Juárez

Sus raíces la reencuentran con su identidad… y sus hermanos

Entregada en una adopción irregular a estadounidenses, a Verónica Alvarado Bustillos le llevó 38 años reconstruir su pasado y encontrarse con todos sus hermanos

Junto con sus tres hermanos maternos, la juarense fue víctima de tráfico ilegal de niños, fraude y adopciones ilícitas en la frontera en la década de los 80

Gabriela Minjáres
La Verdad
Ciudad Juárez– Reconstruir su identidad después de que a los seis años su madre la entregó en adopción le ha llevado al menos 38 años a la juarense Verónica Alvarado Bustillos.
Como un rompecabezas con una cantidad de piezas que ni siquiera conoce, poco a poco, pedazo a pedazo, ha logrado armar su historia y encontrar repuestas a muchas de sus interrogantes.
Cuenta que la búsqueda de su antepasado le ha costado muchas lágrimas porque la ruta no sólo ha sido larga, sino dolorosa una vez que en el camino descubrió que su adopción y la de sus hermanos forman parte de una investigación criminal que realizó el Buró Federal de Investigación (FBI, por sus siglas en inglés) y autoridades mexicanas sobre el tráfico ilegal de niños, fraude y adopciones ilícitas en la frontera.
“Ha sido difícil, es una historia difícil”, dice Verónica entre sollozos cuando comienza a narrar que fue el 14 de julio de 1980 el día que su madre la dio en adopción junto con uno de sus cuatro hermanos a un matrimonio de estadounidenses.
Explica que recuerda con precisión esa fecha porque fue la última vez que vio a su madre y a sus hermanos, momento que además quedó grabado en una fotografía que hasta ahora la acompaña.
“Aunque no recuerdo todo con exactitud, creo que mi madre consiguió que alguien nos llevara en una pick up a la orilla de la frontera entre Juárez y El Paso. Ahí, cuando nos bajamos de la camioneta, conocimos a nuestra nueva familia y mi madre nos dijo adiós con la mano”, relata.
En la fotografía, que aparentemente fue tomada en el parque El Chamizal, Verónica aparece agarrada de su madre biológica, a quien con una mano abraza por la cintura y con la otra, la toma de una mano; mientras que al otro extremo se encuentra su hermano Edmundo, quien entonces tenía ocho años.
Treinta y ocho años después de ese momento Verónica decidió regresar a la ciudad donde nació para buscar respuestas a una larga lista de preguntas sobre su origen y armar su árbol genealógico que desde hace algunos años comenzó a elaborar.
Después de planear por años el viaje a esta ciudad fronteriza de la que se la llevaron y de la que olvidó hasta el idioma, regresó este verano con el propósito de encontrar a su madre biológica: María Dolores Bustillos Rodríguez.

La búsqueda de sus raíces

Con una fotografía de su madre en la bolsa, un recorte de periódico de 2006 donde se narra su caso, su acta de nacimiento que acredita su origen y el nombre de su padre, de quien recuerda muy poco, Verónica llegó a Ciudad Juárez el 26 de julio de este año a tratar de encontrar su pasado.

María Dolores Bustillos. Foto: Cortesía

“Por el 2008 o 2009 quería venir a Ciudad Juárez, pero en el Consulado Americano me dijeron que era muy peligroso, así que no vine, pero desde el año pasado he estado soñando, comiendo, durmiendo y pensando en México, en venir a Juárez, y finalmente lo hice gracias a la familia de una amiga”, cuenta.
Comenta que sentía la necesidad de venir cuanto antes, que tenía un presentimiento que la mantenía intranquila, por lo que este año decidió viajar de Utah, donde ha vivido casi todo el tiempo desde que fue adoptada, para tratar de ubicar a su madre.
Lo primero que hizo al llegar a Ciudad Juárez fue ir al Registro Civil para solicitar el acta de nacimiento de su madre y poder empezar la búsqueda que ahí mismo terminó, porque lo que ahí le entregaron fue el acta de defunción.
“Lloré mucho cuando me enteré que mi mamá estaba muerta, pensé que era el final del camino”, dice.
El acta de defunción consigna que María Dolores falleció hace 24 años, el 6 de julio de 1994, a consecuencia de insuficiencia respiratoria, neumonía interstical y neumotórax. También señala que fue inhumada, pero no menciona el cementerio.
Por lo que de inmediato Verónica se dio a la tarea de ubicar el lugar donde descansan los restos de su mamá y comenzó el rastreo en todos los panteones de la ciudad hasta encontrarlos en Colinas de Juárez, donde sólo está el registro de la inhumación porque no existe siquiera una tumba, una cruz o una lápida con el nombre de su progenitora.
Desconsolada ante el hallazgo de la defunción de su madre, Verónica cuenta que decidió aferrarse a lo poco que le quedaba: el recorte de periódico, su acta de nacimiento y la de sus hermanos, en las que encontró el nombre de su padre y de sus abuelos, datos que apenas había descubierto un par de semanas antes, por lo que decidió ir en su búsqueda.
Con el apoyo de amigos y conocidos, Verónica logró dar casi de inmediato con el domicilio de su padre Raymundo Alvarado Ramírez, a quien decidió tratar de ubicar con el mismo objetivo: encontrar respuestas sobre su pasado.
“Cuando iba en camino a la dirección que me dieron, donde me dijeron que podía vivir mi padre, empecé a rezar, a pedirle a Dios que me permitiera encontrar a mi familia”, menciona.
Sin embargo, al llegar y tocar la puerta del domicilio ubicado en la colonia Corregidora encontró muy pronto que su padre también había muerto. Ahí le informaron que Raymundo Alvarado había fallecido cuatro años antes, el 20 de abril de 2014, a consecuencia de cáncer.
De su padre no conocía ni guardaba nada, apenas sí tenía algunos recuerdos fugaces de la convivencia esporádica que tuvo con él durante la niñez. Ni siquiera sabía su nombre completo y por ello sólo se hacía llamar Verónica Bustillos y no Alvarado, apellido que descubrió hasta que este año obtuvo su acta de nacimiento.
“Me enseñaron un retrato grande de mi padre, pero yo no sabía que era él y empezaron las preguntas de ambos lados”, relata.
En esa búsqueda, lo que de plano Verónica no esperaba encontrar era que tenía más hermanos: Raymundo (fallecido), Luis (49 años), David (47) y José (45), hijos de Raymundo Alvarado y de su esposa María de Jesús Gutiérrez Arias; así como 14 sobrinos y cuñadas.
“No tenía idea de que tuviera otros hermanos… es una familia grande, algo que nunca me esperé, pero ahora que los conozco a todos siento que la misión está cumplida, que hay un capítulo más cerrado”, dice.

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Reconstruir el pasado a través de otros

Pese a la diferencia de idioma, con el apoyo de un amigo, de una aplicación en su teléfono para hacer traducciones instantáneas y un poco de inglés que habla Luis, Verónica logró comunicarse con sus hermanos paternos y conocer algunos detalles de su origen.
Ahora sabe que sus hermanos paternos sabían de su existencia y la de sus hermanos maternos, que al principio los quisieron adoptar y los buscaron durante muchos años con la intención de convivir, aunque nada prosperó.
“Nosotros sabíamos que existían ellos porque mi mamá nos dijo, mi papá nunca nos comentó nada, pero le dijo a mi mamá y ella a nosotros, entonces cuando mi papá se puso enfermo tratamos de localizarlos, la buscamos a ella, pero David la buscó en el Facebook por el nombre de Verónica Alvarado Bustillos y nunca apareció”, explica Luis.
David agrega que, aunque pasaba el tiempo y no lograban dar con su paradero, no perdían la esperanza de encontrarla, así como a sus otros hermanos, pero creían que sólo eran otros dos y no cinco en total, aunque el mayor de ellos no es hijo de Raymundo.
Ahora Verónica también sabe cómo se conocieron sus padres y la alternancia que hubo en su relación porque Raymundo estaba casado con María de Jesús, quien asegura que a pesar de haber descubierto la relación extramarital siempre quiso reunir a todos los hijos de su esposo.
“Mi mamá sabía de ellos, los había aceptado porque le pidió a mi papá que vivieran junto con nosotros, que ella los adoptaba, pero no sabemos el pensamiento que tenía mi papá, nunca quiso decirnos nada… era una persona recia de carácter y no quería darnos explicaciones”, agrega José.

David y José Alvarado, hermanos paternos

‘Mamá Chuy’, como sus hijos le llaman y ahora también Verónica, cuenta que supo de la relación de su esposo con María Dolores y los hijos que tuvieron, pero afirma que no se enteró que los habían dado en adopción, sólo que se los habían llevado a Estados Unidos.“Después me enteré que los habían dado en adopción, pero no supe más, no sabía dónde podrían estar, desde un principio yo los quería, yo los hubiera adoptado; siempre quise tener una hija y mis hijos también deseaban tener una hermana, por eso ahora que la conozco (a Verónica) le doy gracias a Dios porque no sólo me socorrió con una, sino con tres: con ella y sus dos hermanas”, expresa.

La adopción

Sobre su adopción y la de sus hermanos Verónica asegura recordar muy poco. Lo que sabe sólo ha sido a través de lo que sus padres adoptivos, David y Sylvia Jarvis, le han contado y por los datos encontrados en la investigación judicial internacional que se hizo por estos casos.
Expone que, según sabe, su madre decidió darlos en adopción a través de una agencia privada en Estados Unidos porque no podía cuidarlos y quería una mejor vida para ellos, porque vivían en una casa muy pequeña y pocas veces veían a su papá.

Sylvia y David Jarvis, padres adoptivos. Foto: Cortesía

“Recuerdo que cuando mi mamá nos iba a dar en adopción, Debbie Tanner (de la agencia) me dijo si quería vivir en Estados Unidos, me enseñó fotografías de un lugar con calles hermosas, casas grandes y me dijo que eso era América. Después que mi mamá nos dio en adopción nos pidió que no fuéramos a decirle nada a mi papá, pero no sabíamos por qué, si no lo conocíamos bien, no sabíamos cuál era la diferencia si lo hacíamos o no”, dice.
A Verónica la dio en adopción junto con su hermano Edmundo, hoy llamado Ed Jarvis de 46 años, porque cuando una familia en Estados Unidos se interesó en ella le informaron que tenía un hermano y no quisieron separarlos.
Aunque los padres adoptivos preguntaron en la agencia si había más hermanos, les aseguraron que sólo era uno, por lo que no fue hasta que Verónica y Ed se pudieron comunicar con su nueva familia a través de un intérprete, cuando les dieron a conocer que eran tres más; para entonces ya no pudieron hacer nada porque ya habían sido entregados a otras familias.
Con su nueva familia que tenía residencia en el estado de Utah, los hermanos Alvarado pasaron su infancia hasta llegar a la adolescencia.
De piel morena, cabello largo y ojos pequeños rasgados, la juarense también llamada Verónica María Jarvis por sus padres adoptivos se asume como una persona que representa a dos naciones: a México y a Estados Unidos, países de los que lleva tatuadas en su brazo izquierdo sus banderas entremezcladas en una sola imagen.
A sus 45 años, expone que si bien en Estados Unidos ha logrado desarrollarse y formar una familia, la vida para las personas como ella no resulta del todo fácil por su apariencia y por ser hispana.
“Es duro cuando estás en América y te ves diferente a todos, te empeñas en superarte y sacar a tus hijos adelante, a los que debes enseñar su herencia y su patrimonio, algo que también agradezco a mis padres adoptivos porque me pidieron nunca olvidar mis raíces y por eso estoy aquí”, dice.

Adopciones irregulares, causa de separación

Dolores Bustillos compareció en el juicio celebrado en Estados Unidos por las adopciones irregulares. Foto: Cortesía

Al cumplir los 16 años, Verónica dijo a sus padres adoptivos que quería encontrar al resto de su familia y aunque al principio estuvieron renuentes, decidieron apoyarla y darle la información que tenían sobre el posible paradero de dos hermanos que también habían sido entregados en adopción a una familia estadounidense residente en Utah.
“Mi papá me dio un libro negro que tenía números en México y empecé a llamar, eran cientos de números, ahí estaban los números de teléfono de mis otros dos hermanos, de Erika y Ronnie, ahora llamados Sarah y Steven, que se habían cambiado de California a Utah y les llamé”, narra.
Recuerda que a Ronnie y a Erika los dejó de ver cuando tenían 13 y 5 años, respectivamente, por lo que al encontrarlos ya tenían 23 y 15 años, además que ahora se llamaban Steven Florang y Sarah Sorensen, y se encontraban en Richfield, que se ubica apenas a dos horas al sur de Orem, donde ellos vivían.
Una vez juntos los cuatro hermanos empezaron a pensar en cómo estaría su madre y su hermana menor, Emilia, a quien dejaron de ver cuando tenía 3 años y de quien no sabían nada, si también había sido dada en adopción o se había quedado en Ciudad Juárez.
Después de buscar a Emilia durante varios años en México y en Estados Unidos, fue hasta el 2006 que Verónica encontró el expediente judicial del caso de Debbie Tanner, quien había sido juzgada entre 1984 y 1985 por secuestro internacional, adopción ilegal de niños y fraude, donde encontró que su madre había testificado y pedía que le regresaran a Emilia.
“Fue cuando supe que Emi se encontraba en Estados Unidos, hallé su nombre, su dirección y el teléfono, pero ahora su apellido era Zollinger”, comenta.
Aunque recientemente Emi se había mudado a Atlanta, Georgia, durante varios años tuvo su domicilio en Layton, Utah, dos horas al norte de donde Verónica vivía y dos horas al sur de donde estaban los otros dos hermanos.
“Mi hermana pensó que me había olvidado de ella, pero no fue así, siempre la estuve buscando, tan es así que a mi hija le puse el nombre de Emme, por ella”, sostiene.
Verónica dice que su adopción y la de sus hermanos de alguna manera forman parte del caso que fue juzgado en Estados Unidos por tráfico ilegal de niños.
De acuerdo con notas periodísticas publicadas en Estados Unidos y en Ciudad Juárez, el FBI encontró en la década de los 80 que en la frontera de Juárez y El Paso operaba una banda que traficaba con niños mexicanos.
La banda conformada por mexicanos y estadounidenses defraudó con más de 600 mil dólares a decenas de familias de Estados Unidos a las que les prometían niños mexicanos para adoptarlos.
En investigación del caso identificado como “Desert Cross”, en la que participaron agentes del FBI, del Servicio de Inmigración y Naturalización y de la Policía Judicial de Chihuahua, fueron acusadas cinco personas de defraudar a varias familias de unos 40 estados de la Unión Americana, la mayoría de ellas en Utah y Massachusetts.
Los datos indican que las familias pagaron entre 300 y 6 mil dólares por cada niño mexicano que buscaron adoptar entre 1978 y 1983. Aunque en Boston encontraron que 350 familias solicitaron adoptar niños por los que pagaron hasta 750 mil dólares y en Utah había parejas que pagaron de 102 mil a 160 mil dólares, pero a ninguna les entregaron a los menores.

Debbie Tanner, encargada de la agencia de adopciones, fue juzgada por secuestro internacional, adopción ilegal de niños y fraude en Estados Unidos. Foto: Internet

Última pieza del rompecabezas

Al encontrar que sus padres murieron, localizar a sus cuatro hermanos maternos y el hallazgo de otros cuatro por parte de su padre, Verónica afirma estar agradecida con la vida.
“Yo quería venir a Ciudad Juárez para encontrar a mi mamá, decirle que lo que hizo por nosotros no fue en vano, quería que supiera que le agradezco el sacrificio que hizo al mandarnos a otro país que es rico”, dice entre lágrimas.
“Hay quien me pregunta que cómo sé que ella me amaba, les digo que aun cuando no me amara me mandó a América, así que no hay posibilidad de que no me amara, porque ella pudo haberme entregado a un orfanato o haberme abandonado, pero obviamente me amaba y por eso nos llevó a una gran nación”, agrega.
Describe que tanto sus padres adoptivos como los de sus hermanos son personas amorosas que los cuidaron y han dado todo su apoyo para encontrar sus orígenes, por lo que no pudieron haber estado en mejores condiciones y hogares.
Sin embargo, el deseo de conocer sus raíces la ha mantenido en una búsqueda permanente para poder entender su pasado, tarea que aún no termina.“Yo no venía buscando a mis hermanos porque no sabía que los tenía, pero encontré todas estas repuestas: que mi mamá murió, mi papá también, que tengo cuatro hermanos, uno de ellos difunto, otra mamá –mamá Chuy–, sobrinos y cuñadas, en verdad me siento muy bendecida”, expresa.
Si bien Verónica siente que la historia de su vida está casi completa, su nueva meta es encontrar a su familia materna. Sabe que sus abuelos maternos murieron antes de que los dieran en adopción, pero quiere investigar si su madre tuvo hermanos o si tuvo más hijos.
“Ya tengo este capítulo cerrado, ahora sigue el de los Bustillos. Ese es mi siguiente plan, ese capítulo apenas está iniciando, uno ya terminó, ahora falta este último”, dice.
Verónica Alvarado Bustillos vive actualmente en Utah, tiene cuatro hijos: Makiah, de 22 años; Emme, 19; y los gemelos Lance y Logan, de 16. Es especialista en pandillas para un distrito escolar, donde ayuda a los jóvenes a salir de ellas y ofrecerles opciones para mejorar sus vidas.
Después de la visita que hizo a Ciudad Juárez en julio de este año regresó hace unos días para convivir con su familia paterna y continuar con la búsqueda de la materna, la última pieza del rompecabezas que espera completar.
minjareslaverdad@gmail.com

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