Opinión

Inteligencia artificial: regular o no regular, ese es el dilema




enero 2, 2026

“Creo que la IA es una gran herramienta, pero sí debe regularse. La educación debe enseñar pensamiento crítico, para guiar a las juventudes y a las generaciones  -actuales y venideras- en el sentido de que la IA debe ser un artefacto útil, mas no un sustituto. Resultaría lamentable que, en una época de tanto avance, la humanidad siguiera el trayecto de la zombificación”

Por Hernán Ochoa Tovar

“Bendita inteligencia natural. Pensar después, sentir primero” David Otero.

“Tú no eres para mí, me lo dijo ChatGpt” Camilo.

La Inteligencia Artificial es un artefacto tecnológico que ha redefinido la relación humano/máquina a partir de la segunda década del siglo XXI. Esto porque, a partir de esta temporalidad histórica, la IA (por sus siglas en español) ha roto paradigmas centenarios, facilitando muchas habilidades a los seres humanos, pero también poniendo el dedo en la llaga sobre algo muy delicado: que el quehacer de la ofimática pudiese ser tan bien especializado y realizado, que pudiese acabar rebasando a los homo sapiens como si fuese una escena de la película Yo Robot. Por tal motivo, el inacabado debate ha llegado hasta los gobiernos. El del estado de Texas ya estuvo laborando en una ley tendiente a regularla; mientras naciones como México ya trabajan para realizar una faena semejante. Por tal motivo, conviene preguntarnos ¿La IA es una bendición de este siglo hipertecnologizado, o por el contrario, es una amenaza social que pudiera poner en la picota el derrotero de la humanidad?

A este respecto, ni siquiera los expertos se han puesto de acuerdo. Geoffrey Hinton, a quien la literatura existente considera una suerte de padrino de la IA, está asustado con la senda que ha adquirido su creación -como si fuese una suerte de Frankenstein que hubiese abierto la caja de Pandora- y recientemente esgrimió que la innovación del siglo XXI podría contribuir a la disminución de empleos, así como a tener un mundo más desigual. En el mismo tenor, el historiador y divulgador israelí, Yuval Noah Yarari, posee una visión que podríamos retratar como catastrofista, al señalar que no hay claridad del rumbo que pudiera tomar la tecnología que ahora se ha puesto de moda, dejando entrever -de manera sutil- que no se pueden desestimar escenarios distópicos. Pero, por otro lado, hay analistas que poseen perspectivas más benevolentes al respecto. Así, en un texto que podría tildarse de profético -pues apareció en las postrimerías de la pandemia de COVID19, cuando la IA apenas estaba en pañales- Andrés Oppenheimer analiza las diversas ramas del conocimiento, señalando que algunas se verían afectadas por el devenir de la robótica y la inteligencia artificial, mientras otras se tendrían que reinventar (destacadamente la educación y el periodismo, pues ya veía venir que tendría una gran implosión en la banca, aunque no se han cumplido sus perspectivas sobre la abogacía). En tanto, el mexicano Eduardo Andere es quien posee una perspectiva más equilibrada acerca del asunto, señalando que la IA posee virtudes pero también defectos. Empero, el experto nacional llega a un argumento concluyente que sus colegas de otras latitudes no han siquiera contemplado: la IA no puede superar a la humanidad, pues carece de la creatividad y de la forma de interpretar los fenómenos que sí poseen las personas en detrimento de la maquinaria.

Bajo esta tesitura, creo que el argumento de Andere -y en menor medida el de Oppenheimer, pues fue previo a que la IA alcanzara su cenit- es el más adecuado para el estado actual de las cosas. Efectivamente, la IA posee elementos maravillosos que ayudan a hacer más simple la vida en el mundo moderno. Sin embargo, una mala utilización de la misma podría contribuir al abandono de la utilización de habilidades fundamentales, y, por tanto, al embrutecimiento colectivo.

Así, la opinión del escribiente, la IA juega un rol semejante al que tuvo el televisor hasta hace unas décadas. Mientras expertos como Giovanni Sartori la satanizaban abiertamente, otros expertos en comunicación, como Raúl Trejo Delarbre, observaban que, bien utilizada, la tele encarnaba un área de oportunidad para la difusión de los saberes más diversos. En este tenor, creo que con la IA ocurre lo mismo, pero con una salvedad. El televisor -tanto la considerada abierta, que tuvo auge desde el surgimiento de la misma, en la década de 1960, hasta la de 1990; y la de señal cerrada, o por cable, que se masificó en las postrimerías del milenio- solía ser unidireccional, mientras la IA es bidireccional. Esto quiere decir que la tele programaba una plétora de programas y el espectador sólo podía elegir entre una variedad, muchas veces reducida; mientras, en la IA, el universo de la información está a los pies del consultante, como si fuese un videoclub virtual extendido hasta el infinito. Con la primera, el telespectador elige y se resigna; con la IA, en cambio, el consumidor interactúa y, las fauces de la misma van acomodando el perfil de cada persona, vía el algoritmo, para ofrecerle lo que está buscando y no sólo lo que hay en caja.

Sin embargo, habiendo hecho esta metáfora previa, creo que la dinámica que se daba con el televisor, se está replicando con la IA -y con internet- un par de décadas después. Aunque desde los planteles se llegó a hacer hincapié en que se viera la televisión con un juicio crítico y no con un obnubilado apretar del botón, mucha gente hizo caso omiso a la recomendación. Lo mismo está pasando con la IA, pues, aunque se habla de que el mundo virtual puede ser caldo de cultivo para la delincuencia virtual, las estafas y las paparruchas (fake news) no poca gente entra a la navegación como si fueran las herramientas más inocuas del mundo, desoyendo las consecuencias que podría tener su literal desdén.

Por otro lado, esta fascinación por la IA está teniendo consecuencias no sólo en el ámbito del fan, sino en la vida cotidiana. Esto porque, al ser una tecnología que puede hacer de todo -desde textos hasta imágenes un tanto edulcoradas- hay gente que ha dejado de redactar o de dibujar, recargándose en la chamba que hasta ahora realiza la IA. Debo decir, ése fenómeno no es del todo nuevo, pues, desde la emergencia de internet, en la década de 1990, ya existían sitios que se dedicaban a pensar por el cibernauta y, literalmente, le hacían la tarea, tales como Wikipedia o Rincón del Vago. Sin embargo, la IA rebasa a la milésima potencia las actividades realizadas por aquellos sitios que, a día de hoy, lucen limitados. Esto porque Gemini o ChatGpt pueden cruzar información de diversos sitios (cosa el Google original no hacía, sólo brindaba los links) y hacer pasar un texto como realizado por obra y gracia del raciocinio humano. Esta acción puede tener implicaciones en la vida diaria, pues la escritura, que ha sido la forma de comunicación más efectiva desde que la humanidad la aprendió (llegándose a escribir cartas o mails en segmentos de la misma) ahora podría estar en riesgo, debido a que hay a quienes les da flojera redactar y usan los buenos oficios de la robótica para salir bien librados de la misma.

Finalmente, y no menos delicado, es de la relativización de la verdad. Algo que ha sido un debate milenario de la filosofía, de los griegos a Descartes, ahora está en vilo por la emergencia de la IA. Esto, porque un deepfake puede parecer más real que una foto verdadera sin serlo. Mientras una pieza musical creada con IA puede parecer hiperrealista, aunque haya sido creada por ingenieros en cibernética. Como botón de muestra final, podemos poner una anécdota surrealista: una versión de Sinatra cantando “Gangsta’s Paradise” de Coolio. Aunque es una creación interesante y creativa, la misma no hubiese podido suceder jamás, pues cuando Coolio estaba en la cresta de la ola, Sinatra se encontraba al borde del retiro, y, probablemente nunca hubiese hecho un dueto con el oriundo de Oakland.

Por lo anterior, creo que la IA es una gran herramienta, pero sí debe regularse. La educación debe enseñar pensamiento crítico, para guiar a las juventudes y a las generaciones  -actuales y venideras- en el sentido de que la IA debe ser un artefacto útil, mas no un sustituto. Resultaría lamentable que, en una época de tanto avance, la humanidad siguiera el trayecto de la zombificación. Para la reflexión. Excelente inicio de año 2026.

***

Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.

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