Opinión

La medalla a Rosario Ibarra

La medalla Belisario Domínguez es el máximo reconocimiento al valor ciudadano en México. Este año se entrega a Rosario Ibarra de Piedra, la mujer más emblemática en la lucha por justicia y por los desaparecidos en el país. Un primer paso a la reconciliación social de México, el reconocimiento de que hay una herida que nunca cerró

Alberto Najar
Twitter: @anajarnajar

Le decían “El héroe de la gasolinera”. Fue un despachador de combustible que murió en 2011 durante un enfrentamiento entre la Policía Federal y estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa.

El 12 de diciembre de ese año los normalistas habían bloqueado la Autopista del Sol, que comunica a Ciudad de México con Acapulco, como parte de sus habituales jornadas de protesta.

La manifestación ocurrió en Chilpancingo, a unos metros de la estación de servicio donde trabajaba Gonzalo Rivas, el nombre real del “Héroe de la gasolinera”.

Al mediodía de ese lunes la Policía Federal trató de romper el bloqueo con golpes y granadas de gas lacrimógeno.

No estaban solos: desde los costados de la carretera varios pistoleros dispararon contra los estudiantes, quienes trataron de escapar de la emboscada.

La batalla fue intensa, transmitida en vivo por las televisoras y estaciones de radio. En algún momento una de las bombas de la gasolinera donde laboraba Rivas empezó a incendiarse.

No está claro cómo empezó el fuego. Los medios acusaron a normalistas “vestidos con camisas rojas”, dijeron, de incendiar el aparato. Rivas, dicen las versiones de los medios, cerró las válvulas de combustible.

Las llamas lo atraparon. Murió 20 días después. En este México hundido en sangre y violencia, la muerte lamentable del despachador hubiera pasado desapercibida. Pero no fue así.

En 2016 “El héroe de la gasolinera” recibió de manera póstuma la medalla Belisario Domínguez, la máxima presea al valor que entrega el Senado de la República.

Fue una designación polémica. Por esos días el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) había ya desbancado la llamada “Verdad Histórica” sobre la desaparición de 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.

Tiempos no gratos para el entonces presidente Enrique Peña Nieto, a quien las encuestas le presentaban como el mandatario más impopular de la historia reciente de México.

Había que desmovilizar la inconformidad, motivada entre otros temas por el caso Ayotzinapa. Y en el escenario apareció Gonzalo Rivas, el personaje ideal para combatir la creciente mala imagen del presidente.

Desde los medios empezó una campaña para premiar a quien desde ese momento bautizaron como “El héroe de la gasolinera”. Una maniobra barata para criminalizar a los normalistas de Ayotzinapa.

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La balanza se inclinó cuando Luis González De Alba, uno de los más cuestionados protagonistas del movimiento estudiantil de 1968, converso al oficialismo, renegado a sus principios, crítico de sus orígenes, se suicidó.

Había sido uno de los principales impulsores de premiar al despachador de gasolina. Su muerte sólo sirvió para asegurar la medalla para Gonzalo Rivas. Para nada más.

Cosas de la vida. Tres años después la presea se entrega a Rosario Ibarra de Piedra, fundadora del movimiento Eureka, la jefa de “Las Doñas” que desde los años 70 buscan a sus hijos desaparecidos por el Estado Mexicano.

Rosario Ibarra reclama la presentación con vida de su hijo Jesús, miembro de la Liga Comunista 23 de Septiembre, uno de los grupos armados más importantes de los años 70.

Jesús Piedra Ibarra desapareció el 23 de noviembre de 1973 en Monterrey, Nuevo León. El movimiento al que pertenecía se inspiró, entre otros, con la lucha de Lucio Cabañas Barrientos, maestro rural egresado de la Normal de Ayotzinapa y fundador del Partido de los Pobres.

Rosario, desde entonces, mantiene la convicción de encontrar con vida a su hijo. Es un largo camino donde lo mismo se ha enfrentado con el expresidente Luis Echeverría que con el impresentable Felipe Calderón.

La decisión de entregarle la medalla Belisario Domínguez es más que un reconocimiento a la emblemática lucha por justicia de varias décadas.

Es también el reconocimiento a la represión y violencia del Estado durante la llamada Guerra Sucia, y que inclusive en estos días vuelve a desatar controversia.

Las reacciones de algunos personajes a la designación de Rosario Ibarra, y antes los comentarios elogiosos hacia la Liga Comunista 23 de Septiembre, demuestran que hay una herida social en México que nunca cerró.

Algunos han pretendido olvidarla, hacer como si ese ominoso capítulo de la historia no existió. Pero no es verdad.

Aplicar justicia en los casos de cientos de desaparecidos y asesinados en esos años, pero sobre todo castigar a los perpetradores es un paso fundamental.

Un primer paso es la medalla a doña Rosario Ibarra. Pero faltan muchos en el camino hacia la reconciliación de México.

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