Opinión

Narrativas triunfantes: cómo la ultraderecha reescribe el pasado para gobernar el presente




diciembre 20, 2025

“Cuando la memoria deja de funcionar como límite ético, el autoritarismo encuentra un terreno fértil para reaparecer. Frente a ello, el desafío no se reduce a desmentir datos falsos o denunciar declaraciones provocadoras. Aquí el gran reto es lograr disputar el sentido común, volver a narrar la historia desde las vidas dañadas por la violencia estatal y reconstruir los vínculos entre memoria y presente”

Por Salvador Salazar Gutiérrez

Ante el triunfo lamentable de José Antonio Kast en Chile, una breve reflexión. Vale la pena escuchar una serie de podcast que la CLACSO, en alianza con DiarioAr, han producido bajo el título “Los monstruos andan sueltos”. En particular, el capítulo en que participa la politóloga argentina Esperanza Casullo, y lo que denomina “narrativas triunfantes” ante el triunfo de las nuevas derechas en América Latina. El triunfo político de José Antonio Kast en Chile obliga a mirar más allá de la coyuntura electoral y a interrogarnos sobre el clima cultural y simbólico que hace posible que, un discurso de abierta defensa de la dictadura de Augusto Pinochet, no solo circule, sino que logre adhesiones amplias y socialmente legitimadas. La preocupación no reside únicamente en la figura del candidato, sino en las condiciones que permiten que la justificación del autoritarismo se presente como una opción razonable dentro del debate público.

Las narrativas triunfantes, como se sostiene en el podcast, no son simples relatos eficaces ni consignas bien diseñadas. Son formas de sentido común que logran imponerse porque conectan con miedos, frustraciones y cansancios acumulados. No dependen exclusivamente de la manipulación mediática, sino que prosperan cuando logran presentarse como obvias, como respuestas “realistas” frente a un mundo percibido como caótico. En ese proceso, el pasado se reescribe para intervenir el presente y la historia se convierte en un campo de disputa política.

En el caso chileno, la apelación de Kast al legado pinochetista no aparece como una excentricidad ideológica, sino como parte de una operación narrativa coherente, en la que se produce una resignificación autoritaria del orden, la seguridad y la libertad. La dictadura deja de nombrarse como un régimen de terrorismo de Estado, y pasa a ser presentada como un periodo de estabilidad, crecimiento o disciplina social. Tal como Casullo señala, una de las claves de las nuevas derechas es su capacidad para deshistorizar la violencia, separarla de las víctimas concretas y convertirla en una abstracción funcional al discurso del orden.

Esta narrativa se sostiene en una lógica peligrosa: frente al descontento social, la desigualdad persistente y la sensación de crisis permanente, se ofrece un retorno simbólico a un pasado autoritario como solución. No importa que ese pasado haya estado marcado por desapariciones, torturas, exilios y censura, lo que importa es que se presenta como un tiempo de control frente al caos. Las ultraderechas, como se insiste en el podcast, no prometen futuro: prometen refugio.

Otro rasgo central de estas narrativas triunfantes es la inversión moral. Quienes defienden los derechos humanos son presentados como ideologizados, resentidos o anclados en el pasado, mientras que quienes relativizan o justifican la dictadura aparecen como pragmáticos y valientes. La memoria se convierte en obstáculo, en una molestia que impide “avanzar”. En esta inversión, la violencia estatal deja de ser un límite ético y se transforma en una herramienta discutible, incluso deseable, para restablecer el orden. El podcast advierte que este desplazamiento es fundamental para el éxito de las ultraderechas, al lograr que la defensa de la vida parezca extremismo y que el autoritarismo se disfrace de sensatez.

Estas narrativas operan además mediante una economía emocional precisa. No apelan a proyectos colectivos ni a horizontes compartidos, sino al miedo, al enojo y al resentimiento. En Chile, como en otros países de la región, el temor a la inseguridad, a la migración, a la pérdida de estatus o a las transformaciones en las relaciones de género se canaliza hacia enemigos difusos: el progresismo, la izquierda, los feminismos, los pueblos originarios. El triunfo de Kast se inscribe plenamente en esta lógica, donde la defensa de la dictadura funciona como señal de fuerza frente a un mundo percibido como amenazante.

Casullo subraya también que estas narrativas no se imponen solo desde arriba. Circulan en redes sociales, medios de comunicación, conversaciones cotidianas y espacios religiosos o educativos. Se vuelven una especie de pedagogías del autoritarismo, enseñando a desear orden antes que justicia y obediencia antes que derechos. La dictadura, en este marco, deja de ser una advertencia histórica y se transforma en una opción política imaginable. Lo verdaderamente inquietante no es solo que Kast defienda el pinochetismo, sino que esa defensa ya no escandalice, y que pueda discutirse como una opinión más en el mercado de ideas.

Esta normalización habla de una erosión profunda de los consensos democráticos construidos tras la transición. Cuando la memoria deja de funcionar como límite ético, el autoritarismo encuentra un terreno fértil para reaparecer. Frente a ello, el desafío no se reduce a desmentir datos falsos o denunciar declaraciones provocadoras. Aquí el gran reto es lograr disputar el sentido común, volver a narrar la historia desde las vidas dañadas por la violencia estatal y reconstruir los vínculos entre memoria y presente. No se trata de nostalgia ni de moralismo, sino de comprender que una sociedad que relativiza su pasado autoritario se vuelve vulnerable a repetirlo.

Mirar el caso chileno permite, además, reconocer que estas narrativas triunfantes no son exclusivas de un país. Son una especie de guiones móviles que circulan por América Latina, y que distintos actores buscan adaptar a sus propios contextos. En México, por ejemplo, figuras como Ricardo Salinas Pliego y diversos políticos de derecha ensayan una estrategia en ese sentido: la construcción de relatos simples, emocionalmente cargados y supuestamente disruptivos, que prescinden del sustento empírico, pero funcionan eficazmente como mecanismos de manipulación de audiencias.

Como advierte el podcast, estas narrativas no necesitan coherencia, sustento, ni evidencia; lo que requieren y de donde se nutren es de visibilidad constante y un tono de confrontación permanente. En el caso mexicano, el empresario dueño de TVAzteca, se presenta como una voz antisistema mientras encarna una de las expresiones más concentradas del poder económico. La contradicción no debilita el relato, lo refuerza: se construye la figura del “empresario rebelde” que dice lo que otros callan, ridiculiza los consensos democráticos y desacredita derechos sociales, políticas públicas o luchas colectivas en nombre de una supuesta libertad individual.

Aquí reaparece la misma inversión del sentido común: la crítica informada se tacha de ideología, el conocimiento experto se ridiculiza, la desigualdad estructural se transforma en mérito personal y la memoria histórica se presenta como resentimiento. Como se señala constantemente en los capítulos de “Los monstruos andan sueltos”, estas narrativas no buscan convencer racionalmente, sino erosionar los marcos de verdad, sembrar cinismo y producir audiencias cansadas, desconfiadas y dispuestas a aceptar cualquier afirmación que confirme su enojo. En México, esta lógica se amplifica mediante el uso intensivo de redes sociales como escenarios de provocación permanente. Mensajes breves, burlas, insultos y declaraciones incendiarias funcionan como micro-espectáculos de poder, donde lo importante no es la veracidad, sino la capacidad de marcar agenda y desplazar la conversación pública hacia el terreno emocional. Podríamos pensar que se trata de una pedagogía del desprecio: desprecio por lo público, por la justicia social y por la deliberación democrática.

El riesgo es profundo. Cuando estas narrativas se normalizan, la discusión política se vacía de contenido y se convierte en un intercambio de consignas agresivas. La advertencia que se vuelve transversal a los capítulos de “Los monstruos andan sueltos” es clara: las ultraderechas y las nuevas derechas no avanzan solo por su fuerza, sino por las fisuras que encuentran en sociedades fatigadas, atravesadas por la desigualdad, la violencia y la precariedad. En ese terreno, las narrativas triunfantes prosperan como atajos emocionales. Reconocerlas, nombrarlas y desmontarlas es hoy una tarea urgente. No solo para comprender fenómenos como el ascenso de Kast en Chile o la influencia de empresarios y políticos reaccionarios en México, sino para defender algo más básico: la posibilidad misma de una conversación democrática que no renuncie a la memoria, a la verdad, a la justicia y a la dignidad humana.

***

Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.





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