Si en su primer período Donald Trump pareció guardar un poco la cordura; en el segundo, el poder parece haberlo enloquecido terriblemente, mancillando la investidura presidencial de ser uno de los políticos más poderosos en la faz de la Tierra
Por Hernán Ochoa Tovar
En los últimos días, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos por segunda ocasión, parece estar padeciendo los efectos del síndrome de Hubris. Esto porque, en una corta temporada, invadió Venezuela, esgrimió retóricas incendiarias contra Cuba y Colombia, acusó a México de casi ser agente propulsor de narcóticos –por decirlo de manera amable– y las cerezas del pastel: insistió en quedarse con Groenlandia, mientras armó un feo revuelo al momento del cierre del Foro Económico Mundial, destrozando, casi de un plumazo, la globalización de manera retórica ¿Será que los norteamericanos le otorgaron el despacho oval a un sujeto que posee un serio deterioro cognitivo? A continuación responderemos la pregunta planteada con antelación.
Dicho dilema no es sencillo de resolver, pues a pesar de ser una figura pública desde tiempos inmemoriales, Trump suele tener un pasado oscuro que suele cubrir con retazos de mercadotecnia. Desde los inicios de su trayectoria empresarial, a principios de la década de 1980, hasta prácticamente mediados del decenio pasado –cuando decidió incursionar en política– Trump era un empresario con reputación dudosa. Era el sujeto quien, a pesar de provenir de una familia acomodada, acumuló una fortuna a partir de los bienes raíces y los negocios cuestionables. Sujeto sin escrúpulos, fue capaz de declarar quiebras para salir fortalecido, al tiempo que negociaba con vivienda en Nueva York en la era de la guerra del crack (Óscar Balderas, dixit). Sujeto maquiavélico hasta la médula, tuvo la osadía de “patentar” su método empresarial y fungir como mentor de futuros empresarios, siendo una suerte de John Kreese del mundo de los negocios. Si el sensei de Cobra Kai, imbuido por una masculinidad frágil, insistía en atacar al enemigo sin piedad hasta destrozarlo; Trump pareció llevar esa máxima al ámbito empresarial.
En un mundo en el cual solían primar las reglas y las cortesías a la hora de las negociaciones, Trump las redujo al pragmatismo extremo, deslizando que ganar implicaba no la mejor resultante, sino ganar al oponente. Para él, los escrúpulos eran una debilidad. Y los ganadores no debían permitírselos a la hora de legar su oferta. Desde su cuestionable sistema de valores, el mundo estaba dividido en ganadores y perdedores, y para ser parte del reducido universo de los primeros, el individuo debía permitirse cualquier circunstancia, de tal suerte que el adagio de que el “fin justificaba los medios” quedaba chico para las grandes pretensiones trumpianas.
Podía pensarse que un sujeto con un sistema de pensamiento tan cuestionable y bizarro, no tendría cabida en la política norteamericana. Y es que, desde los tiempos de los padres fundadores de Norteamérica, a fines del siglo XVIII, los mismos pensaron que el colegio electoral sería una especie de dique para permitir que aquellos candidatos indeseables e incompetentes tuvieran la más mínima posibilidad de acercarse al Despacho Oval. Dicha idea tuvo lógica por siglos. George Wallace o George McGovern no tuvieron posibilidad alguna de llegar a la Casa Blanca; uno, por ser un racista consumado (que rebasaba los márgenes) y el otro por ser un demócrata demasiado cargado a la izquierda, que cuestionaba el sistema económico y el militarismo gringo. Eso, en el siglo XX era peligroso; tanto para el establishment como para el pueblo norteamericano. Sin embargo, la década pasada, con su aluvión de posverdades y populismos, hizo que Trump pasara del candidato apestado al rockstar; una paradoja. Sus rivales internos lo desestimaron. Pensaron y que no tenía las tablas y tampoco el carácter. Sin embargo, a base de mercadotecnia y de discursos vagos, logró lo que en otra década hubiera parecido imposible: copar a la dirigencia del Partido Republicano –haciendo del mismo prácticamente su brazo derecho– y llevarlo a la ultraderecha del espectro político, cosa que, en el pragmatismo norteamericano, hubiese sido casi imposible, en el curso del siglo pasado.
Ciertamente, el Partido Republicano tuvo un curioso movimiento pendular a lo largo del último siglo, pasando de ser un instituto progresista durante el gobierno de Teodoro Roosevelt, a uno conservador a partir de la era Einsenhower. Sin embargo, el parteaguas fue la emergencia del senador Barry Goldwater, quien cargó el partido hacia la derecha a mediados de la década de 1960, teniendo un mayor asidero durante la era Nixon, y, sobre todo, durante la de Reagan, cuando declaradamente se asumieron los valores conservadores como política de estado. Sin embargo, Trump fue más allá aun. Si Eisenhower, Nixon, Reagan, e incluso los Bush (padre e hijo) corrieron el GOP a la derecha del espectro político, lo hicieron siguiendo las reglas del juego y cuidando las formas de manera relevante, cosa que a los políticos norteamericanos de la vieja generación les importaba muchísimo.
En cambio Trump no hizo nada de eso. Si hasta la era Obama, los Estados Unidos habían conservado un influjo relativamente democrático, Trump lo destrozó. Si el lobby ya era parte de la realpolitik desde parte importante del siglo XX, Trump lo institucionalizó de manera cínica. Y si ya había diferencias que se podían resolver en el parlamento y en la discusión de altura, Trump las minimizó, llevando a una estrategia de campaña permanente, semejante a la que realizan diversos populistas contemporáneos. Y si bien, no ha logrado destrozar totalmente los guardarraíles de la democracia, sí los ha debilitado totalmente, al tener un liderazgo caudillista, en lugar de ponderar los consensos y la diversidad.
Quizás, el problema –y la virtud quizá– de Trump, fue que siempre rechazó la corrección política. Mientras sus predecesores se esforzaban por cuidar las formas y construir instituciones, dejando atrás (relativamente) un pasado bochornoso, Trump optó por patear el bote y decir pensamientos incómodos, pero que, al parecer, no pocos norteamericanos de a pie compartían. Así logró esgrimir la falacia de que era un outsider contra la élite de Washington, cuando lo único que representaba era un sujeto con una chequera abultada que podía alquilar el podio para decir sandeces. Y, paradójicamente la fórmula le resultó. No una, sino dos veces. Si en su primer período pareció guardar un poco la cordura; en el segundo, el poder parece haberlo enloquecido terriblemente, mancillando la investidura presidencial de ser uno de los políticos más poderosos en la faz de la Tierra.
Veremos en qué acaba este relato que parece sacado de un libro de ciencia ficción o de alguna obra surrealista. Sin embargo, parece que no terminará bien, pues la popularidad, aquel combustible que lo llevó a ser un mandatario poderosísimo, parece reducirse conforme comete errores. Su discurso comienza a resultar fatal, y, sobre todo, comete un yerro que el norteamericano común no suele perdonar: la falta de mejoría en el ámbito económico. Y, al parecer, dicha circunstancia podría ser su talón de Aquiles, pues algunas encuestas comienzan a deslizar que, en las elecciones intermedias -a realizarse en el mes de noviembre- los demócratas podrían ser los grandes ganadores. Ello podría no terminar bien. En un país históricamente acostumbrado a la cohabitación, donde los intereses de la Patria solían ser más fuertes que los partidarios, ello no solía ser un problema. Empero, con la polarización trumpiana, emanada de la cicuta del populismo, un escenario así podría conducir a un escenario muy delicado. Como botón de muestra, los Panteras Negras, aquel viejo grupo radicalizado de afroamericanos que demandaban el reconocimiento de los derechos civiles a mediados del siglo XX, parece haber resurgido en la actualidad. No es de extrañarse, pues el contexto es propicio para ello. Veremos qué sucede a corto y a largo plazo. Lo menos grave sería que Trump terminara como un lame duck a la hora de perder la mayoría en el Congreso Norteamericano. La más grave, que conflictos ancestrales que nunca se acabaron de resolver, resurgieran al haber prados muy secos. Para la reflexión. Veremos qué nos depara el destino con una coyuntura tan delicada.
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Hernán Ochoa Tovar. Académico y analista político. Antropólogo y doctor en Pedagogía Crítica. Ha sido docente en la ENAH Chihuahua, el Centro de Investigación y Docencia, y en el Centro Montessori de Estudios Superiores, desempeñándose actualmente en la Escuela Normal Superior José E. Medrano (ENSECH) en Chihuahua capital. Sus temas de interés son la historia contemporánea, la coyuntura política y el devenir educativo.




