Opinión

Desaparecida

Olga Aragón

Ella no podía resignarse con los trozos de un cráneo roto y unos cuantos huesos que le entregaron en el servicio médico forense. ¿Cómo consideran que voy a aceptar que esto es todo lo que queda de mi hija? ¡Devuélvanmela completa, no sean infames!, imploró a gritos.

Rosana estalló en un llanto incontrolable que la desfiguraba. Lloró hasta quedar afónica.

Jamás olvidaré ese momento en que resignada tomó los restos de su hijita Esmeralda y amorosamente los apretó contra su pecho.

Después de un año y varios meses de estar buscando a la joven desaparecida, encontraron parte de su osamenta en un paraje semioculto de la carretera libre de Chihuahua a Ciudad Juárez, en el tramo conocido como Las Curvas del Perico.

Estaba semienterrada en una fosa casi a flor de tierra. La reconocieron por el vestido guinda del uniforme de la secundaria atrapado en unos gatuños.

Su madre, Rosana, emprendió entonces una tarea solitaria. Todos los días recorría el lugar del hallazgo y fue encontrando las piezas del esqueleto. Hasta que se convenció que ya había removido mucho terreno y sería imposible tenerla completa.

Hueso por hueso, como se arma un rompecabezas, realizó lo impensable. Recuperó el esqueleto casi entero, unió los trozos del cráneo entre sí y luego al cuerpo.

Al final colocó sobre la osamenta el vestido blanco de quinceañera que había comprado en secreto para festejarla. No pudo hacerlo en vida, alguien raptó a su niña en la víspera del cumpleaños y la madre enloqueció de dolor.

Esta historia es real. Su recuerdo es un nudo doloroso en la garganta, de rabia e impotencia.

Rosana sepultó a su niña en un ataúd blanco, hermoso, como el vestido de fiesta con el que cubrió los restos mortales de la quinceañera y dejó un beso en la frente de la que había sido inspiración de su existencia. Nada espantoso había en la conducta de esta madre, todo era amor en un grado sublime que trasciende a la muerte. Así se despidió de su hija única.

Nos abrazamos fuerte. Me dijo que regresaría a su tierra natal, al sur del país. Jamás volvería al norte, necesitaba olvidarse de todo y de todos. Prometí, como me lo pidió, nunca mencionar sus nombres verdaderos, tenía miedo. Así nos despedimos.

¿Cómo imaginar que al paso de los años este horror se multiplicaría por mil, por diez mil, por cuarenta mil o no sé cuántas decenas de miles en nuestro país?
México entero está como Esmeralda, roto en pedazos enterrados en un sinnúmero de fosas clandestinas o desechos en ácido.

¿Quiénes y cómo podrán encontrar a sus seres amados esas 40 mil familias? Quieren encontrarlos vivos, terminan buscando entre muertos ¿Cuándo descansarán tantas madres que andan como almas en pena escarbando la tierra con las uñas, si no hay más, para desenterrar la verdad?

Desaparecido (a) persona que se encuentra en un lugar desconocido o muerta debido a acciones represivas o a catástrofes naturales, así definen los diccionarios el significado. Una definición insuficiente para abarcar tanto dolor.

Conozco ahora historias quizá más dolorosas. Historias de quienes no tienen el consuelo de haber encontrado ni siquiera el menor indicio del lugar desconocido donde pudiera estar la persona desaparecida, viva o muerta.

Cuando escribía por primera vez este concepto, no sabía cómo describir todo lo que entraña. Aún no puedo. Con el tiempo la realidad fue convirtiendo este concepto y su terrible significado en palabra común. Ahora sabemos que hay secuestrados (por los que se pide rescate), que hay desapariciones forzadas (son crímenes de lesa humanidad cometidos por agentes del estado, sean policías, militares o funcionarios públicos); sabemos que la desaparición es un delito muy grave que no deja de cometerse mientras la persona continúa desaparecida. Es quizá para muchas víctimas peor que la muerte.

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Lo que no sabemos es dónde están, cómo encontrarlos. Algunos familiares de desaparecidos se han convertido en expertos. En Tijuana, Fernando Ocegueda y su asociación civil “Unidos por los desaparecidos”, en diez años han encontrado los cuerpos de 14 personas, ninguna pertenecía a alguna de las 480 familias de la organización.

Fernando dice que en su organización han creado una base con las muestras de ADN de 500 familias, y en los próximos meses buscarán ampliarla para aplicar la nueva técnica mitocondrial de la Fiscalía General de la República, con el fin de que crezcan también las posibilidades de identificar a personas no localizadas.

Aprendió de genética. Explica que antes los estudios de muestras de un ADN tenían 16 alelos y ahorita el ADN que están sacando, que se llama ADN mitocondrial, tiene 24 alelos y eso es muy bueno, porque es más precisa la información y hay mayor posibilidad de encontrar los restos humanos que están buscando y rescatarlos. Esto significa, dijo el padre de familia especializado en búsqueda de restos humanos, que antes era necesario tomar muestras de ADN a familiares directos como los padres y los hijos por cuestión genética y para identificar las similitudes; con el ADN mitocondrial cualquier miembro de la familia puede dar su muestra.

Un día levantaremos el censo de fantasmas como el Inegi levanta cada diez años el censo nacional de población.

¿Un día los corazones cicatrizarán? Los Fernandos Oceguedas y las Rosarios Ibarras de Piedras que se multiplican por miles en el país, debido a esta lacerante tragedia, dicen que no, que los desaparecidos son siempre una herida abierta.

Revertir una tragedia de esta magnitud, ha dicho el subsecretario de Derechos Humanos de Gobernación Alejandro Encinas, exige de un enorme esfuerzo institucional y social.

Dice que el Estado asumirá su responsabilidad y construirá junto con las familias este esfuerzo, para que se esclarezcan estos delitos y se haga justicia, pero también para evitar que esta forma extrema de violencia nunca más se repita.

Conozco a Alejandro Encinas desde hace mucho tiempo, desde los años setenta. Es un humanista, un hombre de firmes convicciones y capacidad intelectual. Es honesto y tiene palabra de honor. El problema es que enfrenta una tragedia nacional de magnitud monstruosa.

¿Tendrá los recursos humanos y materiales suficientes para cumplir la tarea encomendada? El gobierno de Andrés Manuel López Obrador está en sus albores, es cierto. Ha heredado este horror de violencia, es verdad. Pero no pueden cometerse errores elementales como omitir reportes de hallazgos de docenas de fosas clandestinas, como en el caso de Ciudad Juárez, cuando se presenta el primer informe del nuevo gobierno sobre el registro de estos agujeros de la muerte, porque si se omiten desaparecemos para siempre a los desaparecidos, es decir, el estado se vuelve cómplice, por omisión, de este crimen que no cesa.

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