Opinión

“Del hartazgo al odio: cómo se capitaliza la frustración social en tiempos de polarización”




noviembre 20, 2025

“Frente a ello surge otra tarea: reapropiar la impotencia, hacer de la facultad de “no actuar” un momento de reflexión y reorientación colectiva, en lugar de entregarla a quienes la explotan para sembrar odio…En nuestro país atravesado por duelos no resueltos, desigualdades persistentemente normalizadas y violencias que el Estado no ha sabido o no ha querido enfrentar de manera contundente, esa reapropiación es urgente”

Por Salvador Salazar Gutiérrez

Pensar las implicaciones de la llamada movilización “Generación Z” en la Ciudad de México, y otras ciudades del país, no es un ejercicio meramente coyuntural o eventual. Preocupantemente se inscribe en un contexto de polarización política creciente, de malestar social acumulado y de respuestas estatales percibidas como insuficientes o selectivas frente a demandas de justicia, seguridad y en particular reducir delitos como la extorsión o el homicidio. En este escenario, las marchas del 15 de noviembre de 2025, convocadas por algunos grupos como una protesta juvenil apartidista, reunieron a decenas de miles de personas, y en la Ciudad de México, terminaron en fuertes confrontaciones con la policía, con más de un centenar de heridos y decenas de detenidos. El propio gobierno federal y la Presidencia dentro de su “mañanera del pueblo” han respondido descalificando la protesta, señalando intereses oscuros y campañas de desinformación, pero sin entrar a fondo en el diagnóstico del malestar que la hizo posible. Esta combinación de polarización, falta de escucha efectiva y sospecha recíproca va configurando un terreno delicado. Un terreno en el que la frustración y la sensación de estancamiento, negación o “no escucha”, puede convertirse en una materia prima política disputada tanto por proyectos democráticos como por fuerzas de derecha con inclinaciones autoritarias.

Las crónicas periodísticas y los registros en redes sociales muestran que en las manifestaciones “de la Generación Z” primó la presencia adulta de manera significativa. Pero más allá de ello, preocupante fue que aparecieron expresiones alarmantes como pancartas con mensajes de odio, consignas clasistas y, de manera especialmente preocupante, símbolos asociados al nazismo y al fascismo. Se documentaron playeras y banderas con simbología nazi entre asistentes a la marcha, al tiempo que comentaristas y actores politizados celebraban la movilización como “la marcha del fascismo” o como el despertar de “los verdaderos patriotas”. Paralelamente, diversos análisis han subrayado que el movimiento carece de liderazgo claro, pero está atravesado por influencias externas y discursos cercanos al trumpismo, amplificados en redes y reproducidos por empresarios y figuras políticas conservadoras que buscan capitalizar el malestar social. No se trata, pues, de episodios aislados, sino de un clima en el que el lenguaje y la iconografía fascista comienzan a circular con mayor naturalidad en el espacio público, muchas veces bajo la coartada de la “libertad de expresión” o el “humor”.

Aquí es donde resulta útil leer desde esta coyuntura, al filósofo italiano Paolo Virno y su reflexión sobre la impotencia. En su libro La impotencia, Virno insiste en que toda potencia humana incluye la posibilidad de no ejercerse: la facultad de hablar contiene la capacidad de callar; la de actuar, la de abstenerse. Esa “potencia del no” no es un defecto, sino un componente estructural de la condición humana. Sin embargo, en el capitalismo contemporáneo –marcado por la precarización, la saturación informativa y la exposición constante hacia discursos de supremacía racial o de clase– esa posibilidad de no actuar se transforma muchas veces en una impotencia social distribuida, una sensación de parálisis que no conduce a la experimentación colectiva, sino al resentimiento, al cinismo o a la búsqueda de soluciones autoritarias. Interesante es como Virno distingue entre una impotencia impropia, que bloquea y vuelve obedientes a los sujetos, y una impotencia apropiada, que reconoce la facultad de “no hacer” como un umbral crítico desde el cual imaginar otros modos de acción y de vida. Ante ambas condiciones, habrá que plantear la pregunta ¿bajo cuál de estas se dan las movilizaciones recientes?

Si pensamos la llamada “Generación Z” no sólo como etiqueta mediática sino como dispositivo, vemos que es necesario develar la dimensión estructural del malestar. A diferencia de YoSoy132, que emergió como crítica frontal al monopolio mediático y a la imposición política, con demandas discursivamente claras y una fuerte impronta estudiantil, la protesta actual aparece atravesada por una impotencia que no logra traducirse en agenda común y que, al mismo tiempo, es moldeada por actores conservadores para orientar el hartazgo hacia la derecha. Mientras YoSoy132 politizaba la impotencia abriendo espacios de discusión y organización, la “marcha de la Generación Z” tiende a canalizar esa misma sensación de “no poder más” hacia la demanda de orden, mano dura y restauración de una supuesta normalidad. Esta diferencia es crucial, considero que en el primer caso, la impotencia se convertía en experiencia compartida que abrió posibilidades de responder ante un gobierno con tintes autoritarios; en el segundo, la impotencia se explota para cerrar horizontes y ofrecer salidas reaccionarias o confrontativas.

Por otro lado, no podemos dejar pasar de lado que el gobierno federal contribuye paradójicamente a esta deriva. Frente a la crítica social por la persistencia de la violencia, la crisis de desapariciones, la precariedad laboral o la falta de justicia efectiva, la respuesta ha oscilado entre la minimización, la descalificación de los inconformes y la lectura de las protestas como conspiraciones oligárquicas o campañas a partir de los llamados bots. Esa narrativa puede tener elementos de cierta realidad –es claro que hay intereses empresariales y políticos intentando montarse sobre el malestar–, pero, al no distinguir entre reclamos legítimos y maniobras reaccionarias, termina produciendo un efecto adverso: para varios sectores de la población sienten que no hay cauces o rutas de escucha para procesar sus agravios. Es ahí donde la impotencia se vuelve impropia: la sensación de que nada de lo que se haga sirve, que la protesta siempre será leída como enemiga, que la institucionalidad está sellada o se ha vuelto selectiva hacia aquellos que vitorean a la 4T.

He aquí una preocupación de gran relevancia, ya que es en este tipo de paisaje, donde los discursos de odio fascistas encuentran un público dispuesto a escuchar promesas de orden inmediato, identidad homogénea y separación tajante entre “gente de bien” y “enemigos de la nación”. Creo que es prudente pensar en las implicaciones de esta movilización para el horizonte de 2030, pensar qué se disputa en la impotencia contemporánea. Si esa impotencia sigue siendo capturada por narrativas que banalizan símbolos nazis, que construyen al adversario político como enemigo absoluto y que ofrecen soluciones autoritarias ante la complejidad social, no es descabellado imaginar que las fuerzas de ultraderecha aparezcan como opción electoral cada vez más sólida en el mediano plazo -como hemos visto en varios países de América Latina, como Argentina o Ecuador-. No por un giro súbito y masivo hacia el fascismo, sino por la combinación sutil de frustración, miedo, saturación mediática y desatención estatal a las demandas más básicas de justicia.

Al leer a Virno, frente a ello surge otra tarea: reapropiar la impotencia, hacer de la facultad de “no actuar” un momento de reflexión y reorientación colectiva, en lugar de entregarla a quienes la explotan para sembrar odio. Apropiarse de la impotencia implicaría, en este caso, no dejarse arrastrar ni por el cinismo paralizante ni por el entusiasmo autoritario, sino abrir espacios donde el malestar pueda nombrarse, discutirse y traducirse en proyectos que amplíen derechos y no los restrinjan. En nuestro país atravesado por duelos no resueltos, desigualdades persistentemente normalizadas y violencias que el Estado no ha sabido o no ha querido enfrentar de manera contundente, esa reapropiación es urgente. De lo contrario, los discursos negacionistas o consignas de odio que hoy aparecen en la polarización política alrededor de una manifestación como la ocurrida el fin de semana, podrían convertirse, en unos años, en el lenguaje normalizado de una opción de poder con aspiraciones autoritarias, ultraconservadoras hegemónicas.

***

Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.


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