Opinión

La tardía contrición política de Tony Judt

Ramón Salazar Burgos
Analista Político

Descubrí a Tony Judt en la Navidad de 2013. Ese fin de año estaba leyendo el libro “México: La Difícil Democracia”, de José Woldemberg. En este texto encontré referenciado su libro “Algo Va Mal”, que fue quizá la mejor y última obra de Judt, en la que abjura su pensamiento anterior impregnado de liberalismo. La situación personal de su salud en sus últimos años, el prestigio y reputación de historiador y su reconocimiento como ensayista e intelectual ejemplar fueron tal vez los rasgos que lo dotaron de sensibilidad y le inyectaron la inmunidad para empatizar con la corriente de las ideas políticas que estaban derruyendo, por segunda ocasión, las descarnadas aristas del liberalismo económico y político. Estaba ya, como dijera Friedrich Nietzsche, “más allá del bien y del mal”. Sus primeros libros: Postguerra, Pensar el Siglo XX, El Peso de la Responsabilidad, El Refugio de la Memoria y Sobre el Olvidado Siglo XX, me permitieron conocer la adscripción política que tuvo Judt casi hasta su muerte. En esta última obra se apoya la exposición que sigue.
Pensar el Siglo XX, es quizá un trabajo antológico de la obra de Tony Judt; en él se recoge su biografía y su pensamiento. El libro es el resultado de una serie de conversaciones que le realizó, Timothy Snyder, coautor del libro. Judt padeció esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad degenerativa que lo imposibilitó para escribir y que lo postró en una silla de ruedas impidiéndole la motricidad de sus extremidades. Le quedaban la lucidez de su mente y su voz, casi completa las cuales utilizó hasta antes de perder la batalla ante la enfermedad que lo llevó a la muerte en poco más de dos años. Timothy Snyder, se apoyó en la entrevista libre, como herramienta para capturar el pensamiento de Judt y plasmarlo magistralmente en el texto.
En él se recogen temas como el surgimiento del fascismo y el posterior nazismo; el holocausto y el sionismo promovido por Israel; la misión de los intelectuales en la promoción de las “bondades” de Occidente; el excepcionalismo estadounidense y la explotación del miedo en este país, así como el resurgimiento del liberalismo y su papel en la “planificación” de las economías.
Con acierto Judt señala que la génesis del fascismo o el uso de la violencia, de la agresión, del hostigamiento, etc., como método perverso para conseguir los fines de un sector muy reducido de la sociedad, surgió inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Apareció como consecuencia de la imposibilidad de los gobiernos para generar progreso y estabilidad en sus economías, fenómeno que se acentuó con la Gran Depresión económica de 1929. Aunque Judt reconoce la influencia de esos dos factores, traslada deliberada y tendenciosamente el surgimiento de los fascismos, a la debilidad mostrada por las izquierdas de la época y a sus críticas de la democracia liberal, así como a la imposibilidad para generar propuestas y mecanismos de soluciones alternativas para salir de la crisis.
La poderosa influencia que cobró el fascismo se tradujo en la llegada al poder, en algunos países europeos, de gobiernos que defendían esta doctrina, con Alemania a la cabeza, en donde surgió el nazismo con todas sus implicaciones ideológicas y económicas dando paso a las guerras militares de conquista. Para hacer frente a esta amenaza y más por pragmatismo que por otro tipo de coincidencias, se concertó una alianza transitoria entre algunos países de Occidente y de la socialista ex Unión Soviética, (que por sí sola liberó a media Europa) logrando juntos la derrota de Hitler y del resto de los países del Eje.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el concepto de holocausto no existía en la terminología de quienes se ocupaban del análisis del horror producido por esta guerra. La razón fue que las víctimas de los genocidios y limpiezas étnicas de distribuyeron casi sin distinción entre todos los países que participaron en la contienda. Tan solo la ex Unión Soviética contribuyó con un tercio del total de los muertos, con poco más de veinte millones de ellos. El Estado de Israel no existía, pero en 1948 surgió gracias a la inteligencia y al activismo judío y al evidente apoyo de las potencias que resultaron victoriosas.
A partir de esta fecha y con la posterior alineación del Estado judío a los intereses de Estados Unidos, empezó la explotación consciente de la victimización de su pueblo, lo que decantó en el surgimiento del término holocausto (y literalmente en su apropiación) opuesto conceptualmente a la idea de la “universalización de las víctimas” que, con justeza señalaban los soviéticos. Por ser defensor destacado de Occidente y además de origen judío, Judt no compartió la idea de la universalización de las víctimas. La propaganda como instrumento de control ideológico y religioso funcionó a tal grado que para la historia han pesado más los seis millones de judíos muertos en la II SGM, que los veinte millones que murieron en la ex Unión Soviética.
Con gran tino Judt señala que, amparándose en el apoyo militar de Estados Unidos, en los fantasmas de la persecución, en la explotación de el “holocausto”, así como en los intentos de su aniquilamiento, el sionista Estado de Israel ha expandido su territorio a costa de los países vecinos, al tiempo que ha masacrado al pueblo árabe, fundamentalmente a los palestinos.
Judt agrega que, como una medida para impulsar el resurgimiento de las economías de la Europa devastada, Estados Unidos impulsó el Plan Marshall, que al mismo tiempo significó una respuesta política a la “amenaza”, que una vez disuelta la alianza representaba el comunismo soviético. Con cierta tibieza y falso rubor, Judt admite que la Guerra Fría, iniciada a la conclusión de la II SGM, constituyó la oportunidad precisa para que Estados Unidos, a través de la CIA y de otras de sus agencias, empezara a desvirtuar la opción socialista como alternativa económica y política. Para hacer frente al régimen comunista y a su aparato ideológico, promovió por todo el mundo la realización de marchas, manifestaciones, la celebración de congresos, conferencias y patrocinios de revistas que resaltaban la superioridad del capitalismo y de la democracia occidental, frente a otras opciones económicas o políticas, logrando tales propósitos sin que la mayoría de los intelectuales proclives o cooptados lo admitieran y, sin que nunca cuestionaron la procedencia del financiamiento que recibían.
Por otra parte, en la concepción de Judt, para la resolución de los problemas sociales, el “cosmopolitismo intelectual” desempeña un rol fundamental. La visión de los intelectuales debe presentar una alternativa de solución al universo de los problemas; de ahí que los intelectuales deben ser “universalistas coherentes” en los asuntos que afectan a todos. Expresado de esa manera no habría nadie que objetara la perspectiva judtiana, sin embargo, toda su argumentación se diluye cuando sostiene que el compromiso de los intelectuales no es imaginar un mundo mejor, sino evitar que sea peor, lo que de alguna manera transparenta con sutileza su defensa del status quo. Su postura ambivalente sobre los intelectuales se ve reforzada al exaltar al grupo de renegados, revisionistas del marxismo o disidentes de los países del Este, llegando al extremo de expresiones irreverentes hacia intelectuales que se ubicaban en las antípodas de su pensamiento político, como fue el caso de Jean Paul Sartre.
Judt “olvida” que Occidente, Estados Unidos en particular, a través de la CIA, promovió la disidencia, la cooptación de intelectuales y las revueltas sociales en los países de Europa del Este, antes del derrumbamiento del socialismo. No fue igualmente apreciado en Occidente ser disidente a ser excomunista; lo que se pretendía era el activismo y la defenestración de todo lo que significara u oliera a socialismo, asuntos que se conseguían con la combatividad de los disidentes, pero no con el silencio de los simples e invisibles excomunistas. Un planteamiento inequívocamente sesgado de Judt, pero congruente con la apología de sus ideas, fue señalar que para la década de 1970 los intelectuales de los países del Este eran los que comprendían mejor “las bondades” del liberalismo.
En cuanto al surgimiento del Estado de bienestar en la postguerra, Judt reconoce que no se debió al voluntarismo ni tampoco al altruismo del capitalismo, ni a la conversión social repentina de los economistas e intelectuales liberales. Admite que tal surgimiento se debió al pragmatismo de los políticos y la visión anticipada e inevitable de la debacle del capitalismo si no intervenía el Estado en la economía, para lograr un equilibrio moral entre capital y trabajo. Esta intervención evitó en los años sucesivos, los niveles de conflictividad y crisis que se alcanzaron después de la Primera Guerra Mundial y que se acentuaron con la Gran Depresión económica de 1929. Los ideólogos sabían muy bien que la estabilidad social y política son condiciones indispensables para la circulación de mercancías y para la obtención de la desproporcionada ganancia económica que el libre mercado representa. En estas razones sustentaron su colaboraron “tan de buena gana” en el sostenimiento de los estados sociales.
Pero los supuestos que dieron origen al Estado del bienestar estaban siendo ya olvidados para finales de la década de 1970. Fue en la Inglaterra de Margaret Tatcher, admiradora de las ideas liberales de Hayeck, en donde se empezó a desmantelar el Estado que buscaba un mejor equilibrio entre el capital y el trabajo. El Estado se vio excluido de la regulación del mercado, se iniciaron las primeras privatizaciones y se realizaron los primeros recortes al gasto social. Este proceso de retorno al libre mercado fue gradual, por lo que resulta ridículo aceptar la aparición inesperada del neoliberalismo e igualmente ingenuo pensar, como lo sostiene Judt, que las ideas liberales estaban bien posicionadas en los países del Este. Ni fue inesperado, ni estaba mejor posicionado. Lo que sí es cierto es que su pensamiento estaba al servicio del liberalismo político y económico dominante en su época. Su contrición política se produjo justo antes de su muerte, en el libro “Algo Va Mal”, en el que hace una heroica defensa del Estado del bienestar. Prefirió morir del lado correcto de la historia.
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