Opinión

El Chupas, Los Claudios, El Pato: el viejo sótano capitalino que nadie quiere cerrar

Muchos se indignaron por la agresión a un periodista en la protesta más reciente contra violencia a las mexicanas. Pero detrás del artero ataque existe una vieja estructura de violencia callejera patrocinada por los distintos gobiernos del Distrito Federal. Los provocadores de la reciente marcha feminista no son nuevos. Aquí un prontuario sobre la vida y modus operandi de la violenta organización

Alberto Najar
@anajarnajar

Ciudad de México – Le dicen El Chupas. Es el sujeto que el viernes 16 de agosto, en el momento más álgido de una protesta por abusos de policías contra mujeres en Ciudad de México, golpeó a un periodista cuando transmitía en vivo por un canal de televisión abierta.

El agresor, identificado luego como Luis Ángel ‘N’, fue capturado días después de la protesta. Es, dicen los medios tradicionales, integrante de la banda conocida como Los Claudios.

Se trata de un grupo de golpeadores originarios de Cuajimalpa, y que crecieron bajo el padrinazgo de funcionarios y políticos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la demarcación.

Los medios tradicionales, portales y redes de internet se dieron vuelo con el “descubrimiento”. En los noticieros de televisión, los diarios y algunos espacios de radio abundaron los perfiles, análisis, comentarios y reportajes especiales sobre la banda.

En México hay grupos de choque. Provocadores de violencia, fue el mensaje de los sagaces comunicadores.

Chocolate por la noticia, Monsiváis dixit. Aplausos, diría algún comediante de televisión. Porque El Chupas y su presunta banda son bisnietos de un viejo sótano de la capital mexicana.

Hace más de medio siglo que existen los grupos de choque que ahora causan asombro. Son los que atacaron en las calles del entonces Distrito Federal a las movilizaciones de los ferrocarrileros en 1958.

Que golpearon hasta la muerte a enfermeras y médicos en la huelga del sector salud de 1964. Los que fracasaron en la protesta del Consejo Nacional de Huelga de 1968 y se vengaron con el “Halconazo” del 11 de junio de 1971.

Los bisabuelos de El Chupas rompieron huelgas de trabajadores inconformes en los años 70, y uno de sus miembros detonó explosivos en dos puertas de Palacio Nacional el 1 de mayo de 1984.

Se trata de José Antonio Palacios Marquina, “El Pato”, quien en su momento reconoció ser el autor de los bombazos.

La estirpe de los grupos de choque capitalinos reapareció en las concentraciones electorales de 1988, y en el complicado proceso electoral de 1994.

Ya después se hicieron más frecuentes, cotidianos en el aniversario de las matanzas de Tlatelolco y el Halconazo.

En todos los casos hay un común denominador: desde su nacimiento los bisabuelos de Los Claudios y El Chupas han estado patrocinados por el poder.

Por décadas estuvieron en la nómina de la Dirección de Servicios Generales en las delegaciones del Gobierno del Distrito Federal. Otros cobraban en el PRI.

Muchos se refugiaron en organizaciones estudiantiles, cercanas al Instituto Politécnico Nacional (IPN), y algunos estaban a sueldo del área de Promoción Deportiva del gobierno central.

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En 1997 el PRI perdió el gobierno de la capital mexicana. Para los grupos de choque hubo pocos cambios. Ya no estaban en la nómina oficial pero hubo tolerancia a su nueva forma de vida que aún existe.

Un ejemplo es la Junta Local de Conciliación y Arbitraje de CDMX, donde por unos miles de pesos se puede contratar a golpeadores que rompan huelgas, desalojen viviendas, edificios… O encontrar el grupo indicado a contratar para la provocación de alguna marcha.

Otro caso son los “vagoneros” del Sistema de Transporte Colectivo (Metro), especialmente en la línea 8 que comunica al barrio de Tepito con la alcaldía de Iztapalapa. Dos de los sitios con mayores problemas de delincuencia organizada en la capital mexicana.

Y uno más, los guardias de los “toreros”, vendedores ambulantes que ofrecen su mercancía en lugares prohibidos en el centro de Ciudad de México.

Se trata de una red atenta a las operaciones contra la venta irregular y que en minutos son capaces de desalojar a sus protegidos de banquetas, plazas y avenidas.

Son golpeadores que se comunican por radio o teléfono celular pero que su vida en las calles tiene matices:

No es lo mismo vigilar la Avenida Juárez o el Eje Central en la parte más turística del centro capitalino que hacerlo en las calles de El Carmen, Moneda o Guatemala.

En las primeras el peligro es un decomiso por parte de funcionarios de la alcaldía de Cuauhtémoc. En el otro el riesgo son bandas de contrabando y narcotráfico.

La calle El Carmen, por ejemplo, es el destino de cientos de contenedores con contrabando que cada semana arriban a México.

De lugares como éstos, y otros más en los suburbios de la capital, provienen los grupos de choque que tanto asombro causan estos días.

Lo más curioso es que la información es conocida por –o deberían saber- las autoridades de Ciudad de México.

De hecho lo saben. La elección de un nuevo gobierno implicó cambiar a los altos funcionarios de las alcaldías y del gobierno central.

Pero el resto del personal es el mismo, incluso hay casos de personajes en esas dependencias que llevan décadas trabajando para el mismo contratista.

Hasta ahora, sin embargo, es poco lo que se hace para atender el problema.

La razón es que se trata de un viejo y poco conocido sótano en la capital al que nadie ha querido cerrar la puerta.

Porque lo que existe en las cañerías de la política ha sido útil a todos, desde el viejo régimen priista hasta ahora, con el proyecto de construir la Cuarta Transformación en la historia del país.

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