Opinión

México, ¿país de clases medias?




diciembre 26, 2025

“Celebro que los programas sociales y los aumentos salariales estén otorgando mejores condiciones de vida a determinados nichos poblacionales. Pero pretender que con un curita ya hay una clase media consolidada, quizás es pretender tirar campanas al vuelo de forma premeditada”

Por Hernán Ochoa Tovar

Antes de que la víspera navideña aterrizara, en la mañanera presidencial se dio una información relevante, pero que, curiosamente, dio poco para la reflexión. Jesús Ramírez Cuevas, ex vocero Presidencial y a la sazón, coordinador de asesores, dijo -con estadísticas- que México se estaba convirtiendo en un país de clases medias. A pesar de que este proceso no es nuevo, sino que tiene una larga duración, fue presumido en las redes sociales como una especie de logro de la 4T. A este respecto, me gustaría reflexionar y discurrir ¿es efectivamente México un país de clases medias? ¿o es tan sólo propaganda alegórica? Veamos.

Debemos decir con toda franqueza, que un resultante de los gobiernos de la revolución fue instituir y sedimentar la clase media en suelo mexicano ¿A qué me refiero con esto? A que, hasta el Porfiriato, había una desigualdad que tenía correlato en la época colonial, la cual tenía dividido al país en privilegiados y trabajadores. En términos marxistas, los aristócratas mexicanos -muchos lo lograron teniendo al estado como manto protector- poseían todos los medios de producción, mientras que los campesinos y obreros sólo contaban con su fuerza de trabajo para subsistir. Y los profesionistas, aunque los había, eran una exigua minoría a comparación de los anteriores que detentaban la ecuación: la clase alta estaba conformada por un segmento poblacional muy reducido y era la que tenía el capital y el grueso del territorio, así como las conexiones con las elites gubernamentales (tanto nacionales como de provincia). La clase trabajadora, en tanto, formaba casi el total de la población y no tenía aquellos que se encontraban en las antípodas sí poseían. Mientras el rico podía perpetuar su riqueza; el trabajador y el campesino estaban casi destinados a la inopia y a la dependencia. Hasta que la Revolución llegó. Y aunque algunas de estas condiciones no se sanearon de todo -diversos estudiosos como Roberto Vélez Grajales y Viri Ríos concuerdan en que la desigualdad en México sigue siendo espantosa-, por lo menos contribuyó a hacer la cancha un poco más pareja para el resto de la población.

Esto porque, a partir de los gobiernos posrevolucionarios -sobre todo desde el Cardenismo, y con marcado énfasis, desde el de Miguel Alemán Valdez-, hubo un gran crecimiento económico (el milagro mexicano) mismo que alcanzó para hacer escuelas, tanto de educación básica como superior, a lo largo y ancho de la República Mexicana. La diseminación de la escolarización por distintos confines de la Patria, permitió que muchas generaciones se educasen formalmente por primera vez, llegando a tener estudios y condiciones de vida que sus ancestros jamás soñaron. Así, estas primeras camadas de trabajadores de cuello blanco contribuyeron al crecimiento de la clase media a lo largo de las siguientes décadas, particularmente a partir de la de 1940 hasta la de 1970, cuando dicho proceso se comenzó a ralentizar.

Ello debido a que, en el lapso en mención, se suscitó un proceso muy interesante: la pirámide poblacional, influenciada por los nacientes baby boomers tenía muchos brazos con los cuales realizar el codiciado experimento. Aunado a ello, el crecimiento económico, que durante los años dorados del desarrollo estabilizador llegó a arañar cifras cercanas al 6% por varios sexenios consecutivos (particularmente, durante la larga gestión de Antonio Ortiz Mena al frente de la Secretaría de Hacienda) tenía un pastel que daba para repartirse en rebanadas suculentas y espaciosas. Desgraciadamente, la fórmula secreta se fue agotando y el gobierno federal nunca pudo encontrar un remedio medianamente eficaz que lo sustituyera. Con el paso del tiempo, el margen de acción de las profesiones liberales fue perdiendo fuelle -aunque el relato prevaleciera- y las condiciones de los herederos ya no eran tan buenas como las de los primeros estudiosos. Si a ello le agregamos que el país no sólo dejó de crecer, sino que padeció varias crisis sexenales, el caso es que la nación cayó en algo más que una docena trágica. Sin embargo, el imaginario de la idea aún dio para que algunas personas siguieran estudiando y pudieran tener un futuro mejor que sus antepasados. Pero el relato del mundo maravilloso y la tierra prometida comenzó a escasear cuando, en términos proferidos por Galeano, había muchos brazos y poco trabajo (sic). Es decir, muchos solicitantes y pocas vacantes -en categorías empresariales-. A pesar de que la utopía podía reinar en el horizonte,  a lo lejos ya comenzaban a observarse atisbos de una era complicada.

El remedio que los gobiernos neoliberales creyeron encontrar fue la apertura económica. Sin embargo, fue una suerte de aspirina, pues, aunque solucionó algunos aspectos, otros no los resolvió ni de chiste. Para comenzar, sí llegaron más inversiones respecto a la era del proteccionismo. Empero, el país no ha vuelto a crecer al 6% anual desde los albores del sexenio de José López Portillo (1976-1982). Por lo tanto, las inversiones arribadas no alcanzaban para dar trabajo a todos. Aunque, ciertamente, hubo cierta prosperidad, la clase media alcanzó a consolidarse, mas no a aumentar -ése es mérito de El Milagro Mexicano-; en términos numéricos, llegó a crecer muy poco. En el mismo tenor, en términos educativos, llegó a darse un fenómeno también complejo, pues, México nunca llegó a alcanzar las cifras de las naciones desarrolladas (no obstante lograr incursionar en la OCDE), pero su saturación mercantil se volvió un problema a partir de esa temporalidad histórica. De tal suerte que el bono demográfico que hubiese sido bendición para cualquier país en vías de desarrollo como el nuestro, se convirtió en una tarea más para los gobiernos de la época, misma que nunca supieron resolver -por lo menos de manera cabal- y la realidad empezó a alcanzarnos como si fuese un cruel bumerán que da vuelta sin retorno.

Comento esto porque, a día de hoy, México enfrenta claroscuros. No pongo en duda que la diseminación de programas sociales ha hecho que se dé un estado benefactor conducido de manera central, y las transferencias monetarias han beneficiado a ciertos deciles poblacionales. Pero las condiciones que se presentaban en el neoliberalismo, no sólo no han mejorado del todo, sino que se han agudizado en determinados casos. Por ejemplo, los indicadores educativos siguen siendo un área de oportunidad; mientras el crecimiento económico está siendo más raquítico que en el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012-2018). Las oportunidades para muchos sectores cada vez son menores, y la informalidad y la criminalidad están volviéndose en caldo de cultivo para un sector de las juventudes y de otros cohortes poblacionales que no encuentran vacantes suficientes disponibles. Y, si bien, el aumento del salario mínimo es un acto plausible; el costo de vida y la inflación han ido in crescendo durante los últimos tiempos, motivo por el cual dicho estipendio resulta insuficiente para las necesidades de la clase trabajadora.

Sin embargo, y paradójicamente, hay un sector consumidor sumamente importante. Quizás, por ello, los intelectuales orgánicos tomaron la coartada de la consolidación clasemediera en el seno de la 4T. Empero, detrás del efecto Walmart puede haber muchos asegunes, y alguna gente puede estar tan endeudada con las financieras o el Monte de Piedad como en el pasado. De tal suerte que los hábitos de consumo sí marcan un diferencial respecto al pasado -cuando no había las ofertas ni la demanda de hoy en día-. No obstante, creo que es una variable muy pequeña como para querer redondear un fenómeno que deberíamos catalogar como integrar, pues la consolidación de las clases medias es el indicador tangible del progreso de una nación.

En suma, creo que hay indicadores positivos, pero también rezagos ancestrales en los cuales hay que trabajar. Celebro que los programas sociales y los aumentos salariales estén otorgando mejores condiciones de vida a determinados nichos poblacionales. Pero pretender que con un curita ya hay una clase media consolidada, quizás es pretender tirar campanas al vuelo de forma premeditada. Lo dejo a la reflexión. Felices fiestas y excelente año 2026. Espero nos sigamos leyendo en este espacio.

***

Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.

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