Opinión

Construyendo el consenso de la democracia liberal

Ramón Salazar Burgos
Analista Político

 

En los temas sociales resulta imposible hacer cortes temporales o precisos de hechos que terminan afectando a toda la sociedad. A pesar de que la Edad Media había quedado atrás, en el feudalismo la detentación del poder de los monarcas o reyes se justificaba atendiendo a consideraciones de orden divino o religioso. El obscurantismo dominante es esos tiempos, tiene sus últimas manifestaciones en el siglo XVIII. Las reminiscencias que dejó ese periodo inducían todavía a acudir a la fe religiosa para explicar el origen y la existencia de las cosas. El poder emanaba de la cúspide del alto clero y desde ahí descendía hasta la nobleza o aristocracia, que ejercía el poder local. Con el paso del tiempo nació una nueva clase social: la burguesa, que acumuló excedentes de capital y pronto empezó a exigir derechos y privilegios que el absolutismo monárquico le negaba.
Las ansias de libertad y de igualdad, así como la necesidad de combatir la ignorancia y los fanatismos a través de la ciencia y la razón, se convirtieron en rasgos distintivos del movimiento de la Ilustración, de las luces o de la razón, que se gesta en los siglos XVII y XVIII principalmente en el Reino Unido, Francia y Alemania. Este movimiento tuvo amplias connotaciones culturales, intelectuales, económicas y políticas. Las ideas de la ilustración fueron básicas para alimentar la esperanza de cambio político; fueron también la fuente de donde surgió el Estado liberal, que se cristalizó en la Revolución de Independencia de Estados Unidos, de 1776 y en Revolución Francesa de 1789. Si el Renacimiento significó la tumba de la Edad Media, la Ilustración acabó con los Estados absolutistas, dando pasó al Estado Liberal
En el surgimiento del Estado liberal, fueron relevantes las ideas de John Locke, (1632-1704), considerado el padre del liberalismo clásico; Montesquieu (1689-1755) quien teorizó sobre la división de poderes; Rousseau (1712-1778), para quien la ley era la expresión de la voluntad general y Kant (1724-1804) para quien el derecho debería ser la garantía de la libertad y el Estado la garantía del derecho. Los pensamientos de estos filósofos constituyeron el sustrato ideológico de que echó mano la burguesía para generar los movimientos sociales que por la vieja Europa lograron derrocar a gobiernos absolutistas.

La conquista del poder político

El poder económico de la burguesía fue la pieza más importante para aspirar a la conquista del poder político. Él capital fue la herramienta indispensable para desafiar el poder de los reyes y emperadores. Con el apoyo de las clases populares urbanas y el campesinado empobrecido, poseedores sólo de su fuerza de trabajo, la burguesía hizo frente al poder de los monarcas, logrando derrocarlos. Se entierra al Estado Absolutista, se termina el vasallaje de los súbditos y nace el Estado Liberal, con la preeminencia del ciudadano. Es en la persona, como ente individual, en torno al cual empieza a girar el mundo; es en el individuo en quien se empieza a construir la ideológica de la economía del libre mercado y, es en las ideas políticas de aquellos hombres en donde se encuentra el origen de la democracia liberal de nuestros días.
El Estado Liberal, origen y referencia obligada de la democracia liberal actual, representó para su época un cambio radical, una profunda transformación de las condiciones sociales y políticas de los ciudadanos.
La fraternidad, libertad individual y la igualdad política fueron los tres valores fundamentales que empezaron a figurar en los discursos políticos de la época. La igualdad económica fue retórica pura, así continúa hasta nuestros días. Por más de dos siglos las premisas del Estado Liberal han predominado en los campos de la política y de la economía. En la economía a través del liberalismo económico o libre mercado, que limita la participación del Estado y, en la política, a través del liberalismo político o democracia liberal que se reduce, en el mejor de los casos, a rituales de renovación de los poderes ejecutivo y legislativo, a través de la celebración periódica de elecciones.
El liberalismo político y económico del siglo XVIII, implantado por el Estado Liberal, se mantuvo tal cual durante todo el siglo XIX. Desde finales de este siglo y a principios del XX, el individualismo exacerbado y la sed insaciable de la burguesía de ganancias cada vez mayores, se tradujo en la explotación inhumana de los trabajadores. La situación de miseria a la que estaban sometidos empezó a cuestionar las bases de las supuestas bondades del liberalismo. Fueron muchos los movimientos obreros que surgieron por el mundo occidental, exigiendo mejores condiciones laborales, pero todos, sin excepción, fueron brutalmente reprimidos por la insensibilidad humana, que es la esencia del capitalismo. Prevaleció el espíritu individual, que se representa en la ganancia que se arrebata a como dé lugar a los trabajadores.
La relativa paz y tranquilidad sociales logradas con la instauración del liberalismo desde finales del siglo XVIII, entraron en su peor crisis iniciado el siglo XX. Las luchas y reivindicaciones obreras, junto a la búsqueda de nuevos mercados de las potencias, ocasionaron la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, fueron el triunfo de la Revolución Rusa de 1917, de tendencia socialista y la crisis económica de 1929, los hechos que cimbraron las bases de la ideología liberal. Esta crisis provocó conmoción política e ideológica, la cual generó desempleos masivos por Europa y en los Estado Unidos. El miedo producido a los capitalistas fue de enormes proporciones, al grado de que ya no se propusieron la sobrevivencia del liberalismo originario o puro.
La alternativa recomendada por las difíciles circunstancias era encontrarle salida a la crisis para que el socialismo emergente, que ganaba prestigio y reconocimiento con rapidez, no amenazara al libre mercado.
Hasta esa fecha se había aplicado la concepción pura u originaria del liberalismo económico, que instruía dejar libremente a que el mercado encontrara por sí mismo los equilibrios. La respuesta de los gobiernos, incluida la de Estados Unidos, donde se originó la crisis de 1929, fue empezar a intervenir en la economía para lograr revertir la situación de instabilidad económica. Para solventar la situación de emergencia se apoyaron en las ideas del economista británico, John Maynard Keynes, quien, aunque también fue un liberal, sus tesis proponían la revisión del capitalismo de tal forma de que se atenuaran sus rasgos más agresivos. La aplicación de las políticas keynesianas, proponían no solamente la intervención del Estado en la Economía, si no que recomendaba su regulación para que los gobiernos encontraran los equilibrios que el mercado por sí solo no conseguía. Este fue el modelo económico que prevaleció en varios países del mundo, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. Más tarde se le conoció como Estado de Bienestar. En Europa, a los gobiernos que lo impulsaron se les identificó como socialdemócratas, por el compromiso social que los distinguía.

Libre mercado y globalización

El rasgo característico del Estado de bienestar, liberal al fin de cuentas, pero moderado, fue el involucramiento de los gobiernos en las decisiones de orden económico. Los rubros en los que se puso mayor atención fueron en la seguridad social: salud, educación vivienda, trabajo, pensiones, así como la participación estatal de manera directa en la economía, controlando los sectores llamados estratégicos. Apareció así la llamada economía mixta. Durante esta forma de gobierno, vigente hasta principios de los años setentas, la sociedad tuvo varias décadas de tranquilidad y progreso social, hasta que el péndulo del tiempo, impulsado por los detentadores del poder económico mundial, trajeron a escena de nueva cuenta al libre mercado y a la globalización, teniendo como inspiración el liberalismo económico originario, surgido en siglo XVIII, con el Estado Liberal.
Sin embargo, el progreso logrado en el campo de los derechos políticos, sociales y económicos arrancados en duras batallas al capitalismo era ya difícil de revertir, por lo que se quedaron como conquistas exitosas de las luchas obreras. El regreso del movimiento pendular no traía ya la misma fuerza, pero contenía la suficiente furia para ocasionar inimaginables estragos sociales. La nueva estrategia del libre mercado, consciente de que no podía asumir los rasgos del liberalismo originario, se impone con variantes. Las bases de su surgimiento se establecieron en Paris. En esta ciudad se celebró una reunión entre los días 26 y 30 de agosto de 1938, conferencia a la que asistieron 84 personajes de la época, en el marco de la publicación del libro de Walter Lippmann La Sociedad Buena. Más tarde la historia recogería a esta reunión con el nombre de Coloquio Lippmann.
El propósito central de esta reunión sería encontrarle un nuevo cauce al desprestigiado liberalismo, una agenda que permitiera regresar a los planteamientos centrales de este modelo económico, que defiende con denuedo el libre mercado y al Estado de derecho, es decir, leyes estables, principios generales y un sistema político representativo o, lo que es lo mismo, la defensa de la democracia liberal como hoy la conocemos. De manera forzada en la reunión se determinó apoyar, de manera temporal y transitoria, un sistema de seguridad social. También se discutieron los nombres que se podría identificar al movimiento. Entre los que se mencionaron fue “liberalismo de izquierda”, “individualismo”, “liberalismo positivo, etc. Finalmente se consensó el nombre de “neoliberalismo”, con lo que de entrada había un reconocimiento implícito de que no era posible regresar ni siquiera al liberalismo que ocasionó la gran crisis económica de 1929.
En esta reunión se dieron cita economistas con diferentes perspectivas de la salida de la crisis del mercado. Estuvieron los moderados como Alexander Rüstow y Walter Lippmann, pero también los representantes de un liberalismo intransigente que no admitía concesiones, como Friedrich Hayek y Ludwig von Moses, a los que más tarde se les conocería como representantes de la Escuela Austriaca. Éstos últimos, con entusiasmo mesiánico pusieron su inteligencia al servicio de la nueva causa liberal, enfatizando el origen natural del mercado, por lo que rechazan su regulación estatal. Publicaron importantes manuales reforzando el pensamiento neoliberal, cuyo propósito central era combatir las ideologías colectivistas; al socialismo de la época; a los partidos de masas y a los gobiernos que, surgidos de los Estados de bienestar, expresiones políticas que por todos lados proliferaban en esos tiempos. Es el pensamiento de estos dos economistas liberales puros, y sus continuadores, como Milton Friedman, el que triunfa en los años setentas, cuando el neoliberalismo se impone como nuevo modelo económico y político.
Sin embargo, Lippmann niega la espontaneidad del libre mercado, expresa que es producto de un orden legal que necesariamente implica la participación del Estado. Para Lippmann no es posible imaginar al mercado como una institución natural que surge y se equilibra por sí solo, que no necesita del Estado. Agrega que una afirmación de esa naturaleza es ingenua y hasta dogmática, y por lo tanto, peligrosa. Congruente con su pensamiento, al mercado le otorga un origen humano, lo sustenta en un sistema de leyes, normas e instituciones creadas por el Estado. Desde esta perspectiva, continúa, resulta imposible imaginar el mercado sin la participación estatal en la creación de derechos de propiedad, patentes, legislación sobre contratos, quiebras, bancarrotas, sobre legislación laboral, financiera y bancaria. Como se puede concluir, ni una sola de las instituciones señaladas es natural, han sido creadas por el consenso social que se representa en el Estado.
Por otro lado, para hacer negocios el libre mercado necesita regular las relaciones entre las personas, lo que implica generar un contexto normativo de entendimiento en el que la arbitrariedad y el desorden queden excluidos del juego, debiéndose estabilizar las expectativas de todos. Tal estabilidad es imposible lograr sin la intervención del Estado. Con ese propósito el liberalismo, y su continuación actual, el neoliberalismo, han construido las herramientas ideológicas y jurídicas que sustentan y dan vigencia a la democracia liberal como la herramienta más eficaz para la ordenación política y social.
El propósito central de toda ideología es la manipulación del pensamiento de las personas para inocular la idea de las aparentes bondades que contiene un planteamiento. Hay que admitir que la ideología del liberalismo económico (libre mercado) y político (democracia liberal) han sido inoculadas exitosamente, por Occidente. Cuando las estrategias tradicionales no pueden doblegar al pensamiento y los gobiernos continúan desafiando a los valores del liberalismo se recurre a métodos no convencionales de adopción liberal, que van desde la cooptación de los poderes locales, (Brasil, Argentina y Ecuador) pasando por los bloqueos económicos, (Irán, Venezuela, Cuba y Chile en su momento), las revoluciones de colores o primaveras (Ucrania, Libia, Argelia, Siria, Yemen) hasta a las guerras de intervención (Irak, Libia, Siria, Yemen). Cuando una estrategia falla, se acude a la siguiente que siempre resulta ser más agresiva.
Cabe hacer ahora algunas preguntas. ¿Por qué nunca han estallado revoluciones de colores en las monarquías del Golfo Pérsico? ¿Por qué no han estallado primaveras en Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Colombia, Perú, México, Turquía, Italia, etc.? La respuesta es sencilla: Las monarquías del Golfo, aunque no hayan adoptado la democracia liberal como forma de gobierno, y a aunque atropellen los derechos humanos, han sido eternamente colaboracionistas con Occidente. El resto de los países han sido exitosamente inoculados por el liberalismo.
México, aunque su democracia se inserta en el marco del liberalismo político, la variante que obtuvo el triunfo en julio pasado, se aparta de lo estipulado como políticamente correcto por la doctrina ortodoxa neoliberal. Los castigos a los gobiernos que se apartan de los cánones aceptables están a la vista de todos representados en los casos de algunos gobiernos latinoamericanos del Cono Sur. ¿Hasta dónde llegará a México en su reciente desafió político?
ramonsalazarburgos@gmail.com

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