Opinión

Con las uñas llenas de tinta




noviembre 30, 2025
Imagen ilustrativa tomada de https://www.imprentaonline.net/

“Todas las imprentas, sus dueños y operarios aquí en Chihuahua nos fueron familiares cuando nos afanábamos en comunicar nuestro pensamiento opositor, revolucionario, socialista. Había unas imprentas donde se nos rechazaba por convicción de sus dueños y periódicos que hacían lo mismo porque era frecuente que tuvieran miedo a las represalias del gobierno o perder a este como cliente o patrocinador. En otras, en cambio, nos daban abrigo…”

Por Jaime García Chávez

Dedicado al equipo de periodistas que hacen posible
La Verdad Juárez, en particular a su fundadora,
Rocío Gallegos
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“Si los telares tejieran solos”, dijo Aristóteles. Si la tipografía se acomodara sola, coherente, y la tinta cayera milagrosamente del cielo, reproduciendo textos o imágenes, sería la utopía realizada con la que todos estaríamos bien vestidos y, además, ilustrados, informados de manera notable y, porque es bueno decirlo, sin malestar ni dolor. Pero eso sólo es un sueño.

Leí con verdadera emoción el libro de Corinna Zeltsman, Con las uñas llenas de tinta. Política e imprenta en el México decimonónico, e irremediablemente evoqué que mi padre, Carlos García Delgado, fue hombre clave de la imprenta y el periodismo en la ciudad de Camargo, Chihuahua, y que en su taller aprendí los oficios de cajista, prensista y algo de periodismo que conservaba el aroma de los tiempos que la autora, académica de las universidades de Duke y Princeton, narra en su obra, producto de una acuciosa y bien sustentada investigación que alcanza el grado de erudición en esta materia.

La obra aborda al inicio y con brevedad las notas pertinentes que nos permiten ubicar la transición del México novohispano, colonial y borbónico hacia el efímero imperio de Agustín de Iturbide y las experiencias de la Primera República en torno a la imprenta, su libertad, sus actores y una sociedad expectante, analfabeta en su inmensa mayoría, en el complejo juego del poder civil, eclesiástico, militar, político e intelectual, y el peso que se le otorgó a la imprenta como objeto-máquina en un largo y sinuoso camino que en un momento dado llegó a encontrar que los ciudadanos existen y que la libertad de expresión va imponiendo sus exigencias humanas al poder establecido, del corte que sea.

Durante la Colonia, tener en propiedad una imprenta, producir textos y distribuirlos estaba reservado sólo para quienes tenían un privilegio, consistente en una autorización de exclusividad por parte de la Corona española, lo que no era fácil de obtener; y por lo general la imprenta, el impresor y sus operarios estaban sujetos al escrutinio de una censura rigurosa que era monopolizada por la mezcla de poder del virrey y del alto clero, sin trazos claros de una frontera entre ambas autoridades.

Cuando estalló la Revolución francesa en 1789 y se desencadenaron un sinnúmero de transformaciones políticas, el régimen colonial fue más cuidadoso con la imprenta; sabía de la fuerza que había alcanzado y la influencia que en todas las actividades  empezaban a tener las grandes ideas de la Ilustración que se soportaban en esa nueva tecnología como su instrumento formidable.

Un medio de comunicación establecido entre el epicentro revolucionario europeo con la Nueva España lo representó la simple correspondencia que llegaba hasta lo que hoy es México. Zelstman lo precisa así:

“Las cartas se volvieron cada vez más importantes cuando, tras el estallido de la Revolución francesa, el virrey aumentó la supervisión de los materiales impresos y, durante un tiempo, trató de aplicar la censura de los comentarios políticos sobre Francia mediante la promulgación de lo que Gabriel Torres Puga ha calificado como una ‘política del silencio’” (p. 46).

Fue un largo proceso en el que se fue larvando la Independencia a la vez que se fue elevando con fuerza la imprenta, que era, sin discusión alguna, una tecnología a través de la cual se empezó a disputar el poder. Los primeros insurgentes no dudaron en tener la propia, o articular acciones para llevar materiales impresos y hacer prosélitos. La lucha por arrancar los símbolos se empezó a expresar en letra impresa y en estampas, pues no se podía aspirar a ejercer un poder si no era igual o semejante al del adversario, o al menos contar con cierto equilibrio que mostrara poder, aunque esto era, en mucho, aparente, pero políticamente muy eficaz.

La autora se detiene a analizar lo que produjeron las Cortes de Cádiz y del constitucionalismo que ahí brotó. Nos narra:

“Con el telón de fondo de la guerra de Independencia, llegaron a la Nueva España nuevas leyes relacionadas con las expresiones impresas, leyes que desestabilizaron aún más las certezas sobre los usos de los impresos y plantearon interrogantes sobre el poder y la influencia de los impresores. Decretada inicialmente en Cádiz como parte de la revolución liberal que se desarrollaba en las cortes, la ley permitía la discusión de los temas políticos en los impresos y abolió los mecanismos de censura, como los privilegios reales y el examen de la Inquisición” (p. 83).

Fue así que se abrió una etapa de grandes debates, colocando en el centro a la imprenta como una máquina casi con propia vida y a la que parecían estar adosados el propietario, el editor, los prensistas, especialmente los cajistas (los encargados de “parar” los tipos y los originales), los correctores y también el que tenía que “responder” por el impreso cuando derivaba en incómodo para el poder representado, en la época colonial, por el virrey y su burocracia, el alto clero que se asumía como censor y custodio de la ortodoxia católica.

La relación imprenta-máquina con el ser humano descrita en este libro me remitieron a las apreciaciones del joven Marx sobre el empoderamiento de las máquinas, e incluso me trasladó a las discusiones que existen hoy sobre la inteligencia artificial.

Cuando había actos tipificados por el poder como faltas o delitos, no había delimitaciones ni fronteras posibles; el propietario y todos los trabajadores eran responsables, al igual que los autores intelectuales del texto. Se llegó al extremo de tener a la imprenta como imputable, concediéndole la calidad de personificación volitiva para castigarla, fuera incautándola o destruyéndola.

Lograda la Independencia hubo una secuela del poder colonial que fue la pretensión de mantener bajo control la imprenta y todo el entorno humano que la hacía posible. De entonces data, en particular, que el poder político intente reiteradamente mantenerla bajo control, sea mediante actos represivos, enjuiciamientos, o con los renovados privilegios de patrocinar a quienes empleaban sus máquinas para apoyar el poder establecido.

En esas correlaciones estuvo presente la de convertir al propietario de la imprenta, o al editor, en un censor de hecho, sin que el alto clero renunciara a la lucha contra los impresos proscritos, como fue el escándalo de la publicación de una novela, Les Mystères de l’Inquisition, en cuyo tema, al ser expuesto por la autora, se pueden sopesar todas las conexiones que amenazaban al establecimiento de una imprenta con derechos; de ahí que se hablara de la “ley de imprenta”, término que se impuso por mucho tiempo.

Las primeras etapas del México independiente exhibieron la miseria a la que se pretendió reducir a la imprenta como un medio para expresar el pensamiento. El triunfo de la Revolución de Ayutla y la Constitución de 1857 trajeron nuevos tiempos para la libertad, pero el proceso político derivó hacia una guerra de tres años que ganaron los liberales. Luego vino el imperio de Maximiliano, que tuvo como una de sus principales decisiones el establecimiento, en Palacio Nacional, de la más poderosa imprenta existente en México hasta ese momento. Como nadie sabe para quién trabaja, cuando cayó el imperio lo primero que se hizo fue apoderarse de esa imprenta y ponerla en funcionamiento. Incluso de esa imprenta liberal uno de sus primeros directores fue el legendario Filomeno Mata.

Pudiéramos pensar que con la llegada de los liberales todo iba a cambiar en materia de libertad de imprenta. Y en efecto, llegaron nuevos tiempos, en particular los de la llamada “República restaurada”; se crearon imprentas empresariales y periódicos tan importantes como el Siglo Diez y Nueve, de Ignacio Cumplido; El Diario del Hogar, de Filomeno Mata; hasta llegar al Hijo del Ahuizote, de Daniel Cabrera, y Regeneración, a cargo de los hermanos Flores Magón.

El liberal Francisco Zarco, constituyente en 1857, a la vez que periodista también fue víctima de los atropellos de los gobernantes; tiene en la obra un lugar preponderante por la legislación preconizó y que a la postre recogió en Querétaro la Constitución de 1917. En ese gran aporte está plasmada el ideal liberal en materia de libertad de pensamiento y expresión, que Marx, en otro escenario, cuestionó porque en la declaración general se establece la libertad y a continuación las excepciones a la misma, que inspiran a los persecutores.

En este apartado de la obra de Zeltsman brilla por su ausencia la Ley de Imprenta de Carranza, dictada a dos meses de promulgada la Constitución de 1917, hoy abrogada, pero que tenía un claro tufo represor.

El porfiriato se caracterizó por su endurecimiento hacia la libertad de imprenta y fueron los tiempos en los que se pagaba recurrentemente con cárcel las libertades que se ejercían; también fue el momento en que se fueron decantando los oficios dentro de la imprenta, liquidando a la postre la idea de que el cajista era un notable del que brotaba el pensamiento bien elaborado y hasta la poesía.

Fueron momentos históricos en los que se empezó a conocer en México un socialismo propio de los países que no habían arribado a un capitalismo más desarrollado en su tiempo, hablándose de mutualismo y respaldándose en Proudhon.

* * *

En las imprentas que conocí en los primeros años de mi vida política siempre palpé una especie de misterio, un halo místico, un orgullo por estar en un espacio o recinto  con su propia y distinta atmósfera. Era un lugar frontera: había una afuera y una adentro, donde moraban hombres y máquinas que sabían lo poderosos que eran o podían ser. Todas la imprentas, sus dueños y operarios aquí en Chihuahua nos fueron familiares cuando nos afanábamos en comunicar nuestro pensamiento opositor, revolucionario, socialista. Había unas imprentas donde se nos rechazaba por convicción de sus dueños y periódicos que hacían lo mismo porque era frecuente que tuvieran miedo a las represalias del gobierno o perder a este como cliente o patrocinador. En otras, en cambio, nos daban abrigo, y en una de ellas, la Imprenta Hernández, estaba estampado en el mostrador principal el pensamiento de Beatrice Lamberton Warde:

“Desde este lugar las palabras vuelan por el mundo; no para extinguirse como ondas de silencio, ni alterarse por la escritura, sino para quedar fijas en el tiempo, luego de haber sido corregidas en la prueba. Amigo, estás en terreno sagrado. Esto es una imprenta”.

Fue un mundo maravilloso al que mucho le debemos, pero ya se fue. Es agua mágica que más que pasar por debajo del puente, contribuyó a construirlo para dar paso a la libertad y a lo mejor de nuestra cultura.

***

Jaime García Chávez. Político y abogado chihuahuense. Por más de cuarenta años ha dirigido un despacho de abogados que defiende los derechos humanos y laborales. Impulsor del combate a la corrupción política. Fundador y actual presidente de Unión Ciudadana, A.C.

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Zeltsman, Corinna. Con las uñas llenas de tinta. Política e imprenta en el México decimonónico. Traducción de Mario A. Zamudio Vega. Revisión técnica de Marina Garone Gradier. Editoral Grano de Sal. México, 2024.

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