Sociedad

Desconocidxs: cuerpos que se ‘dejan morir’

La idea de que la muerte es el momento más democrático de la vida en sociedad porque les llega a pobres, ricos, jóvenes o ancianos, podría ser una falacia. Ya que después de la muerte, el trato y la disposición de los restos, no son iguales. Y esta desigualdad se dispara en especial con la gente en situación de calle.

Daphne E. Beltrán / Pie de Página

“Nosotros creemos que el último resquicio que hay que cuidar, es la dignidad”.
Enrique Hernández | El Caracol A. C.

Ciudad de México.- Quién vive, quién muere. De qué manera muere. Las técnicas de gestión de los cuerpos no se limitan a los organismos vivientes; el eje que articula el dejar vivir frente al hacer morir es el poder; el poder de dominio sobre los cuerpos que pueden ser desechados. Mbembe, Butler, incluso Habermas, coinciden: el necropoder es una máquina de cuerpos que “se pueden dejar morir”. Para los especialistas de la muerte, el festín necrófago comienza a las pocas horas de que un corazón deja de latir, es el inicio del proceso en el que el polvo se va al polvo. No hay mucho más que decir. Para quienes el deceso de alguien imposible de reemplazar permanece incierto, la búsqueda y el transitar alrededor de la maraña burocrática es un tormento que muchas veces jamás termina. Para las y los nadies, una fosa común es el nuevo no-lugar en el que, las horas y los años disipan los vínculos que podría haber entre su identidad y lo que queda de su cuerpo.

Para un criminólogo y científico forense como Jorge (N), palabras como cadáver, anfiteatro y necropsia constituyen parte de su vocabulario cotidiano. Después de haber realizado su maestría en Tamaulipas –uno de los diez estados con mayor número de homicidios del país–, el hallazgo de fosas clandestinas y el asesinato de uno de sus colegas, le hicieron “perder el miedo”. Según sus propias palabras: “Una de las fosas más conocidas es la de San Fernando, la de los 72 migrantes. Sin embargo, se han descubierto decenas más, incluso en estados como San Luis Potosí, del que soy originario, de las cuales está prohibido hablar”.

No reclamado

Hay diversos factores que pueden determinar que un cuerpo quede atrapado en la categoría de desconocido, de acuerdo con el artículo 347 de la Ley General de Salud Federal: “Los cadáveres no reclamados dentro de las setenta y dos horas posteriores a la pérdida de la vida y aquellos de los que se ignore su identidad serán considerados como de personas desconocidas”.

En muchos casos, las personas pueden ser identificadas por medio de algún documento y la comparación de éste con las huellas dactilares. Pero si algún familiar no se presenta, su estatus es “identificado, aunque no reclamado”.

En ambos casos y hasta que algo más no suceda, el destino del cuerpo es alguna de las habitaciones más frías y húmedas que en este mundo podrían existir. En la Ciudad de México, el Instituto de Ciencias Forenses (Incifo) es la antesala para al menos 15 cadáveres al día, de los cuales dos, son guardados en una bolsa y trasladados a la fosa múltiple del Panteón Civil de Dolores, en calidad justamente, de desconocidos.

Zona de fosas comunes, panteón de Dolores. Foto: Duilio Rodríguez.

Fundado en 1878, el cementerio de Constituyentes es uno de los más concurridos del centro del país y el único de la ciudad en el que las lápidas con frases como: “Para nosotros no te has ido, estás en nuestros corazones”, son intercambiadas por letreros de aluminio que indican el número de fosa, cada una llega a albergar hasta ciento cincuenta cadáveres sin nombre, sin huellas, sin rostro. Mientras las historias se diluyen y se mezclan unas con otras hasta desaparecer, los cuerpos son recostados unos sobre otros hasta formar diez niveles, ubicación que en determinado momento sirve para encontrar un cuerpo reclamado para exhumación.

Sotero Mérida es un hombre de 47 años, es alto y corpulento. Muestra cansancio después tras uno de los días más agitados en los cementerios mexicanos: uno y dos de noviembre. Pero no duda en tener una conversación sobre la experiencia que ha adquirido siendo sepulturero durante tres largas décadas.

Después de comentar con voz firme que no era recomendable ir a la zona donde están las fosas comunes, indicó que el proceso para sacar un cuerpo de ahí es extremadamente costoso.

“Es muy caro sobre todo por la contaminación que ahí hay, una fosa es un cuadro, un hoyo abierto donde se van metiendo los cuerpos, los tapan con láminas y le echan un poco de tierra y cal para que no salga el olor; la cal ayuda a cubrir mucho el olor”. 

Para Mérida, lo más peligroso de visitar las fosas después de las cuatro de la tarde, son los casi treinta perros que recorren en manada la barranca y las orillas de los agujeros. Quienes descubrieron después de un tiempo que los restos de su familiar permanecen ahí y no pudieron pagar la exhumación, eligen correr el riesgo, enfrentar a la horda canina, para llevar flores y decorar con cempaxúchitl y papel picado losas grabadas que les han autorizado poner, después de un desgastante trámite administrativo. Para Sotero y para los trabajadores del panteón, es más conveniente aceptar esa realidad que tener que abrir una fosa, “si un cuerpo lo localizan después de un año y si la persona lo reclama, hay que sacarlo. Tienes que mover todos los cuerpos, tengan un mes, dos meses o un año”. 

Recuperar la identidad después de la fosa común

Para poder sacar un cuerpo de una fosa se necesita pagar una suma que ronda entre los treinta y cuarenta mil pesos. Cuando se lleva a cabo una exhumación tienen que estar presentes peritos forenses, personal del Servicio Médico Forense y de la Agencia de Protección Sanitaria de la Ciudad de México, además del cuerpo de bomberos. Cada uno de estos individuos debe conocer los protocolos para actuar de forma adecuada ante los contaminantes que los restos expulsan.

“Si el cuerpo lleva un año y tu vienes y lo identificas a lo mejor ya hay cien cuerpos arriba… lo único bueno es que ahora vienen en bolsas, antes no, pero aún así, los cuerpos despiden un olor insoportable, peor que el de los perros”.

La mayor parte de las jornadas sabatinas en el Dolores, incluyen el desfile de vehículos que transportan cuerpos que han pasado por un viacrucis cuya duración y atropellos depende de muchos factores, entre los que destaca el error humano, como el famosísimo traspapeleo, extravío de pruebas de ADN, de resultados de necropsia, entre otros. A partir de medio día llegan camionetas totalmente selladas del Incifo, del Instituto Politécnico Nacional (IPN) o de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Mérida asegura que la mayor parte del personal del panteón desconoce cuántos cuerpos son los que entran. El equipo que los recibe únicamente está conformado por tres personas. Mientras el sepulturero da detalles técnicos del proceso al que se someten los cuerpos desde su salida de las instituciones a la fosa común, insiste en que, “la muerte es una cosa natural, a mí me dicen ‘es que tú ya no sientes’, pero es mi trabajo. Me ven sepultando, me ven tranquilo, pero es mi trabajo. Te soy sincero, te enteras de cosas, una vez sepultamos a una muchacha que estaba estudiando medicina en la UNAM, iba a Pachuca, chocó el camión y se mató. Me dio mucha tristeza”. 

Necroética

¿Cuál es el valor intrínseco de los cuerpos tras la constatación de la muerte clínica? La necroética como extensión de la bioética, considera que las relaciones afectivas y simbólicas en torno al cadáver son o deberían ser elementos primordiales para responder esta pregunta. De acuerdo con esta perspectiva y apelando a la noción kantiana, la dignidad humana no claudica con el término de la vida, por el contrario “se sostiene a partir de los componentes anatómicos, histológicos y genéticos” (Pinto, y otros 2018). 

Los cuerpos, vivientes o no, son tratados de manera diferenciada a partir del lugar que ocupan en la sociedad, y las luchas de poder que les atraviesan son diversas. Sin lugar a dudas, el cuerpo es un campo de batalla.

En este sentido, la idea de que la muerte es el momento más democrático de la vida en sociedad porque les llega a pobres, ricos, jóvenes o ancianos, podría ser una falacia.

La muerte llega de manera diferenciada. Para los olvidados, para los que no tienen otro abrigo más que el calor emanado de las cámaras frigoríficas detrás del Oxxo, el abandono se profundiza y llega hasta las mismas entrañas de la tierra cuando pasan las horas, los días y nadie se presenta en las oficinas del Incifo.

Tras su muerte, a quienes nunca se les reconocieron sus derechos fundamentales ni su valor intrínseco como personas adquieren importancia acorde al mundo en el que habitamos: un precio de intercambio conforme a las unidades corporales. Si la situación del cuerpo lo permite, las personas desconocidas o desconocidas pero no reclamadas, terminan en alguna de las mesas de disección permitidas para usar cadáveres como fuente de conocimiento; aquí, aunque sus historias permanecen en la oscuridad, tejidos, piezas óseas y órganos se analizan con minucia, con la importancia que quizá nunca antes se les dio.  

Estos procedimientos no han sido constantes en la historia de la medicina. Después de una prolongada prohibición, el procedimiento de la disección anatómica resurgió como parte de la formación médica entre los siglos XIII y XIV, en ese periodo el evitar que los criminales y desvalidos fueran sepultados de una manera decorosa, era parte de su castigo. Con el aumento de la demanda de cadáveres, se popularizó la profanación de tumbas e incluso asesinar a quienes vivían en las calles fue una oportunidad para abastecer de materia prima a las facultades de medicina. Sin irnos tan lejos, la matanza de Universidad Libre de Barranquilla (Colombia) perpetrada en 1992, terminó con la vida de decenas de indigentes con la finalidad de vender hasta por 130 mil pesos los cuerpos completos o en partes (Lozano 1992).

Un hombre sin casa, duerme en la banca del parque México. Foto: Duilio Rodríguez.

Enrique Hernández lleva 25 años dando acompañamiento a poblaciones callejeras de la Ciudad de México; trabaja de la mano de hombres y mujeres que conforman El Caracol, AC.  Para él, la muerte tiene una acepción muy diferente y sobre todo con matices. Platiqué con él al finalizar la presentación del último diagnóstico sobre las condiciones de vida  de mujeres que constituyen la población callejera, elaborado por la organización en coordinación con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). La mayoría de personas ya habían abandonado abandonaron el número 60 de la calle República de Cuba, donde fue la presentación. Entonces advirtió:

“La muerte en las calles es uno de los momentos en la historia de las personas donde culmina toda la violación a derechos humanos que han vivido desde que salieron a la calle y muchas veces desde que nacieron”.

No llegan a los 40

Hernández  asegura que la población callejera no llega ni a los 40 años. “Tienen una historia de vida que va de los 25 a los 30”. Por su fuera poco, la mayoría muere por la falta de atención de las instituciones de salud. Asimismo, se ha podido identificar que hay un binomio entre el consumo de solventes y accidentes de tránsito. Todas estas causas fueron denominadas por la Organización Mundial de la Salud, como excesivamente prevenibles, es decir, “no tienen que morir por lo que mueren”, aseguró Enrique. Morir sobre el asfalto, debajo de un puente vial o frente a una gasolinera, es por desgracia el destino asegurado de las poblaciones callejeras. 

“La muerte es natural, sin embargo, no las condiciones en las que ellas y ellos llegan a morir”. 

Con un miedo permanente a ser perseguidos, a ser detenidos por “las boinas” –como les llaman a los policías federales y locales–, huyen aparentemente por decisión propia de los datos que les vinculan con su pasado. Los nombres con los que fueron bautizados o registrados se diluyen con el paso del tiempo, al mismo tiempo que su identidad. Vivir y morir como desconocidos es una condena para las poblaciones callejeras, carentes de una identificación que oficialice su existencia frente al Estado, se les impide tener una vida validada o legítima. Por lo tanto, la imposibilidad de que sean sujetos de derechos. La población callejera convive con la marginalidad a partir de sus propios cuerpos y hasta su último aliento. El anonimato e incluso la utilización de apodos les convierte en los permanentes desconocidos, cuando no para sus carnales y carnalas, su verdadera familia.

Belem

Eran las 2 de la tarde cuando el pasado 5 de noviembre de 2019, Susana González compartió su historia en un evento auspiciado por la CNDH. Hoy ya no vive en las calles, sin embargo, las heridas provocadas por haber formado parte de la población más invisibilizada del país, siguen abiertas. La frase: “Belem era una amiga, era una hermana, era nuestra familia”, cimbró las paredes del edificio al que asistieron más de setenta oyentes. Incluso los que aprovechaban para dormitar no pudieron evitar abrir los ojos. Después de haber compartido con su carnala genuinas expresiones de humildad y fraternidad, ni ella, ni sus compañeros lograron evitar que el cuerpo de Belem terminara en una fosa común.

Algunos días después, en una de las habitaciones de El Caracol, una casa ubicada al oriente de la Ciudad de México, Susana me ayudó a conocer la historia de Belem, su hermana de calle, una mujer de cuya infancia no se sabe nada. “Tenía 23 años, era bajita, de cejas pobladas y labios delgados”. Falleció sola, debajo de un puente. Después de la separación de su hijo, a los pocos días de su nacimiento, cayó en una fuerte depresión que la persiguió hasta su último día. Ocho años en un refugio y siete viviendo en las calles la convirtieron en una víctima idónea del consumo de solventes. Una semana antes del cumpleaños de su hijo, desapareció. El Caracol levantó la denuncia en el Centro de Atención a Personas Extraviadas o Ausentes (CAPEA), sin lograr localizarla pasaron seis meses. Elementos de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal levantaron el cuerpo, y lo entregaron al Incifo; ahí al cabo de algunas semanas se decidió llevarla a la fosa de Dolores. 

Belem fue identificada seis meses después de su muerte. El Caracol la buscó, e identificó siete u ocho reactivos que cotejaron con muestras de ADN guardadas en un expediente personal –que la organización construye para cada una de las personas con las que tienen contacto–. Sobre el recorrido que hizo su cuerpo después de que fue levantada, poco se sabe, son diez las instituciones en las que pudo haber esperado el reclamo de alguien.

De acuerdo con Susana, a pesar de que la hipocalemia y la desnutrición ya habían hecho estragos en su cuerpo, nunca dejó de ser simpática y sociable. El dibujo era una de sus pasiones, no tanto como Arturo, su único hijo. Para ella no sólo era solo un niño de calle, representaba sus ganas de vivir. Belem era mucho más que un organismo que se deslava entre los restos de decenas, incluso cientos de cuerpos que muy probablemente hay sobre ella. Belem era la experiencia histórica compartida que atravesaba no sólo los cuerpos, también las conciencias de quienes estaban a su alrededor, de su hijo, de Susana. 

Susana conoció a Belem hace cinco años en El Campa, un evento que se hacía para chavos de calle que consistía en que disfrutarán de una estancia vacacional en una hacienda de Chiapas. Después coincidieron en El Caracol. “Nosotras nos llamábamos carnalas. A veces hay personas que conoces de años y no puedes tener ese vínculo de comprensión […] con los chavos de calle, en un instante tienes esa canalización porque pasamos por muchas cosas similares […] yo la entendía porque a mí también me quitaron a una niña”. Susana recuerda a Belem enamorada por un lado, y triste por tener que vivir lejos de su hijo, por otro, y remarcó la fortuna que haber podido compartir los festejos del cumpleaños de Arturo. “A mí me pasaba con ella como cuando vuelves a ver a un familiar lejano, cuando lo ves, lo abrazas, lo besas y las cosas malas que te platica te duelen y las cosas buenas […] te alegras con ella, así era con Belem”, afirmó Susana. 

“Estaba bien morrita, ella le quería echar muchas ganas por su niño y empezó a tratar de echarle ganas, pero tuvo unos problemas con su pareja y otra vez se cayó. Cuando la volví a ver le dije: ‘qué pedo carnala, échele huevos, no hay pedo’”.

Belem tenía la piel pálida por el excesivo consumo de activo, su personalidad excéntrica y sociable se fue opacando a raíz de su depresión, sus ojos llenos de esperanza, también. El descuido al que se fue sometiendo de a poco, le obligó a cortarse su cabello lacio y café. Dejó de ser ella, dibujar dejó de ser uno de los momentos que más disfrutaba a partir de que su ex pareja, Sergio, también la dejó en el olvido.

“Arturito –su hijo– se quedó en el DIF y Sergio pidió visitas separadas. La primera vez que tuvo su visita separada, coincidimos aquí y nos dijo bien contenta que pudo jugar con su niño, nos enseñó unas fotos y un video en el que estaba jugando con él”.

Susana se enteró de la muerte de Belem por casualidad, muchos meses después de su desaparición. Por desgracia, Belem no tuvo la fortuna de ser enterrada, ya no con honores, sino con dignidad. “Ya llevaba unos meses desaparecida, yo dejé de venir unos meses aquí, pero me enteré que estaba en Alerta Amber. No sabía nada hasta que un día vine a El Caracol y escuché que no la pudieron recuperar y que qué feo que se haya tenido que ir a la fosa común”. Susana, con una sonrisa sarcástica pero melancólica al mismo tiempo, explicó que Belem no es la única de sus compañeros que ha fallecido así, en la calle. “Thalia no se fue a la fosa común, nos costó un buen recuperarla, pero se recuperó […] El Cheke, Pamela, El Chavo, un chingo de banda”.

De acuerdo con información recabada por El Caracol, la principal causa de estas muertes está asociada a enfermedades y complicaciones médicas, la mayoría totalmente curable y prevenible, como la deshidratación o hipotermia, la segunda causa son homicidios y la tercera son accidentes viales. Las principales víctimas que identifican son personas entre el rango 20 a 50 años de edad. Para la comunidad callejera, cada uno de sus integrantes ocupa un “punto”, una coordenada por medio de la cual, en determinado momento pueden ser identificados. En la Ciudad de México hay más de 20 puntos, entre los que destacan “Las Casitas”, “Los Espejos” –cerca de la estación del metro Juárez–, otros cerca de la Raza y más al norte el de Politécnico. Belem ocupaba un lugar cerca de Av. Juárez, por desgracia ni el expediente, ni los reactivos positivos le permitieron a Belem morir como Belem, como la chica delgadita y simpática que luchó por tener una vida que le permitiera disfrutar de sus días junto a su familia.

¿Será que Belem también fue castigada evitando que su cuerpo fuera sepultado dignamente? Lo cierto es que la experiencia compartida seguirá vigente. La resignificación del cuerpo es un proceso de atribuciones morales y religiosas que constituye la fuerza angular de redes sociales y culturales de significado. Estos territorios de sentido, aunque fincados en construcciones mitológicas que dependen del contexto espacial y temporal dotan de sentido la ausencia de quienes son irremplazables.

Brenda e Ivan, recogen su ropa del parque Pushkin en la colonia Roma. Foto: Duilio Rodríguez.

“La familia y quienes conocieron en vida al fallecido expresan sentimientos en relación con el cadáver, el cual representa una prolongación compartida de la memoria vivida. Aun los cadáveres en condición de no identificados representan historias y memorias vividas, textos que permanecen herméticos en su dimensión afectiva dada la ausencia de supervivientes, pero no por ello desprovistos de esta cualidad intersubjetiva” (Pinto, y otros 2018, 58). 

Miles, no identificados

México es un país en el que, sin declararse la guerra, hay, según cifras oficiales 34 mil personas desaparecidas y miles de cuerpos desvinculadas de su identidad. Quién y cómo muere no son condiciones naturales. Miles de personas buscan a sus familiares, rastrean, peinan los terrenos abandonados, las tierras removidas. Los términos forenses se han integrado al lenguaje cotidiano de los medios, de las casas y de las plazas donde se alza el puño en alto por la omisión del Estado. De las mujeres, no se diga, los casos se revelan uno a uno y entre menores sean tus ingresos más vulnerables están. Belem era una de ellas y aunque oficialmente es una desconocida, su historia vive, sus muecas, su simpatía está muy lejos del abandono del Panteón Dolores. 

***

Bibliografía

Lozano, Pilar. «Mendigos colombianos eran asesinados para vender sus cadáveres a una Facultad de Medicina.» El País, 4 de Marzo de 1992.

Pinto, Boris Julián, Ana Isabel Gómez, Juanita Marulanda, y Andrés Hernán León. «Necroética: el cuerpo muerto y su dignidad póstuma.» Repertorio de Medicina y Cirugía 27, nº 1 (2018): 55-64.

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