Opinión

Esperar hasta quebrarse: despidos, silencio y castigo social en la frontera




enero 27, 2026

Las personas despedidas no encuentran instituciones que acompañen de manera efectiva su tránsito forzado hacia el desempleo. El Estado está ausente. No hay políticas laborales robustas, no hay mecanismos ágiles de defensa, no hay respuestas proporcionales a la magnitud del problema

Por Salvador Salazar Gutiérrez

En las madrugadas recientes de Ciudad Juárez, el paisaje se repite con una crudeza que ya no sorprende, pero que no debería normalizarse: largas filas de personas trabajadoras despedidas de la industria maquiladora esperan bajo el frío. Algunas buscan un nuevo empleo, otras, simplemente el derecho elemental a recibir su finiquito. No hay resguardo suficiente, no hay horarios dignos, no hay acompañamiento institucional visible. Solo cuerpos formados antes del amanecer, resistiendo temperaturas bajas mientras el día comienza sin ellos. Estas escenas no son excepcionales, ni accidentes coyunturales u ocasionales. Son expresiones estructurales del capitalismo contemporáneo, particularmente visibles en territorios fronterizos donde la maquila fue presentada durante décadas como promesa de empleo, estabilidad y progreso. Hoy para muchos, esa promesa se disuelve en la intemperie. El empleo desaparece, y la precariedad permanece. Y con ella, la exposición del cuerpo al frío, al tiempo muerto, a la espera.

Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, llamó a estos sujetos “vidas desperdiciadas”: poblaciones producidas como excedentes humanos por un sistema económico que ya no puede —ni pretende— integrarlas de manera estable. El despido masivo en la maquila no solo significa la pérdida de un salario, marca el tránsito inmediato de una inclusión precaria a la superfluidad social. Quien ayer era necesario para la línea de producción, hoy se vuelve prescindible, innecesario. El mercado no se equivoca ni se disculpa, solo descarta. La fila en la madrugada es más que una estrategia de supervivencia. Es un dispositivo social que organiza el sufrimiento. En ella, el tiempo se transforma en castigo: horas sustraídas al descanso, al cuidado, a la vida familiar. El cuerpo es expuesto deliberadamente a la intemperie, como si la espera misma fuera parte del precio que hay que pagar por haber sido expulsado del circuito productivo. Bauman advertía que la modernidad líquida no elimina la violencia, la hace difusa, cotidiana, administrada, hasta volverla parte del paisaje.

Pero esta escena no puede comprenderse únicamente desde la lógica del mercado. Aquí resulta indispensable la lectura de Loïc Wacquant, antropólogo francés. Para él, el neoliberalismo no se limita a desregular la economía, sino que ha reconfigurado el papel del Estado. Reduce su función social, debilita los mecanismos de protección y, al mismo tiempo, refuerza dispositivos de control, burocratización y castigo. No es un Estado ausente, sino un Estado selectivo que se vuelve cómplice del capital, y pulveriza su responsabilidad social.

En este marco, las personas despedidas no encuentran instituciones que acompañen de manera efectiva su tránsito forzado hacia el desempleo. El Estado está ausente. No hay políticas laborales robustas, no hay mecanismos ágiles de defensa, no hay respuestas proporcionales a la magnitud del problema. En cambio, se les exige demostrar, una y otra vez, que merecen lo que la ley ya les reconoce. El derecho se vuelve trámite; el trámite, desgaste; el desgaste, forma de disciplinamiento. Por ello exigir un finiquito se convierte así en una prueba de resistencia. La legalidad deja de ser garantía y se transforma en obstáculo. La dignidad se pone en pausa mientras se espera turno. Wacquant lo formula con claridad: el neoliberalismo castiga a los pobres, no siempre con cárcel, sino mediante la humillación institucional, la sospecha permanente y el desgaste corporal.

La maquila, durante años defendida por gobiernos de distintos signos como motor de desarrollo regional, muestra aquí su rostro más perverso y crudo. Cuando produce empleo, se le celebra; cuando despide, se le protege. No hay una transición ordenada, no hay amortiguadores sociales reales, no hay responsabilidades claras. El trabajador despedido es empujado a una narrativa individualizante: no se adaptó, no fue competitivo, no supo moverse. El discurso meritocrático opera como coartada perfecta para ocultar una violencia estructural que no depende de decisiones personales. Estas filas de personas buscando respuesta a su despido no son solo económicas, son políticas. Delimitan una frontera interna donde ciertos cuerpos quedan fuera del tiempo productivo y, con ello, fuera del reconocimiento pleno. En una ciudad históricamente marcada por la violencia extrema, la desaparición forzada y la precarización de la vida, la escena de las madrugadas laborales dialoga con otras geografías del abandono. Aquí, la vida no se elimina de manera espectacular, se desgasta lentamente.

Bauman advertía que uno de los rasgos centrales del capitalismo contemporáneo es su capacidad para hacer del descarte algo normal, casi invisible. La vida desechada no provoca escándalo, se asume como daño colateral. Wacquant complementa esta lectura al mostrar que ese descarte no se gestiona con cuidado, sino con indiferencia institucional. No se acompaña al sujeto expulsado, se le deja a su suerte. Bajo la lógica de que el mercado resolverá lo que el Estado decide no atender. Ciudad Juárez se convierte así en un laboratorio fronterizo del capitalismo global. Un espacio donde la flexibilidad laboral se traduce en vulnerabilidad extrema, y donde la competitividad internacional se sostiene sobre cuerpos cansados. La fila en el frío es el reverso del discurso de eficiencia: allí se materializa el costo humano de la deslocalización, de la volatilidad productiva, de la dependencia económica.

Aceptar estas escenas como normales implica aceptar que hay vidas que pueden esperar, que pueden pasar frío, que pueden ser descartadas sin consecuencias. Implica asumir que el sufrimiento cotidiano es parte legítima del orden económico. Pero como recuerdan Bauman y Wacquant, este orden no es natural ni inevitable. Es una decisión política, sostenida por silencios, omisiones y una profunda asimetría de poder. Nombrar lo que ocurre en estas filas es un primer gesto de resistencia. Porque mientras siga este paisaje desolador, no estaremos ante una simple crisis del empleo, sino ante la consolidación de un régimen que administra la precariedad y convierte la espera en forma de castigo. Y una sociedad que permite que el trabajo termine en la intemperie no solo pierde empleos, pierde la capacidad de reconocerse en la dignidad de quienes la sostienen.

***

Salvador Salazar Gutiérrez es académico-investigador en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Integrante del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores nivel 2. Ha escrito varios libros en relación a jóvenes, violencias y frontera. Profesor invitado en universidades de Argentina, España y Brasil. En el 2017 fue perito especialista ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para el caso Alvarado Espinoza y Otros vs México.



Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

lo más leído

To Top
Translate »