“Yo pienso que no se hizo justicia, la herida sigue abierta y no va a haber nada que nos consuele. Aunque se haga justicia, ellos ya no están”… la noche del 30 de enero de 2010 fueron asesinados 15 jóvenes, en su mayoría estudiantes de preparatoria que celebraban un cumpleaños en la casa marcada con el número 1310 de la calle Villas del Portal
Texto y fotografías: Jonathan Álvarez / La Verdad Juárez
Ciudad Juárez- El atardecer vuelve a reunir a quienes desde hace 16 años regresan al mismo punto del suroriente de Ciudad Juárez para recordar a sus hijos y nietos en el Memorial 30 de Enero. No es una convocatoria pública ni un acto protocolario. Es una misa.
Frente a ese sitio donde la noche del 30 de enero de 2010 fueron asesinados 15 jóvenes –en su mayoría estudiantes de preparatoria que celebraban un cumpleaños en la casa marcada con el número 1310 de la calle Villas del Portal–, familiares vestidos de negro se acomodan en silencio. Algunos se saludan con abrazos largos. Otros se quedan de pie frente a las fotografías de las víctimas colocadas en el lugar.
La celebración la preside el padre Jorge Ramos, de la parroquia Inmaculado Corazón de María. Lleva seis años consecutivos encabezando esta misa, aunque la tradición de reunirse aquí comenzó desde 2011, cuando las propias familias de los jóvenes asesinados decidieron convertir el lugar en un espacio de memoria. Desde entonces, el memorial no ha dejado de recibir flores, veladoras y visitas cada aniversario.



Días antes de esta fecha, los familiares acudieron a limpiar el sitio. Ya no viven en la colonia, pero vuelven. Retiran el polvo, acomodan las imágenes y preparan el espacio.
Villas de Salvárcar se ubica en el suroriente de Juárez, una zona identificada en diagnósticos urbanos como un sector con alta conflictividad social, crecimiento urbano periférico, carencia histórica de infraestructura comunitaria y una de las incidencias delictivas más altas de la ciudad.
En este sector viven cerca de medio millón de personas. Existen más de 25 mil viviendas deshabitadas y vandalizadas. La percepción de inseguridad alcanza al 89.3 por ciento de sus habitantes, de acuerdo con el Diagnóstico de la Zona Periurbana Suroeste del IMIP.
Es en este entorno donde ocurrió la masacre que marcó un antes y un después en la historia reciente de Juárez, en el contexto de la llamada guerra contra el narcotráfico.
La misa que reune a familias de las víctimas y vecinos de la colonia avanza con lecturas y cantos breves. No hay discursos políticos. Solo persiste el recuerdo.
Entre los asistentes está Hilda Soto Pérez, abuela de Horacio Alberto Soto Camargo y José Luis Aguilar Camargo, dos de los jóvenes asesinados aquella noche. Se acerca al memorial con paso lento. Mira las fotografías y reflexiona sobre el significado actual del memorial:
“Es una cosa muy hermosa, muy grande, sabemos que nuestro señor está con nosotros a pesar del dolor tan grande que tenemos. ¿Fue decisión de Dios? A lo mejor. Pero lo que sí le digo es que es un dolor muy grande. Esto año con año es un sufrir. A mí me mataron dos nietos, a Horacio y José Luis, estaban jóvenes arriba de 16 y 17 años, eran puros estudiantes”.


Hilda no reconstruye la noche del ataque. Habla de quienes eran sus nietos en vida.
“Los recuerdo risueños, bromistas, siempre me decían: ‘abuela, sabes que te amo’. Recuerdo la risa, la alegría con la que veían la vida. Para ellos todo era amor hacia su prójimo, hacia sus abuelos. Me decían ‘abuela chiquita’ con todo el cariño”.
“Eran chamacos buenos, estudiosos, no andaban haciendo maldades. Yo no entiendo por qué tenía que pasarles eso. No salían, no tomaban, no eran jugadores. Eran unos chicos que estaban para estudiar nada más, obedientes de las reglas de sus papás”, dice.
Su relato se centra en la memoria familiar, no en el hecho violento. Dice que el dolor no se ha ido, que se ha sostenido de la fe y de la comunidad que formó con otras familias. Y al referirse al proceso judicial, expresa una sensación que comparten varios de los asistentes:
“Yo pienso que no se hizo justicia, la herida sigue abierta y no va a haber nada que nos consuele. Aunque se haga justicia, ellos ya no están ¿Fue un error?, sí fue un error, pero desgraciadamente ya lo habían hecho. Entonces, ¿qué puede uno hacer?”, cuestiona.


El proceso judicial por la masacre está oficialmente concluido. En julio de 2011, un tribunal de juicio oral condenó a Juan Alfredo Soto Arias, Heriberto Martínez, Aldo Favio Hernández Lozano y José Dolores Arroyo a 240 años de prisión por los delitos de homicidio agravado y homicidio agravado en grado de tentativa.
Dos años después, en 2013, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ordenó la liberación de Israel Arzate Meléndez, al resolver que la única prueba en su contra, su confesión, había sido obtenida mediante tortura.
Para las familias, la resolución jurídica no cerró el duelo.
Los rezos inundan el lugar. Al terminar la misa, varios permanecen en el memorial. Conversan, comparten champurrado y pan. Se preguntan por los hijos, por los nietos, por la salud. La escena parecer cotidiana, pero ocurre en un sitio que recuerda una ausencia permanente.
A 16 años de los hechos, el contexto de violencia que atraviesa a las juventudes en Chihuahua sigue siendo un referente inevitable. De acuerdo con datos de la Dirección de Estadística Criminal de la Fiscalía General del Estado, en la década de 2014 a 2024 murieron de forma violenta más de 7 mil 500 adolescentes y jóvenes de entre 12 y 29 años en la entidad.
Para el suroriente de la ciudad, la violencia no ha cesado. Tan solo en el 2025 se registraron al menos 276 eventos de homicidios dolosos en el distrito policial Valle, de acuerdo con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad.
La violencia que alcanzó a aquellos estudiantes en 2010 no ha desaparecido.

Antes de retirarse, Hilda coloca un arreglo de flores frente a la fotografía de José Luis. En el memorial también descansan las cenizas de los padres de sus nietos, que ella misma colocó junto a las fotografías.
Mira las imágenes con detenimiento, como si repasara la historia de una familia que alguna vez estuvo completa. Sus ojos, casi grises, se llenan de lágrimas.
“Dios nos ha dado mucha resistencia, nos ha dado mucho valor para sobrellevar las cosas. Yo no culpo a nadie. Son cosas de la maldad. Aún duele y va a doler toda la vida. Cada cumpleaños, cada reunión familiar, ellos faltan. El dolor no se ha ido”.
El sol cae. El memorial comienza a vaciarse. Las fotografías permanecen. Las flores también.
Y cada 30 de enero, al atardecer, la memoria vuelve a reunirlos en el mismo lugar.



