Opinión

¿Y Centroamérica, apá?

En el debate de odio contra el gobierno de López Obrador pocos recuerdan que hay un actor fundamental en la controversia por migrantes con Donald Trump: Centroamérica, de donde viene el éxodo y que, en términos reales, parece no tener el menor interés en meterse al problema.

Alberto Najar

Ciudad de México – Sorprendieron las preguntas de algunos periodistas.
En la más reciente conferencia “mañanera”, el cotidiano encuentro del presidente Andrés López Obrador con reporteros, algunos cuestionaron por qué se ofrecía empleo a los centroamericanos que se espera arriben a México en las próximas semanas.

Alguno inclusive acusó a las autoridades de ser “demasiado permisivas” y aplicar una política “de abrazos” que, según la tesis, propició el inédito aumento en el flujo de personas.

Pareció que los compañeros descubrieron que hay migrantes en México. Olvidaron, por supuesto, que hubo tragedias como las masacres de San Fernando y Cadereyta. Que el territorio mexicano es una enorme tumba de centroamericanos.

La mañanera de este 12 de junio es una muestra de lo que sucede en el país. Los medios tradicionales, junto con empresarios y políticos opositores, se enfocan en criticar al gobierno de AMLO.

Mantienen el debate en temas ridículos como los zapatos sin bolear del presidente o que no cante el himno nacional por una supuesta religión evangélica.

Mientras se entretienen con eso –y sus campañas de odio para pretender descarrilar el gobierno de López Obrador– parecen olvidar un elemento central en la disputa de México con Estados Unidos por la intentona de aplicar aranceles al libre comercio.

Es un actor del que depende el éxito o no de la nueva cuestionada estrategia para controlar el flujo de migrantes: los gobiernos del Triángulo Norte es decir Guatemala, Honduras y El Salvador.

De allí, especialmente de Honduras, proviene la mayor parte de los 144 mil migrantes detenidos en Estados Unidos el mes pasado.

Y hasta el momento no hay un pronunciamiento, ni siquiera algún comentario en medios para referirse al tema a pesar de que tienen una enorme responsabilidad en el creciente éxodo al norte.

¿Por qué el silencio? Hay varias explicaciones.
La más sencilla es que no quieren pelearse con Trump no sólo por la dependencia de las remesas, sino porque al menos en el caso de Guatemala el presidente Jimmy Morales es un abierto simpatizante del magnate.

Morales es un excomediante que en su gobierno se ha dedicado a combatir todos los esfuerzos para sancionar la corrupción, e incluso virtualmente echó de su país a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG).

Es un organismo creado por la ONU hace más de una década para reconciliar a un país sobreviviente de una prolongada guerra civil. Gracias a la CICIG se desmanteló una extensa red de corrupción encabezada por el expresidente Otto Pérez Molina, quien está en la cárcel junto con la exvicepresidenta Roxana Baldetti.

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El de Juan Orlando Hernández, presidente de Honduras, es considerado un narcogobierno por Estados Unidos, e incluso la DEA mantiene una ficha contra el mandatario acusado de proteger carteles de la droga.

Hernández obtuvo el poder tras un cuestionado proceso electoral, calificado como fraudulento por la OEA. Desde hace meses miles de personas salen cotidianamente a las calles para protestar por la crisis económica y la violencia de las pandillas de maras. Pero son muchos más los que huyeron del país.

Y en el caso de El Salvador el nuevo presidente, Nayib Bukele, se encuentra en una cruzada para despedir a la mayor cantidad posible de burócratas, lo que le valió ya un pleito con la Corte Suprema de Justicia.

Hay un dato más. Los proyectos para combatir la violencia, restaurar las fiscalías y sistemas de justicia, rescatar a los niños y adolescentes del reclutamiento forzado de las pandillas de maras y combatir la violencia de género en estos países se financia, sobre todo, con recursos estadounidenses.

No hay, pues, mucho espacio para comprar un pleito donde ellos deberían ser los contendientes. No lo harán, porque en realidad al Triángulo Norte nunca le ha importado la expulsión de personas.

De hecho algunos creen que olvidar a los migrantes es parte de una estrategia. Mientras más personas se van mayor es el monto de remesas que regresan.

Menos gente en pueblos y ciudades, menores las protestas y en algunos casos, como en la región Garífuna de Honduras, es mayor el terreno libre para los megaproyectos.

El canciller Marcelo Ebrard dice que negociará con los gobiernos del Triángulo Norte la mejor estrategia para contener el éxodo. Pero, ¿realmente hay condiciones para hacerlo?

Jimmy Morales termina su periodo este año. Juan Orlando Hernández debe resolver primero su problema con la DEA. Y el interés de Bukele está en otro lado.

Incluir a Panamá en el acuerdo, como dice Ebrard, en teoría es buena idea. Pero en los hechos es difícil que sirva de mucho.

Los panameños, especialmente sus gobiernos, ven los problemas de la región como ajenos a ellos. Es más, históricamente no se consideran centroamericanos.

Así, para que en mes y medio funcione la estrategia migratoria y evitar una nueva ronda de incertidumbre y negociaciones con Trump, con mayor desventaja que hace unos días, López Obrador se tendrá que rascar con sus propias uñas.

Porque de los vecinos del sur, que en los años 70 definieron a México como “El Hermano Mayor”, es muy poco lo que debe esperarse.

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