Opinión

El discurso funcional del populismo en la ciencia política

Ramón Salazar Burgos
Analista Político

En 1989 se derrumbó el Muro de Berlín y en 1991, cayó la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Fueron dos eventos que conmocionaron al mundo y que, en el pensamiento de Francis Fukuyama, representraron “el fin de la historia.” Fue el “triunfo” del capitalismo sobre el socialismo. En 1992, como resultado de la conclusión de la Guerra Fría, como enfrentamiento ideológico, político y económico entre capitalismo y socialismo, escribió el libro El Fin de la Historia y el último hombre, cuya tesis central es la conclusión de la historia como enfrentamiento entre las dos ideologías, resultando victorioso el capitalismo con su democracia liberal. No es circunstancial que justo cuando se presentaron esos dos fenómenos, se profundizara el modelo neoliberal de economía. Esos dos acontecimientos representaron un gran impulso para el fortalecimiento del neoliberalismo.
Si a la conclusión de la Guerra Fría resultó victoriosa la democracia liberal, pilar fundamental del capitalismo, fue debido a la gran acumulación de capital que logró esta forma de economía y de gobierno, dinero con el que ha podido patrocinar diversas instituciones que le han servido de soporte o de instrumento para difundir las “bondades” del capitalismo. Por todo el mundo proliferan universidades, organismos no gubernamentales, fundaciones y diversas instituciones que reciben recursos de poderosos grupos financieros internacionales que funcionan como laboratorios de ideas, coloquialmente llamados tanques de pensamiento o thinks tanks, cuyo fin principal es generar pensamiento que descalifique las opciones políticas que se les oponen, al tiempo que propician la proliferación de ideas que exaltan y acompañan al modelo económico de libre mercado y a la democracia liberal, tal cual hoy las conocemos.
En Chile existe la Fundación para el Progreso que, como otras instituciones de este tipo, ha impulsado diversos encuentros con políticos e intelectuales conservadores como Enrique Krauze, Gloria Álvarez, Axel Kaiser Álvaro Vargas Llosa, entre otros connotados intelectuales al servicio del liberalismo económico y de la chapucera democracia liberal, que han hecho del populismo una herramienta ideológica de lucha, calificando como populistas a las opciones políticas progresistas que arribaron a los gobiernos latinoamericanos a partir del inicio del nuevo milenio, representados, por Lula, en Brasil; Néstor y Cristina Kirchner, en Argentina; Rafael Correa, en Ecuador; Evo Morales en Bolivia; José Mujica, en Uruguay y Hugo Chávez, en Venezuela.
Hay otros autores que muestran moderación en sus análisis, pero que al fin de cuentas están igualmente comprometidos con la corriente política que representa al capitalismo más deshumanizado y salvaje. Estos intelectuales distorsionan el verdadero significado de la democracia liberal con desarrollos teóricos y eufemismos cuyo propósito es solo confundir. Por ejemplo, en la expresión fragilidad democrática sustentan el surgimiento de movimientos y líderes populistas, con lo que pretenden encubrir las deficiencias provocadas por la distorsionada democracia liberal que, por estar al servicio de la oligarquía gobernante, no resuelve los problemas sociales de manera aceptable, si no que los profundiza y los multiplica.
Los movimientos de amplia base social surgen cuando los gobiernos, como los neoliberales, inclinan la balanza a favor del capital, es entonces cuando aparecen expresiones políticas con liderazgos fuertes que representan los intereses de los desposeídos, que generalmente es la inmensa mayoría del pueblo. La emergencia de estos expresiones, con enorme arrastre popular, es lo que no gusta a las élites, porque los desafía, es por eso que terminan calificándolos de populistas o demagogos, contrarios a la fines de la democracia liberal, como ellos la entienden o les conviene que sea. La contradicción entre la justa demanda democrática de atención a las necesidades sociales y la permanente voracidad del capital por la obtención de mayores rentas económicas es lo que provoca el surgimiento de opciones populares, pero la hipocresía política, prefiere llamarlos populismos en vez de reconocer el verdadero origen que motiva su surgimiento.
Pero, ¿qué es el populismo? Para el paradigma dominante de la ciencia política, que es funcional a la democracia liberal carente de escrúpulos, el populismo es una postura política representada por líderes carismáticos que buscan el poder enmascarándose en la reinvindicación de igualdad y de justicia social, que son manipuladores, que engañan y que son demagogos, que son además, irresponsable en la administración de la economía y poco serios con las instituciones del Estado, al pretender cambiarlas o modificarlas para fines personalistas, que casi siempre persiguen la perpetuación en el poder, a través de la reelección. En esta concepción sesgada del populismo y que es una falsa definición académica, se observa con claridad el diseño de un discurso convertido en herramienta ideológica que combate a las opciones políticas honestas que hacen una interpretación fiel o no deformada de la democracia liberal y que pugnan por un mercado regulado y menos agresivo, socialmente hablando.
Sin embargo, Ernesto Laclau, en su libro ‘La razón Populista’, rescata al populismo de las visiones sesgadas de ciertos autores. Desde el mismo título ya se infiere la postura que este autor tiene del tema. De su lectura se concluye que los intelectuales subordinados a los dueños del dinero y representantes de la ciencia política actual, le dan al populismo un tratamiento peyorativo, lo que sin duda le resulta útil al actual discurso liberal democrático. Esta degradación del término constituye el paradigma actual de las ciencias sociales y es el que se ha trasladado a la ciencia política en particular, como reflejo de la época en que vivimos.
Laclau, señala que para progresar en la comprensión del populismo, es condición indispensable rescatarlo de su posición marginal en el discurso de las ciencias sociales, las cuales lo han confinado al dominio de aquello que excede al concepto, a ser el simple opuesto de formas políticas dignificadas con el estatus de una verdadera racionalidad. Continúa manifestando que se debe destacar que esta relegación del populismo sólo ha sido posible porque, desde el comienzo, ha habido un fuerte elemento de condena ética en la consideración de los movimientos populistas, afirmando también que el populismo no sólo ha sido degradado, sino que también ha sido denigrado, agregando finalmente que su rechazo ha formado parte de una construcción discursiva de cierta normalidad, de un universo político ascético del cual debía excluirse su peligrosa lógica.
Interpretando a Laclau, con el riesgo de no hacerlo adecuadamente, si el populismo es visto en la actualidad como una deformación de la política, es debido a que representa un desafío al discurso de la ciencia política dominante, que es funcional a los intereses económicos de quienes se dicen defensores de la democracia liberal; democracia liberal que resulta mancillada, por la carencia de escrúpulos de quienes se dicen sus más fieles defensores.
ramonsalazarburgos@gmail.com

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