Opinión

El ocaso del credo: Irán y la metamorfosis del islamismo en nacionalismo




octubre 29, 2025

El país que un día quiso ser faro de los oprimidos se repliega ahora en una lógica de fortaleza. Su discurso, antes místico, se ha vuelto administrativo; su revolución, una rutina. Pero incluso en ese agotamiento, Irán sigue siendo un espejo: muestra cómo los credos políticos envejecen

Por Miguel A. Ramírez-López

Por décadas, Irán fue el paradigma del Estado ideológico: una teocracia nacida de la revolución y sostenida por una promesa escatológica. En 1979, cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini proclamó el nacimiento de la República Islámica, el mundo vio resucitar algo que se creía extinguido: un régimen fundado no en el cálculo, sino en la fe. Su propósito era trascender las fronteras del Estado-nación moderno y reinstalar el islam como principio de orden político universal. Era —como dijo Michel Foucault, fascinado ante los primeros meses de la revolución— “la irrupción de la espiritualidad en la historia”.

Casi medio siglo después, esa espiritualidad se está desvaneciendo. Lo que emerge en su lugar es un nacionalismo endurecido, autorreferencial, militarizado. Irán ya no se define tanto como la vanguardia de los oprimidos musulmanes del mundo, sino como una civilización sitiada que defiende su continuidad frente a enemigos externos y disidencias internas. El islamismo revolucionario, que alguna vez pretendió derrocar al orden mundial, se transforma ahora en una ideología de autoconservación.

El fenómeno no es exclusivo de Irán, pero allí adquiere una claridad singular. Lo que estamos viendo es lo que Max Weber llamaría la rutinización del carisma: el proceso por el cual una revolución mística, nacida de la inspiración profética, se vuelve burocracia, ejército, administración. El fuego de la fe se convierte en la frialdad del aparato. La legitimidad trascendente, en simple legitimidad de poder.

De la “umma” al Estado

Durante los primeros años de la revolución, la República Islámica se presentó como alternativa al nacionalismo secular. Jomeini hablaba de la umma —la comunidad de creyentes— más que de Irán como nación. La bandera era religiosa, no patriótica. Sin embargo, el largo aislamiento, la guerra con Irak (1980-1988) y las sanciones occidentales empujaron al régimen hacia una narrativa distinta. De pronto, el chiismo dejó de ser sólo una fe; se volvió una identidad étnica, una frontera cultural, una manera de ser iraní frente a un mundo hostil.

Benedict Anderson explicó que las naciones son comunidades imaginadas, sostenidas por símbolos y rituales compartidos. En Irán, ese proceso imaginativo está siendo reescrito desde arriba. Donde antes había consignas islámicas, hoy aparecen himnos patrióticos y referencias a la grandeza persa preislámica. El régimen convoca tanto a Ciro el Grande como al imán Alí; combina el orgullo zoroastriano con el discurso de la resistencia islámica. En esa amalgama —mitad sacra, mitad nacionalista— busca una legitimidad nueva, más emocional que doctrinal.

El peso del ejército en la ideología

Hobsbawm, al estudiar el siglo XX, observó que los Estados ideológicos envejecen hacia la represión. Lo que empieza como cruzada moral termina como administración del miedo. Irán parece recorrer esa misma pendiente: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), nacido como milicia espiritual, se ha convertido en el verdadero eje del poder político y económico. No sólo defiende las fronteras: controla empresas, universidades, medios, y define la política exterior a través de la “resistencia armada” en Líbano, Siria, Yemen o Gaza.

Ese desplazamiento —de la fe al fusil, del clérigo al general— revela lo que Ernest Gellner llamaría el “nacionalismo de los creyentes cansados”: cuando la religión ya no unifica, el Estado apela al orgullo y a la fuerza. En la era de Jomeini, la revolución iraní se proyectaba como una utopía moral. En la era de Ali Khamenei, el discurso es defensivo: la patria como fortaleza.

El resultado es un nacionalismo teocrático, una síntesis inestable donde el islam sirve de emblema, pero la lógica es la de la supervivencia. El enemigo ya no es sólo el infiel, sino el disidente. La religiosidad se vacía de contenido universal y se convierte en un lenguaje de orden interno.

La fe como administración

Desde la sociología de Weber, podríamos decir que Irán transita de la ética de la convicción (la fidelidad a un ideal trascendente) a la ética de la responsabilidad (la conservación del Estado). El cambio se percibe en su política exterior —más estratégica que misionera— y en la represión interna que sustituye al entusiasmo popular. Donde antes se buscaba la expansión del mensaje islámico, hoy se protege la integridad territorial, la estabilidad y el control.

Eric Voegelin habló de la “immanentización del escatón”: el momento en que los movimientos religiosos trasladan su promesa de salvación al terreno político y, en hacerlo, la corrompen. Irán, que prometió instaurar la justicia divina en la tierra, acaba atrapado en esa paradoja. La revolución que aspiraba a liberar a los pueblos musulmanes se convierte en un régimen que teme a su propio pueblo.

Los recientes brotes de nacionalismo, la exaltación de la herencia persa y el endurecimiento militar responden a una misma ansiedad: la pérdida de fe. Cuando la creencia deja de inspirar, el poder se aferra al símbolo. Cuando la promesa religiosa se agota, el Estado busca otra fuente de cohesión: la identidad nacional, el mito de la resistencia, el culto a la soberanía.

Una historia que se repite

Históricamente, los regímenes ideológicos —de la URSS al maoísmo— han atravesado un ciclo semejante: revolución, dogma, burocracia, militarización, cinismo. En términos historiográficos, es el tránsito del mesianismo a la razón de Estado. Lo religioso o utópico termina siendo absorbido por el aparato que pretendía trascender. La historia iraní actual encaja en ese patrón.

A la manera de Hobsbawm, podríamos decir que Irán está “inventando tradiciones” nuevas para sobrevivir: una mezcla de mística chií, orgullo nacional y retórica antimperialista. Es la máscara que permite al régimen seguir siendo revolucionario cuando ya no lo es. La épica de la fe se transforma en una liturgia del poder.

En este sentido, el giro ideológico iraní no sólo habla de Oriente Medio: habla del agotamiento de las grandes ideologías del siglo XX. El islamismo que quiso reemplazar al socialismo y al nacionalismo árabe termina absorbiendo sus mismos defectos: burocratización, culto a la nación, centralización militar.

El precio del desencanto

La paradoja es que, al adoptar un tono más nacionalista, el régimen pierde aquello que le daba proyección global. El islamismo chií —por su dimensión transnacional— ofrecía a Irán una influencia simbólica más allá de sus fronteras. El nacionalismo, en cambio, lo encierra en sí mismo. Lo que fue una revolución espiritual se reduce a una política de Estado.

El país que un día quiso ser faro de los oprimidos se repliega ahora en una lógica de fortaleza. Su discurso, antes místico, se ha vuelto administrativo; su revolución, una rutina. Pero incluso en ese agotamiento, Irán sigue siendo un espejo: muestra cómo los credos políticos envejecen, cómo la historia traga a la fe y cómo toda utopía, cuando sobrevive demasiado, termina convirtiéndose en razón de Estado.

F∴F∴ Finem Facimus

***

Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).

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