Opinión

Trump, Venezuela y la escenificación del poder




enero 8, 2026

La intervención en Venezuela es una escenificación del poder donde el protagonista es el presidente más obsesivo que han tenido los Estados Unidos en toda su historia…Trump escenifica la geopolítica con la intención de levantar un monumento de sí mismo, empoderar a los Estados Unidos en un momento histórico de declive y, reacomodar las piezas de un capitalismo que nunca ha dejado de embestir con las políticas colonialistas y extractivistas

Por Leonardo Meza Jara

I.- En todo momento existe el riesgo de fetichizar el poder, pensarlo como algo sobrehumano, impregnarlo de cualidades religiosas. Cuando el poder se fetichiza, se levanta un altar imaginario que se pierde más allá de los límites del mundo. Durante un año Trump ha hecho todo lo necesario para fetichizar su poder gubernamental y fetichizarse a sí mismo como sujeto histórico. Hay que tener en cuenta, que cuando el poder se fetichiza hay beneficiarios directos.

Trump ha fetichizado su ejercicio del poder, con la intención de beneficiar su gestión gubernamental y beneficiarse a sí mismo. El mandatario de los EUA se ve a sí mismo como el salvador del mundo, como el reconstructor del capitalismo mundial, como el artífice de un momento histórico que será recordado por un trumpismo recalcitrante y odioso. El deseo del empresario y político para posicionarse ante los ojos del mundo, es una desmesura. Esto queda evidenciado con la ambición de Trump por el premio Nóbel de la Paz y, el desprecio mostrado hacia María Corina Machado, quien ganó este reconocimiento y se convirtió en el factor de la derrota del norteamericano.  

En un mundo caracterizado por una geopolítica multipolar creciente, el presidente de los EUA pretende erigir una unipolaridad imposible. Hay que tener claro, Trump no es el ombligo del mundo, ni los Estados Unidos son el cordón umbilical de la historia. Toda ambición histórica tiene límites, toda desmesura termina por colocar los pies sobre la tierra.

II.- El primer año del gobierno de Trump se caracteriza por una inflamación discursiva, una exasperación ideológica y una exageración política. Los discursos del mandatario de los EUA son una inflamación de las palabras, cuyo objetivo es evidentemente performativo. Con cada discurso, con cada publicación en redes sociales, el republicano pretende que sus palabras hagan cosas, que generen reacciones, que provoquen efectos, que acomoden los hechos a su favor. Aunque en la era de la posverdad, las palabras que están antes o después de los hechos no encajan plenamente con la realidad. Una cosa es el discurso que se inflama y otra cosa son los hechos, cuyo tamaño real no puede ser manipulado de forma alguna.  Trump inflama su discurso, con la intención de tener una mayor capacidad de intervenir sobre los hechos futuros, que pueden ser predecibles, pero que no pueden ser controlados por completo.

Los discursos y las acciones gubernamentales del trumpismo se caracterizan por una exasperación ideológica que muestra los peores rostros del fascismo. En una era caracterizada por un progresismo que hace converger a la izquierda y la derecha en las políticas “woke”, que mantienen las estructuras económicas del neoliberalismo, Trump se corre hacia la extrema derecha y le apuesta a una estrategia que resulta riesgosa para el partido republicano en los Estados Unidos. Las acciones fascistas de Trump contra los migrantes, los negros, las minorías sexuales y las mujeres, son una jugada política que puede traer costos electorales negativos para los republicanos en el corto y mediano plazo.

Las formas en que el presidente de los Estados Unidos hace política se caracterizan por palabras y gestos exagerados. Cuando habla ante los micrófonos, Trump actúa sus discursos mientras engola la pronunciación de las palabras y se comunica mediante gestos exacerbados. Por momentos, el lenguaje de los gestos habla más que las palabras. Trump actúa y sobreactúa el poder. Las formas en que el magnate y político sacude el tablero del mundo, están basadas en una sobreactuación del poder, que se inflama de manera artificiosa.

III.-. La intervención en Venezuela para extraer a Nicolás Maduro y Cilia Flores, es una escenificación del poder donde el protagonista es el presidente más obsesivo que han tenido los Estados Unidos en toda su historia. La obsesión histórica de Trump gira en torno de sí mismo y de un capitalismo que al reconfigurarse se muestra deforme e imprevisible. Trump escenifica la geopolítica con la intención de levantar un monumento de sí mismo, empoderar a los Estados Unidos en un momento histórico de declive y, reacomodar las piezas de un capitalismo que nunca ha dejado de embestir con las políticas colonialistas y extractivistas.

La operación relámpago para capturar a Maduro y Flores juega con la teatralidad de los efectos geopolíticos que bajo una óptica maquiavélica, son calculados a corto plazo. Una y otra vez el trumpismo ha escrito guiones, montado escenarios y desplegado actuaciones que escenifican el ejercicio del poder. Se trata de sacudir y descolocar las piezas del poder geopolítico, generando un estado de shock, alerta y desestabilización permanentes. En un momento caracterizado por acciones geopolíticas radicales, intempestivas y violentas que suceden en cadena, la inmovilidad es impensable, la quietud resulta extraña y la calma es un tesoro que se debe resguardar.

El schock, la alerta y la desestabilización permanentes, son usadas para generar una incertidumbre y miedo continuos. En la era trumpista, la “doctrina del shock” conceptualizada por Naomi Klein ha sido radicalizada. La desestabilización permanente es una forma de hacer política que rompe con toda lógica y toda regla. No se ha dejado de mover una pieza, cuando se mueve otra. No se ha terminado de exponer una amenaza, cuando se levanta la siguiente. En la política de Trump, no hay quietud, ni silencio, sino hiperactividad y ruido permanentes.

IV.- La escenificación del poder estadounidense que se mostró desnudo bajo la noche del sábado, tiene lugar en la era de la posverdad. Las actuaciones en torno a este acontecimiento están soportadas por mentiras, verdades a medias y malabarismos de la verdad. No hay certidumbres en el antes y el después de estos hechos. Lo que se manifiesta, es una persecución de los efectos deseados, más que una atención de las causas profundas de los problemas. La visión sobre el futuro está sujeta de un pragmatismo que pretende unos resultados inmediatistas y efectivistas, que no están garantizados de forma alguna.

En un momento histórico caracterizado por la posverdad, la operación militar, política y económica en Venezuela, no es una lucha por la democratización. No es una defensa de la libertad y no es una jugada para fortalecer a la oposición de ese país, que se ha visto ninguneada y humillada. Esta operación es una forma irracional, ilegal, impropia, inaceptable e inaudita en la geopolítica del siglo XXI. Una operación carroñera que reconfigura al capitalismo mundial y el colonialismo que ambiciona otros territorios más allá de las fronteras venezolanas.  

Con esta acción, lo impensable y lo inaudito de la geopolítica mundial comienzan a volverse un lugar común. Y sobre esta irrupción de lo imposible, la escenificación de la política trumpista se abre paso y continúa, sobre los caminos de un siglo que se vuelven desconcertantes a cada paso. La historia no está escrita, jamás estará escrita por completo.

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