja de ser experiencia humana compartida para volverse mercancía afectiva, cuantificable en programas de bienestar corporativo, en coaching emocional o en retóricas de autoayuda que enseñan a “ser más fuertes”. La resiliencia, en este contexto, se vuelve más una prescripción moral. Es decir, el que no se adapta es débil, improductivo, incapaz de gestionar su propio dolor. El sujeto resiliente encarna la figura del trabajador total, siempre disponible, emocionalmente competente y psicológicamente flexible, que convierte cada fracaso en oportunidad.
Desde la perspectiva de Ferreira, esto supone una colonización emocional sin precedentes. El capitalismo, en su expresión contemporánea, ya no necesita únicamente cuerpos dóciles, sino emociones domesticadas. La resiliencia, convertida en virtud cívica, elimina la posibilidad de cuestionar las condiciones estructurales del sufrimiento. La angustia, el desempleo, la pérdida o el duelo se privatizan y se naturalizan como pruebas necesarias para el crecimiento personal. De este modo, el dolor deja de ser síntoma político de una estructura injusta para transformarse en un recurso rentable dentro de la economía emocional. El cliché de la resiliencia encierra, por tanto, una violencia silenciosa: la estetización del sufrimiento. El padecimiento se celebra como parte del éxito, como ingrediente de la narrativa meritocrática. La vida misma se vuelve objeto de gestión, medida por su capacidad de “resiliencia emocional”. La perversidad es evidente: un sistema que extrae plusvalía, no sólo del trabajo, sino también del dolor subjetivo.
En Ciudad Juárez, la palabra “resiliencia” ha adquirido un lugar central en los discursos institucionales, educativos y comunitarios, como si fuera el remedio universal frente a la violencia, la pobreza o la precariedad. Se promueve como una virtud ciudadana, una capacidad individual para resistir y sobreponerse a las adversidades. Sin embargo, este discurso, tan extendido en políticas públicas, programas sociales, narrativas mediáticas, espacios educativos, oculta estructuras de explotación, exclusión y dominación que sostienen esas mismas condiciones de sufrimiento. Bajo la retórica de la resiliencia, se reconfigura la violencia en clave moral: ya no se trata de cuestionar las causas materiales del dolor, sino de aprender a convivir con él.
En los entornos laborales, la resiliencia se traduce en obediencia emocional. El trabajador “resiliente” es aquel que acepta jornadas extenuantes, salarios bajos y ambientes de control como parte del esfuerzo necesario para salir adelante. En los espacios educativos, se inculca a los jóvenes la idea de que deben adaptarse a la inseguridad y la falta de oportunidades con una sonrisa, convirtiendo la frustración en una prueba de carácter. En el ámbito social, la resiliencia se despliega como discurso institucional frente a la violencia estructural: se ensalza la fortaleza de las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, pero se silencia la responsabilidad estatal que produjo esas ausencias. Así, la resiliencia se transforma en una tecnología de poder afectivo, una estrategia discursiva que privatiza el sufrimiento y lo despoja de su dimensión política. Se domestica la indignación colectiva y se sustituye por un mandato de autocontrol emocional. Ser resiliente, en este contexto, significa aprender a soportar: la desigualdad, la violencia, la impunidad, la explotación laboral y la precariedad vital.
En lugar de propiciar una reflexión sobre la justicia, estos discursos desplazan la mirada hacia la capacidad de cada sujeto para gestionar su propio dolor. El resultado es una normalización del daño, un consenso emocional que legitima la continuidad del orden que lo produce. Ciudad Juárez, marcada por décadas de violencia, feminicidios, desapariciones, y precariedad económica, aparece entonces como un laboratorio del neoliberalismo afectivo y su discurso “resiliente”: un territorio donde la vida se explota no sólo en los cuerpos, sino también en las emociones. Frente a ello, se vuelve urgente cuestionar el uso complaciente de la resiliencia. No se trata de negar la fuerza de quienes sobreviven, sino de desenmascarar la ideología que convierte el sufrimiento en virtud. Recuperar el dolor como signo de injusticia, y no como prueba de adaptación, es una forma de resistencia ética. En una ciudad que ha hecho del aguante una necesidad cotidiana, pensar más allá de la resiliencia es comenzar a imaginar la vida fuera de la dominación.
En última instancia, la crítica a la noción de resiliencia exige romper con su estatuto de mito contemporáneo, despojándola de su aparente neutralidad terapéutica y de su poder para moralizar la adaptación al daño. Desnaturalizarla implica reconocer que la exaltación de la resistencia individual ha servido para ocultar las causas estructurales del sufrimiento y convertir el dolor en una forma de capital emocional administrado por cada sujeto, según las reglas del rendimiento neoliberal. Hace falta restituir una ética del sufrimiento compartido, donde la precariedad no sea signo de debilidad, sino punto de partida para la solidaridad, la memoria y la acción colectiva. Solo al asumir el dolor como experiencia común —no como patrimonio privado ni recurso de superación— puede emerger una respuesta verdaderamente ética ante la lógica que lo explota. Reapropiar el sufrimiento significa transformarlo en conciencia crítica, en potencia política capaz de interpelar las formas de vida que lo producen, y no en simple instrumento de adaptación a un mundo que normaliza la herida.
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Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.




