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La semilla que un día germinará: Un vistazo a un grupo de reeducación masculina

Julio Sandoval / @jota_sand
LadoBe

Puebla, Puebla –Me enojé porque no me avisó que iba a salir con sus amigas. Cuando llegó discutimos y me dijo que no tenía por qué avisarme sobre todo lo que hacía. Dio la vuelta para irse y en ese momento la sujeté del brazo y la jalé– relata uno de los asistentes.

–¿Te puedo apoyar?– pregunta Gabriel Liceo, miembro del colectivo Bienestar, Equidad y Salud, y facilitador en el grupo Hombres Trabajando(se) Puebla.

El hombre responde afirmativamente, y recibe unas sugerencias para completar el análisis de su testimonio: “¿Qué pensaste cuando ella te dijo eso?”, “¿Cómo te sentiste después de lo que hiciste?”.

Todos los presentes escuchamos y reflexionamos. Pensamos en situaciones pasadas o en momentos recientes en los que pudimos hacer algo similar: una agresión física, una palabra, un gesto.


Hay situaciones en las que existe abuso de poder de unas personas sobre otras solo por su sexo. La mayoría de las sociedades, sobre todo en Latinoamérica, plantean patriarcados, y tienen este peso histórico que no se puede evadir. Es parte de la formación, se da de manera automática y, por lo tanto, no se cuestiona. –En una sociedad que pretende ser justa, es necesario que nos estemos revisando constantemente– asegura Gabriel.

Hace 11 años a Gabriel se le presentó la oportunidad de tomar una capacitación para formar grupos que sensibilizaran a hombres sobre la violencia que ejercen en la vida cotidiana, a través de círculos de conversación en los que contaran sus testimonios y reflexionaran sobre sus acciones. En aquella capacitación iniciaron 18 voluntarios, pero sólo dos la terminaron: Gabriel y Cirilo Rivera.

En un principio optaron por trabajar lo aprendido sólo con algunos amigos, pero al poco tiempo, y ante el apoyo de varios grupos feministas, decidieron abrir las sesiones a cualquier hombre que quisiera tratarse. Así le dieron vida a Hombres Trabajando(se).

Este es un grupo de reeducación masculina que busca erradicar cualquier tipo de violencia a través de la metodología CECEVIM, la cual responde al nombre de la organización en la que se desarrolla: Centro de Capacitación para la Erradicación de la Violencia Intrafamiliar Masculina.

La metodología fue creada por Antonio Ramírez hace más de 30 años. Se conforma por dos cursos; el primero intenta explicar, primero de manera colectiva y luego de manera particular, cómo se ejerce la violencia con otras personas, para después analizar los impactos y hacer compromisos para cambiar esa situación; el segundo busca la creación colectiva de alternativas ante situaciones de tensión o fricción que antes se habían resuelto con violencia.

En México, la metodología CECEVIM está regulada por la asociación civil Gendes (Género y desarrollo). El organismo se encarga de verificar que el modelo se aplique de manera correcta.

Gendes colabora con Antonio Ramírez y con diversas organizaciones de Estados unidos y Latinoamérica en la revisión constante de la metodología. La actualización toma en cuenta las características propias de cada lugar.

***

La sesión comienza minutos después de las siete de la noche. Todos están sentados en círculo. Gabriel me cuenta que en algunas ocasiones han venido mujeres como observadoras; cuando esto ocurre, se les asigna un lugar en la sala y se les pide discreción. A mí me ha pedido que forme parte del grupo, que tome un lugar dentro del círculo como si fuera mi primera participación en este lugar. Y como –en teoría– lo es, me pide que observe para aprender cómo hacer las actividades.

–Vamos a hacer parejas para leer nuestros compromisos de inicio–sugiere Gabriel.

Las parejas leen los compromisos incluidos en el manual de la metodología CECEVIM: “me comprometo a no ingerir alcohol u otras drogas durante el tiempo que asista a las sesiones”, “me comprometo a no seguir a mi pareja si busca refugio”…– y responden: “me comprometo”. Al terminar se les pide que hagan un par de ejercicios de respiración, poniendo la mano derecha en el pecho y la mano izquierda en el estómago; en ambos, de manera interna o externa, se dice la frase: “yo soy”.

El círculo lo formamos 11 hombres, todos de distintas edades: 22, 28, 34, 45… Antes de la sesión, uno de ellos me permitió hacerle unas preguntas. Es quien más tiempo lleva en este grupo. Llegó aquí luego de una serie de conflictos en su matrimonio. Han pasado ocho meses desde aquella primera visita. Hoy está convencido de que es importante disolver las “autoridades” que se le concedieron al hombre por default, como la toma de decisiones o el uso de la fuerza. A pesar de esto, y de las mejoras que ha visto en su relación luego de las sesiones, manifiesta que aún hay mucho trabajo por hacer.

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Cada miembro se presenta con su nombre y su número de sesión. Hay algunos que vienen por segunda vez. Gabriel me menciona que es raro cuando no hay un integrante nuevo; asegura que desde 2016 la participación ha aumentado y ha sido constante. Atribuye esto al gran interés mostrado, en los últimos años, por parte de organizaciones civiles e instituciones públicas por atender el problema de la violencia ejercida por hombres.

–Espacio social: Es el lugar en donde se desarrolla el hecho– lee uno de los participantes.

Cada hombre lee uno de los conceptos escritos en el manual (los cuales en la siguiente etapa ayudarán a encontrar cada síntoma de violencia en un acto) e inmediatamente lo ejemplifica con una situación ocurrida en la semana o en el pasado. Cuando alguien no entiende completamente el concepto, puede intervenir algún miembro, empezando su sugerencia con un “¿te puedo ayudar?” o “¿te puedo preguntar?”.

Después de leer y de ejemplificar cada concepto se pasa a un testimonio particular. Una semana antes se planea esto; un miembro se compromete a contar su caso. El facilitador pide apoyo de dos voluntarios: uno escribirá en el pizarrón y otro lo hará en una hoja que se le entregará al final de la sesión a quien cuenta la historia.

El hombre comienza con su testimonio, todos escuchamos. Las palabras surgen, pero algunas pesan. Termina. Hay silencio.

–Bueno, vamos a continuar. Recuerden que no venimos a dar consejos, ni a juzgar, venimos a apoyar y a ser apoyados– aclara Gabriel.

El hombre que contó su historia es invitado a analizar él mismo su caso con los conceptos que previamente se leyeron en el manual y que también están escritos en el pizarrón. Los dos voluntarios anotan las ideas en el campo correspondiente.

Hay categorías que reúnen los conceptos, entre ellas se encuentran: Espacios en los que sucedió la acción (social, intelectual, interior); Tipos de violencia (física, sexual, emocional); Manera en la que se ejerció la violencia (tipo de “autoridad” que se pretendió; reacción que se esperaba tras el abuso); y Actitudes irresponsables (negar, minimizar, coludir).

El análisis está completo, pero algunos comentarios surgen para cambiar o para añadir algo importante; no hay muchos, en realidad. La mayoría vienen del facilitador. Al ya no presentarse dudas o sugerencias se pasa a la siguiente parte. Se analizan los impactos.

En este punto, al hombre se le corta un poco la voz; al parecer encontró algunas cosas que no había notado antes. Menciona los impactos que piensa que dejó este acto en la persona violentada.

–¿A qué te comprometes?– pregunta Gabriel.

–Me comprometo a escuchar más a mi pareja y a no intervenir en su libertad… también a evitar cualquier tipo de contacto físico abusivo

Al terminar, Gabriel agradece su testimonio y sus compromisos. Pide al mismo tiempo que le demos un aplauso por compartirnos su caso.

La sesión termina con la lectura de los compromisos de salida (los mismos que los de inicio). Son las nueve y unos minutos. Todos respondemos: “me comprometo”, convencidos de lo importante que es la constante búsqueda y aceptación de masculinidades no violentas, equitativas y justas.

–Es necesario que los hombres nos asumamos como parte integral de esta transformación urgente, ubicando las problemáticas y los riesgos que viven las mujeres– asevera Gabriel. Este tipo de iniciativas son como una semilla, que puede tardar varias generaciones en germinar, pero que en algún momento ofrecerá frutos.

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