Opinión

“Esto tiene que parar”: sí. Paren con su odio (y desfiguros)

Cientos de personas, algunos de ellos reconocidos intelectuales, firmaron un desplegado para exigir un alto a la polarización del país. Tienen algo de razón. Los abajofirmantes deben recordar que la división reclamada empezó en sus casas. Sí, esto tiene que parar: el odio, la violencia, su nostalgia por la sangre

Alberto Najar
Twitter: @anajarnajar

Fue la noticia central en los portales de los medios tradicionales por la tarde noche de este jueves:

Un grupo de 650 “intelectuales, académicos, periodistas” publicaron un desplegado para exigir, argumentaron, que el presidente Andrés Manuel López Obrador deje de provocar ataques “contra la libertad de expresión”.

En su exposición de motivos los abajofirmantes juran que la democracia mexicana está en riesgo porque, juran, el presidente “utiliza un discurso permanente de estigmatización y difamación contra los que él llama sus adversarios”.

Van más allá: aseguran que López Obrador “profiere juicios y propala falsedades que siembran odio y división en la sociedad mexicana”.

Y concluyen el documento: “No se alimenta el rencor desde esa tribuna (la presidencial), sin que el odio llegue al río alguna vez”.

Aplausos. Parecería un mensaje impecable en otros momentos. Tal vez en algún otro país sería digno de elogio, distinción y premios de heroísmo.

Pero, ni modo, en México es necesario leer la letra chiquita del panfleto. Y un primer párrafo es el sentido del mensaje.

Los abajofirmantes reclaman que el presidente de México promueve la división del país, fomenta la descalificación, el odio. Pero convenientemente olvidan mirar el espejo, y peor aún, simulan que no tienen historia.

Muchos de los que respaldan el documento de marras son personajes que en los últimos años han sido fervientes promotores de la descalificación grosera, vil y discriminatoria de quienes apoyan al movimiento social del presidente López Obrador.

El clasismo es su identidad. La discriminación, el sello vergonzante que presumen en privado.

No es difícil comprobarlo. Basta con revisar su historial en redes sociales de internet para encontrar en sus cuentas mensajes ofensivos, la repetición de mentiras, burlas y en no pocos casos agresiones personales hacia menores de edad.

En la lista de los nuevos defensores de la democracia existen cruzados por la libertad de opinar, la libre decisión de los mexicanos.

Pero al revisar los nombres y apellidos de este grupo aparecen personas entregadas a la causa antiderechos, agresor@s verbales –y de facto porque algunas son o fueron funcionarias- de las mujeres.

Hay misóginos y misóginas en ese grupo. Hay activistas contra el aborto. Hay defensores de Marcial Maciel, el miserable sacerdote pederasta que fue denostado inclusive por El Vaticano.

En esta nueva lista de los héroes de la democracia aparecen, claro, los damnificados de la lucha contra la corrupción.

Personajes que han sido exhibidos cotidianamente en las investigaciones de la Secretaría de la Función Pública. Algunos, amigos de Carlos Salinas de Gortari. Otros, beneficiarios del período de Vicente Fox.

Hay varios que cínicamente reclaman maltrato cuando fueron cómplices en la decisión criminal de asesinar a cientos de miles de mexicanos que emprendió Felipe del Sagrado Corazón de Jesús Calderón Hinojosa.

No es mentira. Sólo hay que revisar los nombres, apellidos y las causas que defendieron hace unos años.

Sin contar, claro, con las víctimas recientes. Los abajofirmantes que se hicieron millonarios en el gobierno de Enrique Peña Nieto y que ahora, desde la orfandad de las cuentas bancarias, sueltan la típica advertencia: “¡Al ladrón, atrapen al ladrón!”.

Es la esencia de este nuevo documento de quienes por décadas se les consideró la conciencia social del país. Los ineludiblemente consultados, formadores de la opinión pública. Básicos –así lo creyeron- en algunas políticas públicas.

Tienen un problema. Su apuesta por la desmemoria fracasó. El costosísimo proyecto de construir una nueva historia a modo, el relato de los antes gozosos y enriquecidos triunfadores ha naufragado.

Es sencillo. Los proyectos, investigaciones, mensajes, relatos, ejercicios académicos del grupo abajofirmante para disfrazar la barbarie de estas décadas y concederle un halo de seriedad, el trueque de su prestigio personal a cambio de millones de pesos, se perdieron.

Y la evidencia fundamental es el titular de su panfleto: “En defensa de la libertad de expresión. Esto tiene que parar”.

Tienen algo de razón. Debe haber un alto. Hay que parar la escalada de odio, división, violencia, discriminación y clasismo que todos los días presumen muchos de los abajofirmantes del documento.

Esto tiene que parar. Su desesperación por la soledad que les inunda cada semana debe cesar. Entender que la certeza de su propósito de impedir que termine este gobierno se les escapa, como hiel perdida en diatribas. Como pus extraída en alguna cirugía.

Deben parar, detenerse. Las ansias de ensangrentar aún más al país, el ADN violento del que no escapan ni siquiera con firmar un desplegado pacifista, son un despropósito.

Esto tiene que parar. Dejen de promover el odio. Asómense un ratito a México, abandonen por unos minutos la República del Twitter.

Hay señales para detener la escalada de violencia que promueven. Hay, en este lado del país que no conocen, un verdadero ánimo de reconciliación.

Esto tiene que parar. Empiecen, abajofirmantes.

Si quieren, claro.

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