Opinión

Una columna (más) feminista

¿Qué significa ser una Igualada? La igualada no respeta: es un desafío en contra de lo establecido. Como generación, como mujeres, nos han dejado muy poco y de eso poquísimo que nos queda algunas hemos intentado rescatar la insolencia. Espacio de reflexión alrededor de enfoques, experiencias y vicisitudes feministas, donde encontrarán pura igualatitud.

Celia Guerrero
@celiawarrior

Voy a decir que un día, en algún punto del limbo entre la infancia y adolescencia, un familiar, las monjas del colegio o una persona desconocida que cruzaba por la calle me lanzó en seco el juicio: ¡eres una igualada! Y fue esa una sentencia, vamos todos a creer, que he escuchado repetidamente desde entonces. Vamos a pensar también que, siendo un dicho un poco en desuso y no comprendido del todo, lo archivé sin analizar en el cajón de expresiones de señoras y señores y continué con mi vida de igualada. Hasta el día en el futuro en el que pensaba en un nombre para una columna (más) de temas feministas, recordé el señalamiento e igualada me pareció un buen mote, perfecto para una joven feminista [feminazi qué] por su connotación despectiva y múltiples interpretaciones.

Pero esas fueron solo suposiciones mías, luego, la internet maravillosa me ayudó a verificarlas: googlié la expresión y encontré dentro de las primeros resultados esta escena de telenovela: La gata igualada le responde a la zorra. Y como internet es lugar lleno de magia [no me cansaré de decirlo], a raíz de ese u otro diálogo telenovelero, una usuaria de la web ya había preguntado al mundo hispanoparlante: “¿Qué significa ser una igualada……….?” (sic).

La respuesta mejor calificada asegura que ser igualada(o) significa tratar a todos igual, sin distinguir entre clases sociales: le hablas a los ricos de tú y, pues, eso no les gusta, explica. Ya tenemos una primera acepción que nos indica cierta osadía derivada de la violación de códigos/categorías sociales [¡interseccionalidad, amikas!], incluso relacionada con el uso del lenguaje [o_0]. Otra respuesta destaca el empleo del dicho para señalar cuando alguien es grosera o confianzuda: la igualada eres tú cuando faltas el respeto a personas mayores o es la trabajadora doméstica que habla con confianza a su empleador. El rasgo definitorio del concepto parece ser el reto a las jerarquías otorgadas por la edad o la relación contractual. Otras interpretaciones coinciden: la igualada no tiene respeto por la autoridad, desobedece las condiciones del rango que ostenta según su edad en relación a la de otros, el puesto que ocupa en un trabajo o dentro de una institución [vaya, vaya vaya]. La igualada no respeta, queda claro, pero esa actitud tiene razón de ser: es un desafío en contra de lo establecido. Creo que me suena.

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Asumo y encarno mi igualatitud, y permítanme la invención del término para que no se confunda con la igualdad a la que se cree aspiramos todas las feministas [tema para rato, léase la próxima entrega]. Hago las paces con ese primer juicio a mi autodeterminación, a mi rebeldía, al quiebre consciente o inconsciente de mandatos. Lo ostento orgullosa y aspiro a ser todos los días más igualada. Además, sirva esta confesión para explicar el título de este espacio y de introducción a lo que vaciaré en él: reflexiones individuales y colectivas, teóricas y prácticas, alrededor de enfoques, experiencias y vicisitudes feministas.

Discúlpenme, lectores ofendidos por el amplio preámbulo y el tono, pero lo primero era necesario para plantear lo segundo. Lo que estoy tratando de decir desde hace tiempo es que como generación, como mujeres, nos han dejado muy poco y de eso poquísimo que nos queda algunas hemos intentado rescatar la insolencia. Por eso la advertencia: este espacio es una columna (más) feminista.

María Galindo Neder, anarcofeminista boliviana, se preguntó en No se puede Descolonizar sin Despatriarcalizar (2013): ¿Tiene sentido a esta altura declararse feminista? Y como respuesta planteó: porque la palabra feminismo, cargada de misterio “habita todavía un cierto aire de postura peligrosa”, porque la postura y la palabra “abre un debate que no está saldado y que no se puede cerrar, sino solo abrir y seguir abriendo”, porque en épocas de transformaciones aparentes “el feminismo sigue funcionando como un compuesto químico que con tan solo unas gotitas, agrieta cualquier ideología para dejarla al descubierto en sus contenidos patrialcales”; sí, sí lo tiene.

Apuestan al silencio, apuestan al olvido. Apuestan a la indiferencia, apuestan a la descalificación. Apuestan a la continuidad de un dominio y opresión. Apuestan a que en la emergencia nos quedemos sólo con la angustia, sin risa, sin gozo. Apuestan al cansancio, al quiebre, a la incomprensión de la división política…

Hay una profunda perversidad en el discurso que evita la comprensión, valoración e identificación de los distintos feminismos y las experiencias políticas de mujeres que pertenecemos a diversas generaciones. Ése es el discurso patriarcal, el que nos coloca en rangos según advierte la diferencia. Acá no, acá encontrarán pura igualatitud.

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