Opinión

El festín de la desmemoria

Un expresidente que para legitimarse declara una guerra que todavía desangra al país, y hoy se declara estadista. Un empresario fracasado devenido en presidente que moralizó la educación sexual. Decenas, tal vez cientos, de empresarios, escritores, periodistas, huérfanos del presupuesto. El coctel político de México 2019, el país que no supera su problema fundacional: no tiene memoria

Alberto Najar*

Ciudad de México – El comentario fue informal. “A ustedes no les van a responder”, me dijeron. El mensajero se refería a mi insistencia por obtener información oficial en el gobierno de Felipe Calderón.

Durante meses todas las peticiones de entrevistas, datos, informes e incluso la agenda cotidiana del gobierno se nos negaba.

Honestamente no me preocupé. Ya sabía que eso podría ocurrir desde que publiqué sobre un punto de acuerdo del Senado para investigar “el atentado terrorista” que significó el estallido de un auto bomba en Ciudad Juárez. El primero de varios.

Desde el inicio de su guerra Calderón rechazaba que hubiera terrorismo en el país, a pesar de que la violencia se parecía cada vez más a esa definición:
Los autos bomba estallaron no sólo en Ciudad Juárez sino en Tamaulipas y Michoacán. Y también Los Zetas atacaron con granadas a la multitud que festejaba la Independencia en la plaza central de Morelia en septiembre de 2008.

Para el controvertido político eran daños colaterales de la batalla entre delincuentes. Cuando se publicó la nota sobre el acuerdo del Senado, en su oficina de Comunicación montaron en cólera. Llegaron al extremo de sugerir a mis editores en Londres que me despidieran.

Por supuesto que los mandaron a un rancho en Palenque, Chiapas. Pero en represalia el resto del sexenio se cerró la información oficial para la corresponsalía de BBC, donde sigo trabajando.

Recordé la anécdota hace unos días cuando leí en Twitter los mensajes de solidaridad de Calderón para el diario Reforma, enfrascado en una controversia con el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Es patético ver al controvertido personaje en su pretendida defensa de la libertad de expresión, como si pensara que nadie recuerda su histórica y abierta hostilidad al periodismo crítico.

Tiene algo de razón. En los seis años que ocupó la residencia oficial de Los Pinos, el país se envolvió en una vorágine de masacres, desapariciones, secuestros y ataques con armas de guerra.

La violencia se metió en la vida cotidiana de los mexicanos que extraviaron paulatinamente la capacidad de asombro.

Lo mismo ocurrió en el gobierno de Enrique Peña Nieto, marcado por la corrupción y la inseguridad. Un escándalo opacaba al anterior. El hilo fue tan largo que muchos perdieron la cuenta.

Es la desmemoria que Calderón pretende aprovechar. Pero no es el único. Casi cada hora, desde su cuenta de Twitter el expresidente Vicente Fox cuestiona a López Obrador.

Muchas de sus críticas van contra los programas sociales del presidente y lo que, dice, son caprichos de AMLO. Pero Fox, convenientemente, olvida el pasado.

Durante su gobierno la Secretaría de Salud redujo al mínimo los recursos para programas públicos de planificación familiar y la distribución de anticonceptivos.

Una buena parte de ese dinero se entregó a organizaciones civiles que como “educación sexual” promueven la abstinencia y valores religiosos.
Allí empezó la epidemia de embarazos en adolescentes que azota al país. El capricho de Fox y su esposa, Martha Sahagún, cambió la vida a millones de personas.

La corta memoria o en algunos casos la ausencia de ésta es un problema recurrente en México. No son pocos los politólogos que ubican a este fenómeno como parte de la subsistencia del PRI en el gobierno por casi un siglo, por ejemplo.

Ahora el problema es mayor por la sobreinformación en Internet, y también el hartazgo de millones de personas hacia los avatares de la política de su país.

Un vacío que también pretende llenarse con versiones falsas o con la manipulación de datos en algunos medios. Un ejemplo reciente es la inusual ola de migrantes que cruzan la frontera sur del país.

En radio, televisión, internet y periódicos se difundió que en el nuevo gobierno se deporta a más personas que en el sexenio de Peña Nieto. No fueron pocos los medios internacionales que retomaron la idea.

Es falso. Entre enero y marzo de 2018 el Instituto Nacional de Migración regresó a sus países a 27,648 migrantes. En los primeros tres meses de 2019 los deportados son 22,614 con el añadido que, este año, varias caravanas multitudinarias han cruzado la frontera. La ecuación es simple: más migrantes, menos deportados. Mucho escándalo. Poca información.

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Los datos son de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación y reflejan una estampa de la percepción que pretende crearse sobre el nuevo gobierno. López Obrador repite que los adversarios apuestan a su fracaso con esa clase de versiones. Es cierto. Pero también lo es que el presidente tiene alguna responsabilidad.

La decisión de concentrar en él la información sobre su gobierno, y la respuesta a las críticas de los adversarios en las conferencias de prensa matutinas es una apuesta arriesgada: El eventual éxito de su estrategia será cosecha suya. Pero todos los fracasos y errores se anotarán a su cuenta.
No es todo. Antes del 1 de julio cuando ganó la elección presidencial con el mayor respaldo de la historia, López Obrador dijo que no le mueve ánimo de venganza y que buscaría la reconciliación en su gobierno.

Ha sido su bandera desde entonces. Y quién sabe si realmente funcione. Todos los días en internet algunos dicen que el presidente es autoritario, o que “polariza” (el verbo no existe) a los mexicanos.

Y también, con frecuencia, en sus encuentros con los periodistas López Obrador suele revelar desfalcos, fraudes, abusos y posibles delitos cometidos en los gobiernos anteriores. Pero hasta ahora las revelaciones se quedan en las conferencias mañaneras. Se conoce de algunas acciones concretas para sancionar las irregularidades, pero ninguna parece alcanzar a las cúpulas, “los machuchones” como les llama el presidente.

Para las conspiraciones de políticos y grandes empresarios que desde 2004 intentaron bloquear su elección la respuesta es “amor y paz”. En un país con el mayor número de homicidios desde la guerra civil que empezó en 1929, con al menos 10 mil niños asesinados, donde el capital sigue concentrado en algunos corporativos parece una medida prudente buscar la reconciliación.

El problema es cómo se lee el mensaje. Desde julio pasado en medios tradicionales e internet existe una intensa campaña de descalificación y odio que no parecía afectar la imagen presidencial. Hasta hace unas semanas, cuando las encuestas anunciaron una caída en el respaldo a López Obrador. El mensaje que algunos leyeron fue: el presidente no es intocable.

Es muy probable que personajes como Calderón, Fox y la cauda de empresarios, periodistas, intelectuales, escritores, analistas y otros críticos entiendan que es un escenario esperado, el declive natural por el ejercicio de gobierno que sucede en todo el mundo.

Pero en el festín a la desmemoria que convocan con gozo los datos duros, la información real, no importan. Y López Obrador, con sus mensajes confusos, tampoco se ayuda. No conozco alguna medición o encuesta del tema, pero creo que entre los 30 millones de votos que obtuvo el presidente hubo muchos que esperaban sanciones a los abusos de los gobiernos pasados.

El domingo 5 de mayo hubo varias marchas para rechazar el gobierno de López Obrador, movilizaciones marcadas por el clasismo y odio de un sector de la sociedad aterrorizado por sus complejos y el riesgo de perder sus privilegios.

No está claro el origen de la convocatoria, pero sí quienes fueron sus principales promotores: los señalados cotidianamente en la lista de abusos y eventuales delitos. En uno de los tantos programas de análisis sobre las protestas Roy Campos, director de la empresa de opinión pública Consulta Mitofsky, dijo que la oposición al presidente está “envalentonada”.

Confunden el ánimo de reconciliación presidencial con una fisura, una oportunidad de aprovechar la desmemoria para ganar terreno político.
En algunos eventos polémicos, como la encuesta sobre la termoeléctrica en Morelos, el presidente ha dicho que gobernar implica tomar decisiones controvertidas, a veces impopulares.

Tal vez se acerca uno de esos momentos. Sancionar pronto los abusos y delitos de los años recientes puede ser una de esas medidas. Porque cada vez es más necesario responder una pregunta:
¿Hasta qué punto el amor y paz garantizan la gobernabilidad en el convulso México de 2019?

*Alberto Najar. Productor para México y Centroamérica de la cadena británica BBC World Service. Periodista especializado en cobertura de temas sociales como narcotráfico, migración y trata de personas. Editor de En el Camino y presidente de la Red de Periodistas de a Pie.

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