Opinión

Todos sangramos de la misma herida

Elizabeth Castañeda
Periodista

El Paso, Texas – ¿Ustedes los de Juárez están acostumbrados a esta violencia, no? Fue una pregunta que me hicieron con respecto al certero golpe que recibimos los fronterizos de El Paso-Ciudad Juárez tras el ataque reciente a Walmart, que es visitado por un promedio de 60 mil personas a la semana, en su mayoría mexicanos, no solo de Juárez y El Paso, sino de lugares circunvecinos.

Al escuchar esta pregunta, volteé molesta porque me sentí ofendida, pero con respeto y con toda la tranquilidad con la que se deben de responder estas preguntas le dije a quien me cuestionaba: “No, los juarenses, los mexicanos, no estamos acostumbrados a la violencia, nadie se acostumbra a la violencia jamás. En mi ciudad de origen, Ciudad Juárez, en México en general, sí padecemos violencia y mucha, pero nunca como está, allá no matamos por odio, por la diferencia de nuestro color de piel, porque hablamos otro idioma.

No, en Juárez, nunca se ha matado por odio, nunca ha existido una masacre de tal magnitud. Sí, allá en Juárez existe el narcotráfico y se matan entre ellos en las calles o entran a centros comerciales y persiguen a quien andan buscando y disparan y entre la persecución se llevan a víctimas inocentes, pero nunca nunca nos hemos acostumbrado a la violencia y mucho menos aquellos que hemos sido tocados de alguna u otra manera por ella.

Sí, nuestra ciudad hermana, mi ciudad de nacimiento, fue considerada la más violenta y fue duro vivir, convivir y sobrevivir ahí, pero nunca nadie ha llegado al Smart o a Soriana a matar a las personas simplemente por matarlas, hasta hoy nunca nadie nos odia tanto como para hacer eso.

Bueno, eso pensaba yo, que nadie odiaba tanto a los hispanos, en este caso a los mexicanos como para lastimarnos tanto hasta el sábado 3 de agosto del 2019, día que quedará grabado en nuestras mentes y corazones como el ‘Día del Odio vs. los Mexicanos’, porque nada mejor describe como un chico de solo 21 años, se tomó el tiempo para pensar y analizar cuál lugar sería perfecto para herir en su “mero corazón” a los mexicanos, para “matar el mayor número posible ante la invasión hispana”.

Este joven que tuvo el tiempo para escribir “su manifiesto antimigrante” y compartirlo por internet, también se tomó el tiempo para viajar unas nueve horas en su vehículo y sus armas mortales y lo peor, al llegar al lugar, al Walmart de 60 mil personas que lo visitamos a la semana en su gran mayoría mexicanos, se bajó de su carro, entró y vio nuestros rostros con nuestros peculiares rasgos, los pocos norteamericanos y hasta un alemán perdido en nuestro Walmart pasaron desapercibidos, precisamente porque había tantos mexicanos que Patrick Crusius no alcanzó a verlos.

Entonces, su odio a nuestra gente lo hizo sentirse glorioso y satisfecho de que todo su cálculo antes realizado, resultaron perfectos y eso infló más su estúpido ego y su enfermizo odio. Lo demás, no hace falta describirlo porque todo lo sabemos.

Hoy, todos sangramos de la misma herida, ese día todos fuimos heridos, tremendamente lastimados, el dolor se podía escuchar en las llamadas por teléfono que muchos hicimos, en los textos escritos en las redes sociales, en las noticias, en las calles. La incredulidad nos invadió a todos, nadie podía creer que en una de las ciudades más seguras de Estados Unidos estuviera pasando esto, nadie daba crédito que en El Paso, Texas, en nuestro “Chuco”, en donde la gente se desvive por atender al visitante, donde a pesar de las diferencias políticas o culturales todos somos amigos, donde muchos de nosotros encontramos refugio y un “pedacito nuestro” para vivir y ofrecer un mejor futuro a nuestras familias, donde existe una gran riqueza cultural y donde empieza un país y termina otro fuera el blanco de un ataque como el del 8/3.

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Casi de manera inmediata, vino la rabia, sí la rabia de esa que te hierve la sangre al ver en los videos que circularon como el agua por las redes a los heridos, los cuerpos inertes, la desesperación de las personas en Walmart y por toda el área de Cielo Vista o por el sonido ensordecedor de las ambulancias para los que vivimos cerca o estuvieron encerrados en el tráfico donde solo se cruzaban las miradas de los conductores preguntándose ¿qué está pasando? Y vinieron más preguntas: ¿quién fue capaz de hacer esto? ¿por qué lo hizo? Y el miedo también llegó a circular entre los paseños con los rumores que eran varios los “Patricks”, qué ya habían atacado otro lugar, qué ya cerraron el centro comercial Basset, qué parece que fue en otro Walmart de Yarbrough o Horizon, el caos imperó por unos momentos porque nadie sabía que estaba pasando realmente.

Pero después vino lo más grande, lo más asombroso, pero no lo menos creíble. Esos mexicanos, esos paseños, esos juarenses, esos alemanes, esos norteamericanos, esos afroamericanos, TODOS esos fronterizos, tomaron una bocanada de aire para calmar la incredulidad, la rabia, el desconcierto y el dolor y salieron a las calles, todos fueron en ese momento MEXICANOS- HISPANOS, sus pieles no tuvieron color y todos salieron a apoyar, a rezar, a donar sangre, a repartir aguas, comida, se entrelazaron en uno solo como hermanos, como “raza”, como “carnales” porque Patrick, con su odio, no pudo matar lo que une a estas dos fronteras hermanas, que es el amor y la hermandad, sensaciones que este joven de 21 años nunca conoció ni llegará a conocer porque él no se tomó el tiempo de conocernos, de sentir nuestro afecto, nuestras costumbres, nuestra entrega, nuestro corazón que hoy dejó mal herido, pero que nunca nunca odiará a tal grado y se acostumbrará a la violencia.

*La autora es periodista en El Paso, Texas. Ha ejercido también en Ciudad Juárez, Chihuahua.

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